¿Por ahora?

Por Venezuela Real - 11 de Junio, 2007, 18:53, Categoría: Política Nacional

ARMANDO DURÁN
El Nacional
11 de junio de 2007

¿ Reprimir o no reprimir? He ahí la cuestión.

En un principio, la conducta policial el 27 de mayo a las puertas de Conatel puso de manifiesto que Hugo Chávez había decidido emprender el camino de la represión. Y así, durante los días siguientes, los chorros de agua, los perdigones y los gases tóxicos se apoderaron del espacio de las protestas en todas las capitales del país. Pero después, de repente, cesó la represión.

¿Quieren marchar hasta el Tribunal Supremo de Justicia? Que marchen. ¿Pretenden plantearle sus exigencias al Fiscal General de la República? Que lo hagan. ¿Solicitan un derecho de palabra en la Asamblea Nacional? Que hablen.

Sin la menor duda, alguien, ¿acaso José Vicente Rangel?, le hizo comprender a Chávez la conveniencia de aflojar la mano y ceder? ¿No era ese el sentido final de su artículo Calma y cordura? En definitiva, ¿para qué poner innecesariamente en evidencia la sensibilidad totalitaria del régimen? La razón de esta nueva manera de resolver la crisis la explicó Chávez el miércoles por la tarde en rueda de prensa con un grupo de corresponsales extranjeros. Para ello empleó un tono amable. En ningún momento se mostró Chávez encolerizado, no soltó ninguna grosería, tampoco insultó excesivamente a nadie. Al contrario.

A lo largo de las tres horas que duró su cuidada interpretación de gobernante democrático, la inflexión de su voz fue siempre suave, casi susurrante, con una melosidad tropical casi empalagosa. La procesión, sin embargo, iba por dentro y Chávez no pudo ni quiso disimularla.

Según dijo, el golpe que prepara la oligarquía nacional y el imperialismo para someter al país nuevamente a la dictadura de una minoría despiadada, apátrida y enemiga del pueblo, tiene como peones a sus cachorros, los estudiantes de las universidades privadas. La diferencia con conspiraciones anteriores está en la metodología, que ahora es la de Gene Shar, la del "golpe suave." Inmediatamente ilustró los planes del enemigo malo. Marcadores verde, rojo y negro en la mano, primero dibujó en el pizarrón un aparatoso cartucho de dinamita, luego le colocó una mecha muy larga y por último la encendió trazando en su extremo las chispas anunciadoras de la explosión por venir. "La mecha lenta", aclaró Chávez con una sonrisa forzada. De eso, le reveló al país y al mundo, se tratan las manifestaciones estudiantiles, un juego "imperial" que persigue el propósito de que en algún punto de la mecha "un evento cualquiera haga detonar la carga explosiva." Acusó a George W. Bush de esta estrategia del cortocircuito intencionalmente provocado, culpó a los rectores y profesores universitarios de incitar a los estudiantes, "están tratando de usar a algunos muchachos como carne de cañón para producir la gran explosión," y finalmente recordó que antes los estudiantes protestaban "por causas justas y no salían a defender los intereses de la oligarquía". Como siempre, descrédito absoluto de sus adversarios. Sin embargo, en ningún momento habló de su decisión de no reprimir las manifestaciones estudiantiles, pero quedó claro que su súbito ataque de "calma y cordura" sólo tenía el propósito de quitarle el oxígeno de la indignación al fuego de las demandas estudiantiles, y evitar de este modo que la represión generara un evento, la muerte de un estudiante, por ejemplo, que hiciera explotar la bomba contrarrevolucionaria.

Por su parte, la actitud pacífica del estudiantado universitario contribuyó poderosamente al éxito de esta táctica.

Tras leer su comunicado en cadena de radio y televisión desde la Asamblea Nacional y retirarse enseguida porque no estaban dadas las condiciones para debatir con un grupo de estudiantes oficialistas, la dirigencia estudiantil anunció que "por ahora" cesaban las marchas y el movimiento se replegaba para dedicarse a fortalecer su organización en todo el país.

Era el reconocimiento, como el de Hugo Chávez la mañana del 4 de febrero, de que por ahora no se habían alcanzado los objetivos, pero también la advertencia de que la lucha por alcanzarlos continuaba. Quizá por ello, porque en definitiva no podía olvidar su propia experiencia, ese mismo jueves, en su rueda de prensa, Chávez insistió en denunciar la conspiración y prevenir al país de que la revolución no subestima ni subestimará al enemigo. Como si en efecto, en esta ocasión, la mecha fuera en verdad larga y lenta.






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