Venezuela sin fuerza sindical

Por Venezuela Real - 30 de Abril, 2007, 17:17, Categoría: Política Nacional

ARMANDO DURÁN
EL NACIONAL
30 de Abril de 2007    

E l primero de mayo de 1886, Chicago fue escenario de la primera protesta sindical organizada, con un objetivo muy claro: imponerle al mundo patronal la jornada de trabajo de ocho horas. Por acuerdo adoptado en París dentro de las reuniones de la Segunda Internacional, a finales de 1889, el obrero muerto aquel primero de mayo, la matanza de Heymarket tres días más tarde y el ajusticiamiento en noviembre de cinco dirigentes anarquistas acusados de ser los promotores de los sangrientos actos de violencia, han pasado a ser, en todo el mundo menos en Estados Unidos y Canadá, el símbolo de los combates proletarios contra la explotación del hombre por el hombre.

Bueno, ese es un decir. Con el paso inexorable del tiempo, el valor simbólico de la conmemoración se ha diluido. Hace mucho se olvidó la naturaleza exacta de los sucesos de Chicago y hace mucho se apagaron los fuegos de la lucha de clases. Las huelgas heroicas de los primeros años del movimiento sindical se convirtieron poco a poco en expresiones públicas del consenso de las élites políticas, económicas y sociales.

Y la habilidad de las clases dominantes, bien democráticoburguesas, bien comunistas, en unos casos transformó las manifestaciones de protesta originales en amables acuerdos conciliadores, y en otras sencillamente las transmutó en desfiles de falso regocijo porque al fin, sostenían los jerarcas de los nuevos tiempos, como el poder ya era de los trabajadores, nada tenían ellos que exigirle a nadie.

Por supuesto, de lo que se trataba en ambas circunstancias era arropar al movimiento sindical y apaciguar sus antiguos ánimos para siempre. En el fondo, partidizar los sindicatos, es decir, controlarlos políticamente desde afuera, para así despojarlos, tranquilamente, del incómodo ímpetu reivindicador. Los instrumentos para alcanzar esta meta de subordinación ideal han sido, por una parte, la corrupción; por el otro, la llamada dictadura del proletariado.

Venezuela no ha sido ajena a este proceso de regresión. Desde la huelga petrolera de 1936, sin duda el momento más emblemático del movimiento sindical venezolano, hasta la circunspección y el mutismo actual de sus dirigentes. Testimonio irrefutable de la desaparición del movimiento sindical, ahí tenemos, un día antes de esta nueva y vacía celebración del primero de mayo, la orfandad, por ejemplo, en que se encuentran los trabajadores de la Cantv, colocados en un estado de indefensión total frente al poder abusivo del régimen "socialista" de Hugo Chávez, sus nuevos patronos, que poco o nada parecen estar en condiciones de hacer para impedir la confiscación de sus derechos y sus ahorros. Sin contar, por supuesto, con lo que significa para los trabajadores venezolanos ser las víctimas más propicias de las plagas apocalípticas del desempleo, la inseguridad personal, el desabastecimiento, la falta de vivienda y de servicios públicos de salud y educación. Ser, en fin, los damnificados sin aparente remedio del imperio de la mayor insensibilidad social de las últimas décadas de historia nacional, caracterizadas, precisamente, por una muy marcada ausencia de solidaridad con los más menesterosos.

Será dentro de este pobretón contexto donde los trabajadores venezolanos serán convocados para prorrumpir en loas a un sistema que se jacta de ser lo que todos sabemos que no es. En otra época, la decisión de sus dirigentes habría transformado la jornada de mañana en un aldabonazo, cuyas vibraciones le transmitirían al país un estremecimiento indeleble.

Como ocurrió el año 2000, última manifestación hasta ahora del movimiento sindical venezolano, cuando Héctor Ciavaldini, presidente entonces de Pdvsa, firmó un decreto imponiéndole unilateralmente a los trabajadores de la industria las condiciones de contratación, decisión que provocó la inmediata y firme protesta de Fedepetrol, la convocatoria a huelga formulada por su presidente, Carlos Ortega, la toma del puente sobre el lago de Maracaibo y la marcha hacia la prefectura de Maracaibo para rescatar a varios dirigentes sindicales detenidos. Ante la gravedad de los hechos, a Chávez no le quedó más remedio que derogar el decreto Ciavaldini y ordenar su destitución. Pero como este año 2007 la realidad es otra, los dirigentes de la CTV, acorralados en sus despachos por su propia mansedumbre, guardarán silencio. Como si tampoco en el mundo laboral ocurriera nada especial.

Atrás queda una historia de luchas que contribuyó decisivamente a gestar la democracia como sistema político y a garantizarle a los venezolanos su derecho a vivir mejor. En gran medida, gracias a este infeliz desenlace, el régimen puede ahora actuar como patrono con absoluta impunidad. Eso es lo que hay, a medida que nos adentramos, sin sindicatos perturbadores del orden público y la paz social, en el borrascoso mar de la felicidad totalitaria.







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