ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
15 de julio de 2007
¡ Ah! ¡Menos mal! ¡Qué alivio! La idea de incorporar a la Constitución la figura de la "reelección indefinida" nos tenía a todos tan desconcertados, tan preocupados. ¡Menos mal que estamos en revolución y que existe el poder popular! Ahora, nuestros representantes en la Asamblea Nacional harán valer la voz de las mayorías y trabajarán sobre un proyecto muy distinto. Cilia Flores acaba de anunciarlo esta semana: ya no se propondrá la reelección indefinida. La nueva propuesta es la reelección continua. ¡Ah! ¡Así sí! ¡Eso es otra cosa! ¡Eso sí lo cambia todo! La política se ha convertido en un ejercicio de mercadeo.
Ya ni siquiera hace demasiada falta disimular. El debate de fondo no tiene que ver, ciertamente, con el funcionamiento social y político del país sino con la forma publicitaria de vender un proyecto particular. Eso es lo que parece quedar hoy en evidencia. Todas las encuestas, incluso las oficiales, delatan que a la mayoría de los venezolanos no nos entusiasma la perspectiva de que un presidente pueda –aun ganando todas las elecciones posibles– seguir siendo presidente por siempre. Ante esto, la primera reacción de la Asamblea Nacional resulta, sin embargo, absurda: pretende resolver un dilema político con un matiz semántico.
No se quiere discutir lo que deseamos o no deseamos los venezolanos; no quieren debatir sobre lo que pensamos sobre la alternabilidad y sobre la permanencia en el ejercicio de los cargos públicos. Nada de eso parece estar presente en el ánimo de nuestros representantes. La nuez de ese debate se arrima debajo de la alfombra y, entonces, se sortea la democracia participativa y protagónica y se implementa un nuevo recurso de ventas. Eso sí parece una estrategia diseñada por una agencia de publicidad: cómo convencer a un clientela adversa. Cómo seducir a los consumidores. No diga "indefinida". Diga "continua".
De esta manera, lo que pensamos la mayoría de los venezolanos, sobre un cambio tan trascendente y determinante en la Constitución, se despacha con un detalle de significados. Quizás hasta organicen un enjundioso debate, transmitido en cadena nacional, sobre el sentido profundo que conlleva cada palabra. Indefinido viene del latín indefi nitus y señala un camino sin horizontes, amplio, donde lo posible se reproduce sin fronteras, sin límites. Continuo o continua, que también viene del latín continúus, señala, en cambio, por el contrario, un camino sin horizontes, amplio, donde lo posible se reproduce sin fronteras, sin límites. Como diría el filósofo Silvio Rodríguez: "No es lo mismo pero es igual".
Esto es más o menos lo que nos dicen: no sean brutos.
Fíjense bien. Estamos cambiando las cosas para complacerlos. Ya no es "in-de-finida". Porque eso y que les suena a eterno, les da desconfianza, ay sí, gran vaina.
Por eso le dimos la vuelta al asunto. Ahora es "con-tinua" es decir, que continúa, que sigue y sigue. Pero eso no quita que también se pueda parar. Igual que la otra. Pero así y que les suena mejor. Como ahora resulta que ustedes tienen un problema con las palabras. ¿Y entonces? ¿Ahora sí? ¿Les gusta? ¿Ya están convencidos? Puestos en esta manera de enfrentar los asuntos del país, creo que el Gobierno debería comenzar entonces a tratar otros temas con esa misma eficacia. Se puede combatir la pobreza, por ejemplo, promoviendo nacionalmente el término "carestía". Sería un proyecto novedoso, un invento digno de nosotros. Es barato. No se necesita demasiada burocracia. Es mediático, moderno, bastante siglo XXI.
La palabra "carestía" suena mejor, tiene una musicalidad distinta, tiene un significado menos negativo. No es lo mismo hablar de los pobres que hablar de los carentes. Resulta, incluso, más elegante, menos agresivo. Ya ahí se impondría una diferencia de fondo, ideológica. Parecería, además, que nos estuviéramos refiriendo a otra cosa. Los avances se verían de manera inmediata. Por lo pronto, de entrada, estadísticamente, daría la impresión de que finalmente hemos superado la pobreza y nos encontramos, por fin, menos mal, en un nivel superior: la "carestía". Otro éxito de la revolución.
Lo mismo podría hacerse con otra larga lista de tragedias o, más precisamente, de palabras. Piense usted en todo lo que hay por hacer con términos como "corrupción", "delincuencia", "salud pública", "inflación", "desempleo"... Tanto así que estoy por proponer, con puntual seriedad, que el Gobierno cree el Ministerio del Poder Popular para el Desarrollo Semántico del País. Es imprescindible. Es el nuevo desafío de la historia: indefinido y continuo, por supuesto. Como siempre.
Como todo.