A los paranoicos también los espían

Por Venezuela Real - 30 de Junio, 2007, 22:15, Categoría: Cultura e Ideas

SERGIO DAHBAR
El Nacional
30 de junio de 2007

Siempre imaginé que la Ally McBeal de la revolución bolivariana emplearía su atención y vehemencia, sus energías y obsesividad, y lo que le queda de vida, en defender la causa del padrecito de todos los venezolanos, Hugo Chávez. Pero resulta que en el día del periodista, miércoles 27 de junio, esta evangelista de las ideas bolivarianas me hizo un regalo.

La hagiógrafa del comandante, mitad venezolana y mitad estadounidense (porcentaje con el que ella ha mostrado tener fieros conflictos) colgó en un medio de comunicación digital del Gobierno una columna en donde me nombra y me acusa de ser "un peligro para la soberanía y la seguridad de la nación’’.

El lector a estas alturas debe imaginar que este columnista ha devenido en un espía que le vendió información estratégica militar a un país enemigo.

Como sucedía con tantos personajes que pululaban por los decorados de El agente de Cipol (1964/1968), aquella serie de televisión donde Napoleón Solo e Illya Kuriakin defendían a Occidente de las patrañas que cocinaban los engendros malucos de la guerra fría, casi siempre comunistas que hablaban torcido el español.

Cabe precisar que el corazón de su artículo no se ocupa totalmente de mi persona. El centro de sus denuncias es el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS, nacido en Perú y defensor de los abusos que se cometieron durante la tiranía de Fujimori).

IPYS recibe fondos provenientes (alega la acusadora) del Departamento de Estado de Washington (sigue la acusadora) con el fin de desacreditar a la revolución bolivariana (y cierra la acusadora) con denuncias falsas sobre violaciones a la libertad de expresión. Ergo: toda denuncia que provenga de periodistas pagados por el departamento de Estado carece de objetividad. Con documentos desclasificados, y con una prosa que le debe mucho a la trinchera y poco o nada al refinamiento de la lengua, acusa –por ejemplo– a Andrés Cañizález, quien fue el primer corresponsal de IPYS en Venezuela, de ganar un sueldo de 825 dólares por mes, al principio, y más tarde uno de 917 dólares. Como suena.

En los dos últimos párrafos del artículo denuncia que el Consejo Asesor de IPYS cuenta con mi nombre y con el de otros colegas. En mi caso, me acusa de pertenecer a El Nacional. Y se despacha estas líneas: "Importante es reconocer que cualquier organización que recibe financiamiento y asesoría del Gobierno de Estados Unidos, se compromete a promover la agenda de Washington en los países donde opera. Cuando se trata de un caso como el venezolano, país que actualmente es víctima de una agresión muy fuerte de Washington, y que específicamente utiliza a las organizaciones no-gubernamentales y partidos políticos para ejecutar su agenda sucia, esta relación financiera se convierte en un peligro para la soberanía y la seguridad de la nación’’.

No me queda más remedio que recomendarle a mi Savonarola personal que lea el libro de Vincent Bugliosi, Reclaiming History (W. W. Norton & Compañy, mayo 2007, 32.97 dólares).

Sé que le parecerá excesivo revisar un trabajo de un colega que tiene 1.621 páginas. Pero podría ayudarla a no perder el tiempo con teorías de las conspiraciones infantiles que no convencen a nadie. Y menos en un país como Venezuela, curtido como está en el arte de escuchar kilométricas zoquetadas que no conducen a ninguna parte.

Bugliosi, que refuta en su monumental obra todas las teorías de las conspiraciones desarrolladas a partir del asesinato del presidente John F. Kennedy, llega a una conclusión dolorosa: los estadounidenses necesitaban creer que hubo una conspiración. Otra cosa diferente hubiera sido aceptar que a un hombre tan importante y querido como Kennedy lo mató un idiota como Oswald.

Lo mismo que le sucede a mi aprendiz de abogada: no puede creer lo que se ve claramente en Venezuela. Aceptarlo sería reconocer que la ilusión que persiguen ella y los seguidores rojos rojitos no es más que reflejo de carencias y defectos de su propio líder o de la tropa que comanda: un culto a la personalidad fascista, una ineficiencia atroz, una corrupción desbocada y una morisqueta de lo que pudo ser un proyecto de izquierda viable y decente en América Latina.

Más cómodo resulta echarle la culpa a la CIA, que siempre ha aparentado meter la mano en todos los guisos del planeta, a pesar de que no pudo prevenir los atentados del 11 de septiembre de 2001. Qué se hace.






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