Cuando la necesidad lleva a convivir entre burdeles

Por Venezuela Real - 14 de Mayo, 2007, 13:35, Categoría: Dimensión Social

MIRELIS MORALES TOVAR
EL UNIVERSAL
14 de mayo de 2007

Vecinos de Chacao se ven obligados a vivir entre prostíbulos por conveniencia

A las 8:00 de la mañana se les ve entrar. Bonitas, jóvenes y delgadas, según cuentan los vecinos. Nadie sabe cómo se llaman. Ni que edad tienen. Así que todos se refieren a ellas como "las chicas del piso 1" o "las niñas del piso 3". Los inquilinos sólo saben que trabajan en el edificio y que detrás de la puerta se dedican a vender sus cuerpos al mejor postor. Nada más. Y, a decir verdad, tampoco les importa. Ya, a esta altura, aprendieron a convivir entre burdeles.

"Ellas forman parte del folclor de este edificio", asegura un comerciante, quien tiene su negocio en uno de los edificios de la avenida Francisco de Miranda donde opera uno de los prostíbulos. "Se les conoce de vista, porque entran a las ocho de la mañana y salen a las ocho de la noche. Su presencia no nos afecta porque ya son muchos años que lleva ese lugar aquí. Y, hasta ahora, no nos han perjudicado. Incluso sacan la basura y son colaboradoras", afirmó.

Y es que la presencia de las chicas resulta casi imperceptible. No se les ve pasearse por los pasillos. Ni tampoco asomadas al balcón, según cuentan los propios vecinos. Su actividad ilegal no se los permite. Así que laboran en absoluta clandestinidad: sin hacer ruidos, sin propiciar fiestas ni actuar de forma impropia delante de los vecinos para evitar visitas la policía.

Ni siquiera los inquilinos que se ubican en un piso intermedio entre dos burdeles sienten su presencia. "Este edificio es calladito todo el tiempo", dice uno de las empleadas de una empresa de publicidad. "Ellas no molestan en lo absoluto. Tampoco propician algún intercambio. Ni siquiera de palabras. Así que si no nos perjudican, no tenemos que reclamar".

Nada levanta sospechas. No hay avisos en las puertas. Ni cartel que revele la existencia de un negocio. Ante los ojos de cualquier transeúnte nada es extraño. A excepción de un fuerte olor a cigarrillo que emana de la abertura de las puertas y el incesante desfile de hombres que entra al edificio, durante las 12 horas que se mantiene encendida la actividad sexual.

"Viejos, jóvenes¿ aquí se ve de todo. Principalmente, entra mucho asiático buscando chicas jóvenes y bonitas, pues las viejas y feas no le interesan a nadie". Aurora (nombre ficticio) puede decir eso con toda propiedad. Lleva más de 50 años trabajando en ese edificio y ella ha observado cómo lo que otrora era una residencia de cuatro familias, se ha convertido en un centro del placer. O lo que ella llama una "mina de dinero".

Al igual que el resto de los inquilinos, ella también se creyó el cuento de que allí se instalaría un centro de masajes. Pero cuando se inicio la mudanza de camas y el movimiento de público masculino, todos comenzaron a tener sus sospechas.

"Cuando empezó la entrada y salida de hombres sacamos nuestras conclusiones... Hubo un tiempo que uno de los locales era de travestís. Y era horroroso ver el desfile de esos hombres vestidos de mujer. Luego lo cambiaron", comentó una comerciante. "Y, a decir verdad, las chicas no molestan. Aquí lo que preocupa es el movimiento de personas extrañas al edificio. Uno no sabe quién puede venir para acá y con qué intenciones. Pues donde hay prostitución, hay vicio", agregó.

Los dueños de los edificios están al tanto de esta situación. De allí que los inquilinos que ocupan los espacios comerciales no se toman la molestia de reclamar. Más bien han adoptado normas de convivencia para aprender a vivir en armonía. "Aquí nadie tiene permiso de entrar. Los mismos dueños no nos dejan, para evitar que se creen relaciones entre las chicas y los vecinos. Igualmente, ellas tampoco promueven conversación, porque forma parte de sus normas", comentó un comerciante.

Tanta indiferencia llama la atención. Sobre todo por tratarse del municipio Chacao. Pero, en este caso, sucede que la tolerancia aflora por un tema de conveniencia o de necesidad, donde los moralismos ya no tienen cabida.

"Estamos claros que no es lo más idóneo. Este no es un edificio para tener esa clase de ambiente", comentó Aurora. "Aunque sea un lugar divino, burdel es burdel donde lo pongan. No debe ser porque no es correcto. Pero qué se le va a hacer¿ Si no lo hicieron antes, no lo van a hacer ahora".






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