El cañón y su carne

Por Venezuela Real - 6 de Junio, 2007, 22:22, Categoría: Política Nacional

Elías Pino Iturrieta
El Universal
06 de junio de 2007

 
El Presidente se pasea por los episodios más sanguinarios de la Revolución Francesa

Intentaremos una reflexión sobre la respuesta del presidente Chávez ante los movimientos estudiantiles. Como en el país todo pasa por el filtro de su voluntad personal, no va descaminado quien se detiene en el conocimiento de la conducta presidencial para aproximarse con cierta propiedad a la evolución de los sucesos. De allí la mirada puesta en el primer magistrado a través de la cual pretendemos encontrar ahora la luz.

Tuvo el comandante una inicial preocupación por la seguridad de los estudiantes, algo así como las expresiones de los padres de familia juiciosos ante la suerte de sus hijos, pero en breve desapareció la postura patriarcal para que la sustituyera una muestra de colmillos. Ventiló su tribulación ante la posibilidad de que los muchachos se convirtieran en carne de cañón, prenda de precaución que debe privar en la cabeza de los mayores cuando se alborotan los miembros menos expertos de la parentela, pero la actitud dejó en el aire una interrogante básica: ¿de quién depende el manejo de ese cañón que puede convertir a los estudiantes en su carne? La respuesta se torna espeluznante cuando caemos en la cuenta de que el arma capaz de destriparlos depende de quien se anuncia como su protector. Sólo puede ocurrir una escabechina si el único que da las órdenes en Venezuela mete la pólvora en el instrumento letal y lo hace vomitar. O si quien está al mando tiene el recurso de disfrazar el bombardeo con fórmulas accesorias que conducirían al mismo resultado, como convocar a sus seguidores a una cruzada de exterminio por los valores supremos de la "revolución". Entonces la antorcha que encendería la dinamita no aparecería en sus manos sino en las de quienes harían por su mandato el trabajo sucio, para desembocar en los mismos corolarios de espanto y desolación.

Falló ese primer disparo de salvas, acaso porque los estudiantes sintieran que apenas estaban frente a una bravata o porque imaginaron cómo no cabía la posibilidad de que el Presidente pensara realmente en borrarlos de la faz de la patria. O también por la falta de los ejércitos que convocaba, difíciles de reclutar en una sociedad que tiene suficientes reservas para despreciar la invitación a un holocausto. Siguieron adelante dejando al cañón en el reino de las metáforas sin destino, pero ahora tienen serios motivos para preocuparse. No sólo porque el Presidente ha vuelto a mostrar su predilección por las imágenes de guerra y muerte sino especialmente por el reciente y escandaloso anuncio de su plan sobre la iniciación de la etapa jacobina de su gestión. Etapa jacobina, dijo y repitió, quizá pensando que la flamante sugerencia pudiera atemperar las descarnadas conminaciones del principio. Se trata de una analogía sobre cuyo sentido faltan los elementos para calibrar su magnitud debido a que se extrae de una situación sobre la cual probablemente no se tenga un conocimiento apropiado por la mayoría de los ciudadanos.

Cuando afirma que recurrirá a la solución jacobina el Presidente se pasea por los episodios más sanguinarios de la Revolución Francesa, por el período del terror implantado como política de Estado, por un paisaje de guillotinas bañado con la sangre de centenares de miles de personas entre quienes no sólo se encontraban los enemigos del nuevo sistema sino también quienes habían edificado la república después de acabar con la monarquía. Fue entonces tan desenfrenada la ordalía del pánico que terminó por llevar al cadalso a una figura prominente como Dantón, excepcional tribuno que las masas idolatraban, y a la postre condujo al asesinato de promotor de las matanzas, Maximiliano Robespierre. Fue Robespierre un fanático incapaz de tolerar pareceres distintos al suyo, no en balde se consideraba como monopolizador de la voz del soberano y como el único depositario de las virtudes republicanas. Su entendimiento negado a los matices sólo era proclive a clasificaciones rudimentarias de la sociedad, gracias a las cuales desembocó en una profilaxis despiadada que lo convirtió en encarnación de la tiranía más abyecta y en negación de los derechos del hombre por los cuales había sucedido la reacción contra el antiguo régimen.

Partiendo de esta descripción se puede calcular la magnitud de la amenaza que hace el Presidente cuando se anuncia como cabecilla de una etapa jacobina. Nadie jamás había propuesto entre nosotros una solución tan inhumana desde los tiempos de Boves, motivo que debe llevarnos a un profundo examen en torno a los riesgos que se corren cuando el comandante quiere estrenar la levita de Robespierre. El cañón reclama carne, pues, si nos convertimos en blanco inmóvil. Afirmaba yo al principio que buscaba luz en la conducta del comandante para entender lo que está pasando y he topado una vez más con la oscuridad.








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