Emigración

Por Venezuela Real - 28 de Junio, 2007, 17:09, Categoría: Dimensión Social

Ricardo Gil Otaiza
El Universal
28 de junio de 2007

No es un hecho fortuito el que una buena porción de venezolanos esté pensando seriamente en emigrar hacia otros destinos. En una encuesta Datanálisis, de reciente publicación a través de El Nacional, se señala que "1 de cada 3 venezolanos está dispuesto a emigrar". Es decir, en números redondos, más de 8 millones de compatriotas se están preparando para el despegue. Si la memoria no me falla, así como tampoco mis fuentes bibliográficas, sería el mayor éxodo de la historia contemporánea del país. Creo que resulta inoficioso señalar que este hecho es de suma gravedad, sobre todo cuando nos percatamos que los segmentos interesados en buscar otros destinos, son los de mayor esperanza de vida y de productividad. En otras palabras, los jóvenes y los profesionales formados en nuestras universidades, no hallan en su país las condiciones adecuadas para plantearse sus proyectos de vida aquí, entre los suyos.

No es nada original señalar que Venezuela ha sido a lo largo de su historia un anhelado destino para los inmigrantes.  Contando desde la época colonial, hasta los albores de nuestra democracia, cientos de miles de extranjeros: españoles, portugueses, italianos, colombianos, alemanes, japoneses, chinos y árabes, hicieron de este suelo su suelo, y aportaron su esfuerzo y trabajo para convertir ese país rural que encontraron -pero de grandes posibilidades-  la mayor empresa de sus vidas. Dando por descontado, que la génesis de Venezuela es mestiza y su cultura constituye una extraordinaria amalgama de elementos y de factores que hacen de nuestra idiosincrasia un mural de gran diversidad y colorido.

Cuando uno analiza fríamente todo esto, no le queda otra alternativa sino exclamar: ¡cuánta torpeza e ignorancia por parte del Gobierno! Torpeza e ignorancia azuzadas por una terrible sed de mando, que impulsa a sus más conspicuos representantes a decir y hacer cosas que contravienen de manera clara nuestra historia, nuestros derechos, y nuestros propios deseos. Por naturaleza nadie desea emigrar de su patria, deben confabularse condiciones de extrema arbitrariedad para que las personas sientan conculcados su futuro y su esperanza, y tomen tamaña decisión de partir. No es fácil marcharse, sobre todo cuando nuestras raíces están profundamente cimentadas. No es sencillo dejar atrás lo que ha significado para nosotros nuestra historia personal y familiar. Resulta cuesta arriba desprenderse de las cosas, de las querencias, de las tradiciones, del entorno natural y social.

Emigrar es dar inicio a un franco proceso de duelo, donde sólo el tiempo es capaz de cicatrizar heridas profundas. Recuerdo que cuando escribí la novela Una línea indecisa (Monte Ávila Editores Latinoamericana y ULA, 1999) pude sufrir emocionalmente la pérdida que le causaba al poeta lírico Juan Antonio Pérez Bonalde, el tener que marcharse al exilio.  Paradójicamente, a pesar del éxito literario del poeta en Nueva York, su vida estuvo marcada por el recuerdo, por la añoranza, por esa patria que oteó en su regreso desde el mar, y a la que le entregara su celebérrimo poema Vuelta a la patria. Partir es dejar parte de nuestra vida, es ver cómo se derrumba nuestro mundo en pos de un mundo mejor.  Pero qué hacer ante lo inaudito, ante el desmantelamiento de las instituciones, ante el insulto permanente, ante una lista de Tascón que te condena a ser un execrado.  Qué hacer ante un mandamás, ante un gobierno omnímodo que no permite el menor asomo de diferencia porque ello es considerado traición. ¿Qué hacer cuando los caminos se cierran? Unos deciden marcharse, otros resistir. Pero, ¿hasta cuándo?

Profesor universitario y escritor





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