Socialismo y estatismo: trampa cazabobos

Por Venezuela Real - 2 de Julio, 2007, 17:47, Categoría: Política Nacional

Marisol García Delgado
El Universal
02 de julio de 2007

Ese tal socialismo del siglo XXI no existe responde al decir "como vaya viniendo vamos viendo"

Bajo unas banderas rojas, un único color, conforme a una simbología y lemas foráneos, y elaborando una ensalada de factura rusa con el Che Guevara, Bolívar y Cristo ¿o Castro?, avanza, alerta que camina, una falsa teoría llamada socialismo del siglo XXI.

Ese tal socialismo del siglo XXI simplemente no existe, según el claro e inteligible decir de su promotor, y sólo responde al también ajeno decir "como vaya viniendo vamos viendo". Nada escrito de la propia mano, ninguna elaboración, salvo la unción de la pega loca o la saliva de loro, a tesis o ensayos harto fracturados por la historia política sureña, aderezado por la hábil elevación al altar de los dioses, que en rituales de adulación oral y escrita, practican los sempiternos vivarachos de todas las épocas y latitudes.

Brebaje mágico

Puro brebaje mágico, moneditas de hojalata, sanaciones de utilería, lázaros contratados para atestiguar su regreso de la muerte, show mediático mañana, tarde y noche. Algo así como una sopa de su propio chocolate. Cinco motores que no dependen de ninguna acción revolucionaria, sino de la energía de los hidrocarburos. Cinco motores que no han generado ni un solo empleo, ni un solo producto nacional. Que no han abierto ni una sola fábrica, que no han surcado suficientes arados, que no han detenido la inflación ni la importación de alimentos.

Un socialismo del siglo XXI no elaborado, se asemeja a esas páginas web en construcción. No sirven para absolutamente nada. Pérdida de tiempo y de recursos. Necesidades insatisfechas, protesta y decepción. Un parlamentarismo de calle que nadie ve. En eso se parecen a algunas encuestadoras, de cuyos resultados y por las mismas razones más de un legislador se ha burlado. Unas reformas que nadie conoce, aunque alguien tiene suficiente tiempo para escribir y leer 1.600 páginas, más de tres resmas de papel, ojalá libres de errores.

Cuentos y cuentos

Admirable la capacidad del juglar que deambula con sus cuentos largos y bien hilados por la habitación de cada hogar nacional, a cualquier hora y durante el tiempo que le apetezca. Mientras haya real, lo sabe todo el mundo, sus palabras -siempre respaldadas por el sonsonete de la moneda nacional- no caerán en saco roto.

Por quítame esta paja una nacionalización, como si no fuera suficiente con los trámites para obtener divisas, el empedrado impositivo, el cerco de la regulación acompañado de aumento de los insumos, amenazas de expropiación y procesos inflacionarios, con la obligación de inscribirse no en una sino en varias instituciones públicas, gracias a la floreciente política de los registros.

Las empresas nacionalizadas son apoderadas totalmente por el Gobierno, con nombramiento inmediato de directivas, previo examen de las listas, advertencia de obligada inscripción en las filas del único partido y sustitución total de la policromía del atuendo por el rojo escarlata, obediencia total a no se sabe cuál directriz, porque no hay manual ni instrucciones. Lo único cierto es que el rojo servirá siempre para azuzar las embestidas del descontento, para malherir las esperanzas del pueblo y hasta para dejar en el ruedo, a la usanza de la fiesta brava, entre hurras, sorbos y aplausos de la galería, hasta el más valeroso ejemplar opositor.

Hay quienes se alegran frente a cada nacionalización porque se rescata de las manos oligarcas unas empresas; porque se afirma la soberanía nacional cuando el Estado asume esas empresas; porque la eficiencia, o la ineficiencia, no es virtud ni defecto exclusivo de los gobiernos; porque ahora el producto o el servicio tal o cual es de todos. Pues nada: simplemente el Gobierno se queda con todo. Ni una acción de industrias ni empresas para el pueblo, ni una cooperativa para dirigirla, ni señas de la cacareada cogestión, ningún consejo comunal al mando, ni comités de tierra, ni contralorías sociales. Ninguna apertura, ninguna ganancia compartida.

A propósito de la necesidad del estudio, la disciplina y el trabajo tesonero como garantías de la buena administración, la eficiencia y la productividad, la devota asistencia de los funcionarios a las largas y casi diarias jornadas discursivas, transmitidas en cadena nacional, nos hacen recordar a aquel empresario árabe que en su lecho de muerte pregunta por la esposa y cada uno de sus cinco hijos, y al advertir que en tan crucial momento todos, absolutamente todos están allí, emplea su último suspiro para preguntar indignado ¿y quién ¡caras! se quedó en la tienda?







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