Cuando nos acosa el miedo

Por Venezuela Real - 6 de Junio, 2007, 18:58, Categoría: Dimensión Social

MARIAHÉ PABÓN
El Mundo
06 de Junio de 2007

Vivimos del miedo y para el miedo. Caminamos por las calles con miedo a un asalto, tenemos miedo a la enfermedad, a la soledad, a la pérdida del trabajo

Caracas. Caminamos sobre el miedo. Miedo al fracaso, a la soledad, miedo a la muerte, al desamor, a la pobreza, a la marginación, a las enfermedades, a la inseguridad.

Mantenemos un permanente miedo a los delincuentes, tenemos miedo de ir por las calles y que nos asalten, de manejar un automóvil y que nos persigan. Nos acosa el miedo a los extraños y a los conocidos, el miedo a perder el trabajo, y a perder la vivienda. En el rostro de cada persona vemos a un presunto asaltante. Miedo tras miedo, nos enfermamos de dolores de cabeza, de espalda, de acidez estomacal.

Nos enfermamos de miedo. Dicen los expertos en estudio de conductas humanas que el miedo puede llevar a graves enfermedades como el cáncer. Todos esos miedos marcan de alguna manera el destino de nuestras acciones, nuestras decisiones, nuestras opiniones y nuestra visión de la sociedad.

EL MECANISMO DE UN MAL

Según la RAE: 1. m. el miedo es la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario. El recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea, puede esquematizarse a partir de los siguientes elementos: el objeto que causa el miedo, cierto desconocimiento (sobre el objeto o sobre cómo afrontar el peligro), la parálisis y la reacción hacia la seguridad buscada por parte del sujeto atemorizado. El elemento común a todo temor, a todo miedo, es cierto desconocimiento sobre el objeto que lo genera: toda una aureola de ignorancia cubre el fenómeno en sí (sea una bruja, una posible pandemia, un enemigo poderoso, una amenaza natural de efectos catastróficos, un terrorista, un dios, etc.). Podemos afirmar que el miedo aumenta de manera directamente proporcional al desconocimiento sobre el objeto temido o al desconocimiento (o impotencia) ante cómo afrontarlo.

Y es que la fuerza del miedo, dice el filósofo Jaume Balboa, "radica en la capacidad que se tiene para acabar con los planteamientos racionales. Por tanto, el miedo se centra fundamentalmente en la dimensión más emotiva de los individuos y, así, se prestan más fácilmente a la persuasión, que opera básicamente sobre la emoción. Y la puerta de entrada a esta dimensión más emotiva es la ignorancia (de cómo afrontar el miedo, del peligro que acecha).

Este desconocimiento es un elemento clave en el miedo, tanto si el peligro que lo encarna tiene base real, como si, simplemente, es un fantasma".

-Es por ello que en el dominio de la sociedad, los dioses y las explicaciones místicas han tenido un papel fundamental. Los dioses y sus castigos han sido la fuente explicativa de las desigualdades y las injusticias de organizaciones sociales diversas a lo largo de la historia. Pero no sólo las religiones se han puesto al servicio del miedo y del proyecto de dominio. La ciencia actual cumple la misma función, en tanto que explica, legitima, participa y busca reproducir la organización social contemporánea. De esta manera, encontramos explicaciones científicas en la construcción de auténticos fantasmas. O dicho de otro modo, la mayoría de los fantasmas actuales son construcciones "científicas".

En definitiva, escribe Balboa, "el imperio del miedo no es más que un antiguo sueño de los proyectos que aspiran a la perfección en el arte de la dominación. Una sociedad de individuos aislados, que buscan constantemente refugio en el poder, en la seguridad que les proporciona la violencia del más fuerte. Una antisociedad donde todo individuo es un guardián, un policía vigilante del vecino, con plena fe en la autoridad y en la acción del Estado. Una sociedad rota, dividida, que ve cómo la libertad queda ahogada por la violencia y la exclusión que generan aquellos que ambicionan dominarla. El miedo nos está preparando para la violencia".

ALERTA DE LA OMS

La Organización Mundial de la Salud, en su reciente reunión a la que asistió más de un centenar de países, centró sus conclusiones en una abierta pronunciación contra la marginación del hombre en el trabajo y expresó su preocupación por los efectos del miedo en estas comunidades.

Todo puede derivar, apunta la OMS, en desequilibrios y en el estado de salud mental del trabajador. Entre los principales se cuentan ansiedad, depresión, irritabilidad, síndrome de fatiga crónica o burn out (Síndrome del quemado) y neurosis de los domingos.

La ansiedad: es un estado en el cual la persona siente que no será capaz de controlar los sucesos futuros. Tiende a centrarse sólo en el presente y a realizar las tareas una por una. Los síntomas son tensión muscular, sudoración de las manos, molestias digestivas, respiración entrecortada, sensación de desmayo inminente y taquicardia.

La depresión: es un estado de tristeza grave y persistente, sin razón aparente que la explique. Se acompaña de alteraciones del sueño y del apetito, pérdida de iniciativa, tendencia al autocastigo, al abandono y a la inactividad.

La irritabilidad: es el estado en el cual una situación sencilla o rutinaria genera una respuesta exagerada y en ocasiones ofensiva, dando características explosivas a quien la padece.

Síndrome de fatiga crónica: se define como un período de fatiga que supera los seis meses de duración, con disminución en el rendimiento y síntomas como los dolores musculares, problemas al dormir, ansiedad y depresión. Los estudios sobre esta patología consideran como precursores a situaciones de excesiva exigencia, la presencia de signos de agresividad e ideales desproporcionados.

Neurosis de domingo: Es un estado que sufre aquel que se da cuenta del vacío de su vida cuando hace un alto en su trabajo cotidiano. Se acompaña de ansiedad con depresión, el día previo al de regreso al trabajo.


EL SÍNDROME DEL QUEMADO

El síndrome de `burn out’ o de desgaste profesional se considera la fase avanzada del estrés profesional.

Los síntomas específicos son fatiga crónica, trastornos del sueño, úlceras y desórdenes gástricos, tensión muscular, ausentismo laboral, adicciones, irritabilidad, incapacidad de concentración, distanciamiento afectivo, menor capacidad en el trabajo y conflictos.







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