Marx & Bolívar (y última)

Por Venezuela Real - 9 de Julio, 2007, 17:21, Categoría: Cultura e Ideas

Contraportada
TalCual
09 de julio de 2007

Desde que, en los años treinta del siglo pasado, Aníbal Ponce, marxista y trotamundos argentino, rescató para la lengua castellana el texto en que Karl Marx pasa coleto con Simón Bolívar, la izquierda latinoamericana adhirió inmediatamente a esa visión marxista del prócer suramericano y, dogmáticamente, congeló el tema: el Caraqueño Mayor era lo que Marx dijo que había sido y sanseacabó.

Ponce se hallaba en 1935 en Moscú, contribuyendo a la edición castellana de las obras completas de Marx y Engels. Por aquel tiempo, un marxista latinoamericano no se permitía ningún esguince revisionista. Y es que un marxista latinoamericano fue casi siempre, en el mejor de los casos, apenas un concesionario autorizado de la casa matriz: la Academia de Ciencias Sociales y Políticas de Moscú.

Desde luego, hubo marxistas como el cubano Julio Antonio Mella, quien ya en 1923 invocaba al Libertador como inspirador de las luchas redentoras del continente. Para conjurar el riesgo de excomunión, tanto Mella como el peruano José Carlos Mariátegui, se apresuraban a dejar muy claro que Bolívar fue un ejemplar superlativamente genial de la casta criolla blanca, pero que sólo había llegado hasta donde lo dejaron llegar la superestructura ideológica correspondiente a su clase social — “en el respectivo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas presentes en la Venezuela de comienzos de siglo XIX” —y una “falsa conciencia mantuana” de la realidad de la que el Libertador no tenía la culpa porque, pobrecito, no había podido leer a Karl Marx.

Gilberto Vieira, eterno secretario general del Partido Comunista Colombiano, también quiso rescatar a Bolívar para la izquierda en un libro titulado Sobre la estela del Libertador. Vieira aborda explícitamente el espinoso asunto del artículo de Marx sobre Bolívar, pero no sale airoso cuando blasfema al decir que lo de Marx era “sólo una opinión” y que un marxista verdadero no funda su criterio en “opiniones”.

2.-

Con el fin de la Segunda Guerra, el inicio de la descolonización del llamado Tercer Mundo y la aparición de los movimientos de “liberación nacional” en el contexto de la Guerra Fría, la desaparecida Unión Soviética tuvo interés práctico en revisar el dogma marxista (elaborado por dinosaurios como Vladimir Miroshevski) sobre las figuras llamadas “popular-nacionales”, como Bolívar.

El tímido revisionismo que acompañó la mentida “desestalinización” que siguió al XX Congreso del PCUS en 1956 fue decisivo en esta mudanza de parecer.

La Academia de Ciencias de la URSS decidió, a fines de los cincuenta, darle una oportunidad a los “revisionistas” como Anatoli Shulgovskii, quienes resolvieron el problema con un expediente de admirable desparpajo pues implicaba que Marx, siempre infalible en todo, flumbeó únicamente en el caso de Bolívar, y ello se explica, dice Shulgovski, porque las fuentes consultadas por Marx eran “secundarias y sesgadas.” Con lo cual no se afectaba sensiblemente el elevado promedio de bateo de Karl Marx y se abría el camino de una larga lista de despropósitos. El cubano Francisco Pividal pudo así ganarse, en 1977, el Premio Casa de las Américas con su Bolívar:
Pensamiento Precursor Del Antimperialismo, y la guerrilla del M-19 robarse en Bogotá, en abril del 74, la espada de Bolívar para afirmar en su proclama que luchaba por una Colombia socialista y “contra los amos nacionales y extranjeros que deformaron las ideas del Libertador”.

3.-

Es característica la improbidad intelectual con que la izquierda latinoamericana se ha cebado en una carta, más bien adulona, que el Libertador envió en agosto de 1829 al coronel Patricio Campbell, encargado de negocios de la corona inglesa.

Me refiero a esa frase que, maliciosamente citada fuera de contexto, ha ilustrado en nuestro continente millones de afiches antimperialistas “Los EE.UU. parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad”.

Era sólo cuestión de tiempo para que en el país de la teología bolivariana, inaugurada por el autócrata Guzmán Blanco, y sobre elaborada por los adulantes del sátrapa Juan Vicente Gómez, un teniente coronel demagogo y populista, apoyado por la izquierda militarista —¿habrá habido alguna izquierda en América Latina que no haya sido militarista?—, educado en una Academia Militar que como, la venezolana, siempre fue templo de la teología bolivariana más “integrista”, terminase por cambiarle el nombre a la República de Venezuela.

4.-

Lo demás es marxismo de quitapón —muy afín al leninismo retráctil de Fidel Castro, descrito por Américo Martín— que brinda a Chávez, por sobre todas las inactuales supercherías de la “izquierda” que lo acompaña, la ventaja de sublimizar la dictadura como filantropía del héroe que nos sojuzga para salvarnos de nosotros mismos.

El misticismo moral bolivariano permite a Chávez justificar el recurso a las armas para defender la revolución y rescatarla de los desaprensivos, de los tibios y, últimamente, también de sus corruptos.

De Bolívar nos gusta a los venezolanos decir que fue un visionario. Nunca lo fue tanto, creo yo, como cuando, un año antes de morir, escribió a un político de mi país:
“... Si algunas personas interpretan mi modo de pensar y en el apoyan sus errores, me es bien sensible, pero inevitable; con mi nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos lo invocan como el texto de sus disparates” 1. Nunca suena Chávez tan bolivariano como cuando desdeña la alternabilidad democrática.

La lectura que hizo Chávez, hace ya unos años, en su programa dominical de televisión, de sus pasajes favoritos de El General en su laberinto —una de las efusiones más brillantes del culto al Bolívar que haya salido de la pluma de un latinoamericano— fue para los televidentes una extraordinaria experiencia de extroyección vicaria:
Chávez quiso con el texto de García Márquez hacer valer las razones que tuvo Bolívar para optar por la dictadura luego de ser derrotado en una convención. Una malhadada ocurrencia que duró apenas un año y que precipitó su fin.

La pregunta que me hago es si alguna vez se ha detenido Chávez a considerar que, con razón o sin ella, los venezolanos decidieron un buen día de 1830 extrañar perpetuamente del territorio nacional al mismísimo Libertador Simón Bolívar.

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