Los "horrorosos juristas" de Ingo Müller

Por Venezuela Real - 23 de Junio, 2007, 19:20, Categoría: Cultura e Ideas

Naudy Suárez Figueroa
WebArticulista.net
23 de junio de 2007

1. Cuando Benito Mussolini definió (o, mejor, describió) al fascismo de esta manera: “todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”, no solamente estaba caracterizando al sistema político que personalmente se afanaba entonces en implantar en Italia, sino, sin saberlo,  a otro apenas algo menos joven, el comunista soviético, y también, con antelación, a un tercero que se incubaba por entonces en Alemania, el nazismo. 

2. Al proceder de la manera citada, Mussolini rompió de un tajo amarras con la tradición política  enraizada con las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa, revoluciones que habían hecho, en su sucesión temporal, de la división y equilibrio de los poderes del Estado, de los derechos del hombre y del ciudadano y, finalmente, del principio de la soberanía popular, la columna vertebral, en la teoría y en la práctica, de la doctrina de gobierno llamada liberal.

3. Siguiendo la estela de  tales experimentos de aprendices de brujos sin duradera fortuna, aparecerán, para darles vida en la esfera del diccionario de los términos ominosos, un sustantivo: “totalitarismo” y un adjetivo: “totalitario”.

4. En el corazón de comunismo, fascismo y nazismo vinieron a ocupar lugar dominante conceptos que establecieron diferencias que llegaron al extremo de entrañar la vida o la muerte para infinidad de seres humanos colocados dentro de su radio de dominio.

5. El comunismo atendía a una doctrina conforme a la cual la división de la sociedad en grupos humanos diferenciados en lo económico – social (en último término reducidos a dos: “burguesía” y “proletariado”) era en esencia perniciosa y, por ello, el último y mayoritario de ambos grupos, el proletariado, debía derrocar del poder a la primera y asumir una dictadura política de duración indefinida que llevaría a la liquidación de la burguesía. Y el nazismo, a la idea de que existían razas superiores (era el caso de la “aria”) e inferiores (por ejemplo, la judía), de las cuales las primeras estaban destinadas a someter a las últimas. 

El fascismo, por su parte, se proclamó lo mismo anti-liberal que anti-comunista, con lo cual se colocaba en una línea de excluir de la vida política (y, en casos, de la vida tout court) a demócratas y marxistas - leninistas.

3. La instauración de los regímenes  primeramente nombrados tuvo un terrible costo para los habitantes de la Unión Soviética, Alemania e Italia. Setenta años de hegemonía política comunista provocaron en Rusia decenas de millones de muertos por hambre y fusilamientos y condujeron a los campos de concentración o gulags igualmente a millones de personas inocentes. 

Se sabe, por otro lado, que los doce años de imperio nazi en Alemania aparejaron el asesinato de unos seis millones de judíos y un número imprecisado de eslavos y gitanos, a quienes unía  el solo “delito” de ser racialmente diferentes. 

En cuanto al fascismo, tuvo igualmente su importante cuota humana de tragedia.

4. El intelectual húngaro Arthuer Koestler fue un comunista (luego, anticomunista) que tuvo el raro privilegio de haber estado, de 1920 a 1940, empujado por su condición de periodista, en unos cuantos de los lugares de Europa donde en tales años sucedieron grandes cosas (Rusia, España, Alemania…). 

Lo recordamos aquí porque, al describir el mismo Koestler en su excelente Autobiografía el ambiente de despreocupación que reinaba en el seno de buena parte de la clase ilustrada de Alemania –incluida la judía- al tiempo del ascenso de Hitler al poder, grupo social  que no creía que el futuro  führer fuera capaz de poner en práctica las ideas anunciadas en Mein Kampf (Mi lucha), lo ilustró con la trascripción de una singular historieta que, según él,  se contaba por entonces en dicho medio. 

Versaba la misma sobre un verdugo chino que, llegado al convencimiento de que únicamente alcanzaría la cumbre de su arte cuando le cortara la cabeza a una de sus víctimas tan rápido que la misma no se diera cuenta, empezó a ejercitarse con toda tenacidad para lograr tal hazaña. Un buen día, finalmente, le tocó ajusticiar a un noble y, al tiempo de subir éste los peldaños de la escalera que conducía al cadalso, se divisó por los presentes un repentino y brevísimo fulgor metálico. Ya en la parte plana del cadalso la víctima, solicitó ésta como favor especial al verdugo que, ahorrando crueldad, ejecutara lo más rápido posible su cometido. El verdugo se limitó a pedirle, con toda cortesía, que inclinara la cabeza y,  al hacerlo, sin que precediera  tajo ninguno del verdugo, la cabeza del noble cayó por sí misma: el ajusticiado ignoraba que, desde hacía ya algún tiempo, era hombre muerto. 

La moraleja vendría a ser que, por propio interés,  siempre se abriga la esperanza de que ciertos malos preanuncios, por más señales que den de que pueden llegar a adoptar forma concreta,  nunca terminen por hacerlo.

5. Tal vez lo escrito pueda valer en alguna forma de preámbulo a una excursión por  la obra del penalista alemán Ingo Müller denominada Los juristas del horror, y subtitulada, para mejor comprensión de su contenido, La “justicia” de Hitler: el pasado que Alemania no puede dejar atrás[1], cuya traducción del alemán original al español ha sido asumida por el  jurista venezolano Carlos Armando Figueredo.[2]

7. En buen investigador, comienza su libro Müller por mostrar, en la primera parte de su libro, como los lodos del “horror” jurídico y legal llegados a batir por el nazismo tendrían el antecedente de viejos polvos: rastros del autoritarismo, de los cuales Hitler y los suyos habrían sacado excelente provecho, podrían discernirse, según el autor, si no más atrás, cuando menos en la Alemania de los kaisers y de Bismarck y hasta en la mismísima democrática y socializante República de Weimar, surgida tras la derrota de 1918. 

8. La tabla de materias que estudia Müller en la segunda parte de la obra es tan amplia que nos limitaremos a dar apenas cuenta resumida de los más relevantes asuntos tratados en ella:

·El proceso cumplido en el seno de la judicatura alemana, en cuya virtud magistrados nombrados antes de 1933, año de ascenso de Hitler al poder, se acomodaron sin parpadeos al nuevo y distinto régimen político. 

·La manera lamentable cómo juristas alemanes de tan alto prestigio como, por ejemplo, el constitucionalista Carl Schmitt abdicaron de sus ideas precedentes y terminaron por justificar el nuevo “derecho” y la nueva “legalidad”  nazi.

·El uso perverso del concepto de “estado de emergencia” para saltar por encima de las normas constitucionales y de cualquier otra jerarquía.

·La expurgación cumplida en el gremio de abogados alemanes, de modo de que solamente llegaran a ejercer el derecho profesionales adictos al régimen.

·La construcción de una doctrina jurídica cimentada en último término en un “Estado de derecho de Adolfo Hitler”, es decir, uno en el cual la última referencia en dicho campo la constituía un dictador que, paradójicamente,  nunca había ocultado su desprecio  por el derecho y también por los hombres de derecho. Tal doctrina desechaba, conforme a Müller, “La mayoría de los logros más notables del Estado de derecho –la sujeción de la autoridad estatal al derecho, la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y ciertos derechos individuales inviolables…”[3]

·El paso de los funcionarios públicos a la condición de “tropa política del Führer”, luego de haber sido extrañados de los cuadro de gobierno “no arios” y otras personas que no contaban con la confianza del régimen.

·El ejercicio de una ominosa política de discriminación racial, basada en el concepto de “protección de la raza”, que llevó, primero, a la disolución de los matrimonios racialmente mixtos (particularmente los contraídos entre judios y “arios”) y, luego, a las llamadas Leyes de Nüremberg, que comprendieron una Ley de Ciudadanía y una Ley para la Protección de la Sangre Alemana y del Honor Alemán, a cada cual más humanamente discriminadora. 

·El empleo contra los opositores del régimen de leyes en principio despojadas de  naturaleza política, como por ejemplo, la Ley sobre Delincuentes Habituales Peligrosos, el Decreto sobre Elementos Antisociales y el Decreto sobre Delincuentes Violentos.

·Una extensión de la posibilidad de pérdida de los derechos llevada por el aparato judicial hasta campos  como el económico, que, unida a las antes mencionadas leyes de discriminación racial, condujo, en el caso de los judíos, a una verdadera “muerte civil”.

·La práctica de la eugenesia y la eutanasia, animada por la finalidad de lograr la “pureza de la sangre alemana”.

·Los obstáculos puestos en el sistema judicial a la posibilidad de apelar y la obsecuencia para con los intereses en este punto del régimen nazi mostrada por la Corte Suprema del Reich en los escasos casos en que fueron permitidos tales recursos alzados.

·La creación, en 1934, de un Tribunal del Pueblo, paralelo a la Corte Suprema del Reich, con Salas que eventualmente podían estar en su mayoría compuestas por individuos sin experiencia previa como jueces,  organismo al cual se dio jurisdicción, entre otras cosas, sobre casos de alegada alta traición. Dicho Tribunal, según la guerra de 1939 – 1945 se intensificaba, llegó a alcanzar impresionantes cúspides numéricas en materia de condenas a muerte.

·Idem, de Tribunales Especiales en la Europa Oriental ocupada por el ejército alemán.

·El llamado “Decreto de Noche y Niebla”, promulgado por Hitler, en cuya virtud el ejército y los servicios secretos nazis podían ejecutar o trasladar a Alemania en secreto a “… personas acusadas de cometer actos que implicaran una amenaza a la seguridad de las tropas de ocupación…” [4]. 

9. Consagró Müller la tercera parte de su libro a estudiar, bajo el título de La Continuación cómo, aplastada militarmente Alemania en mayo de 1945 el restablecimiento del cuerpo judicial en dicho país no entrañó, ni de lejos, una purificación de sus cuadros que condujera a librarlo de quienes habían contribuido a hacer de la administración de la justicia una actividad absolutamente subordinada a un designio político esencialmente inhumano y también cómo muchos de ellos fueron, por el contrario, hasta recompensados con ascensos. 

10. Allí mismo buscó el autor poner de relieve que no fue escaso ni relativamente infructuoso en la Alemania de la post-guerra un despliegue de inteligencia dirigido a levantar un tinglado de argumentos destinados a excusar la conducta asumida por los “juristas del horror” en el “tiempo del desprecio” extendido entre 1933 y 1945, entre ellos el de “la lealtad a la letra de la ley”[5].

11. Da cuenta Müller, a más de lo escrito, de la ironía entrañada en los procesos judiciales entablados contra quienes, luego del hundimiento del régimen de Hitler, llegaron en Alemania a cuestionar la permanencia en sus cargos de aquellos jueces que habían aplicado una justicia criminal; también de la  manera como en la universidad alemana, inficionada a partir de 1933 del morbo nazi por obra de la presencia en ella de un mayoritario número de profesores coludidos con el nazismo, mantuvo, no obstante,  después de 1945 en sus puestos, particularmente en las facultades de derecho, a catedráticos  que hacían prédica abierta de conceptos doctrinarios afines  a la citada ideología y, saltadas otras cuestiones, expone, por último, Müller cuán tardía llegó a operarse la proscripción de la justicia nazi.

12. Unas últimas y pocas páginas las dedicó Müller en su libro a lo que llamó Un intento de explicación, lugar de su libro en donde empezó por dar a conocer una constatación personal muy poco animadora: la de que “… las auto-justificaciones y la desinformación publicadas después de la guerra por los participantes han hecho difícil cualquier determinación del pasado”[6], afirmación a la que sigue esta otra: “Y ahora, según parece, si bien una nueva generación sin prejuicios tiene la oportunidad de enfrentarse a la materia, las tendencias modernas en la academia (…) llevan a oscurecer más que [a] aclarar”.[ 7]

10. Las sociedades humanas no han estado nunca ni parece que estarán, por tiempo indefinido, compuestas por una sola clase económica ni tampoco parece convenir que sea su mejor destino el que las mismas sean diezmadas, a fin de que  solamente subsista una de ellas –por ejemplo, el proletariado - bajo el presupuesto ideológico de estar este último “históricamente predestinado” para imponerse y regir a las demás clases en ejercicio de una dictadura, de duración igualmente imprecisada, durante cuya vigencia terminaría por liquidarlas. Ni tampoco dominadas por una raza superior, a la cual deben subordinarse como esclavas las demás a tal extremo que se resignen éstas a desaparecer para que la primera herede sola el mundo o parte de él. 

11. Llegar a ser un convencido de lo contrario es un letal error que ha alimentado  monstruosos fenómenos históricos entre los que se cuentan  las ideologías de exclusión, los liderazgos “infalibles” y el reinado del pensamiento único y acrítico. Ellos empiezan con la discriminación, progresan con el odio  y acaban con el uso del puro y simple terror para lograr dominaciones omnipotentes, en nombre de una clase o de una raza. 

12. Al terminar de escribir estas palabras, considerado el tiempo político vivido en la actualidad por nuestro país, uno se sentiría tentado de creer que, recorridas las estremecedoras páginas de  la obra de Müller, mucho convendría que se recordara, a su vista,  aquel advertido adagio español que dice:

“Esto te lo cuento, Pedro, para que lo oigas tú, Juan”.

O algo bien parecido.

[1] O, en la traducción más literal de su título de origen alemán: Juristas horrendos. El pasado ineludible de nuestra justicia. 
[2] Ha sido publicada por Editorial Actum, Caracas, 2006, 415 p.
[3] MÜLLER, Ingo: Los juristas del horror, p. 93.
[4] MÜLLER, Ingo: ob. cit., p. 231.
[5] Ibidem, p. 299.
[6] Ibid., p. 393.
[7] Ibid., idem.






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