Historias del autoritarismo

Por Venezuela Real - 15 de Julio, 2007, 16:02, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
15 de julio de 2007

1 . Eran más o menos las 4:00 pm del pasado miércoles 11 de julio cuando los vi venir. Marchaban por uno de los costados de la avenida México a la altura de la estación Bellas Artes. Salvo en películas documentales, nunca había presenciado algo similar. Y debo confesar que un escalofrío premonitorio, de tiempos malos en acecho, me sacó de la modorra que producen las tardes de lluvia.

Primero, a lo lejos, escuché sus cantos que remitían a las escenas iniciales de Pelo tón, la película de Oliver Stone en donde se muestran las técnicas de entrenamiento de las tropas estadounidenses cuando se preparaban para ir a guerrear a Vietnam.

Una escuadra de uniformados va trotando mientras vocean consignas en respuesta a las que marcialmente grita su instructor. Un sonsonete inconfundible.
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El grupo de aquella tarde no trotaba, caminaba. Tampoco vestían de verde militar, pero si iban uniformados. De rojo.

Banderas rojas. Gorras de beisbol rojas. Franelas rojas. Unas con letreros que anunciaban su membresía a un Consejo Comunal. Otras con el rostro del Che Guevara. Algunas estampadas con el retrato de Hugo Chávez hablándole al oído a Fidel Castro. Eran más o menos 60 civiles militarmente formados en cuatro filas simétricas. Hombre y mujeres. Promedio de edad entre cuarenta y cincuenta años con notable sobrepeso compartido. Al frente del escuadrón un hombre, obviamente el líder o el entrenador, gritaba con tono de sargento mayor: "Comandante en jefe" y los sesenta alineados respondían sin dejar de caminar mientras oficiaban con sus manos un aplauso doble: "¡Ordene!, ¡ordene!". "Comandante en jefe", repetía el hombre de mando, y los sesenta volvían a responder "¡Exija!", "¡exija!" con el sincronizado doble aplauso de fondo. "¡Comandante en jefe!", "¡Gobierne, gobierne!". Y el ejercicio terminaba con el grupo deteniéndose, levantando el puño izquierdo en una coreografía cuidadosamente ensayada, mientras gritaban: "¡Patria, socialismo o muerte!".

Al llegar a la esquina del hotel Caracas Hilton el grupo se desordena para cruzar la calle.

Aprovecho para preguntarle a los rezagados si van a alguna marcha o concentración política y me dicen que no, que sólo están practicando un ejercicio que forma parte de las tareas "revolucionarias" de su consejo comunal. Ya en la Plaza de los Museos vuelven a armar las cuatro filas y mientras la arboleda del parque Los Caobos los devora dejan a su paso una estela sonora de "¡Ordene!, ¡ordene!" que tiñe de rojo, de tristeza y de sometimiento al líder, el atardecer.

2. Lo cuenta Tal cual en la página 6 de su edición del pasado miércoles 11. Es mexicano y fanático del fútbol. Se llama Héctor Chávez. Lo apodan "Caramelo". Ha presenciado seis mundiales y cinco copas América. Está acostumbrado a divertirse en las gradas de los más diversos estadios y países.

A disfrazarse y adornarse. Para "echar relajo".

El pasado domingo, en medio del juego México-Paraguay, se colocó una máscara que imita el rostro del comandante Hugo Chávez. Mala idea. A los pocos minutos se le acercan dos guardias nacionales. Que se quite la máscara, le ordenan. Que está irrespetando la figura del presidente del país, le dicen. Sobre todo porque la máscara está aderezada con unas orejas de burro. Como "Caramelo" reclamó sus derechos y trató de explicarle a los militares que en México es una asunto normal, que ninguna autoridad molesta a un ciudadano por ponerse en un estadio la máscara de quién le dé la gana, los militares trataron de quitársela de manera violenta. El público que los rodeaba protestó, se colocó del lado del hincha mexicano e impidió que se lo llevaran detenido.

Ahora Héctor Chávez sabe por experiencia propia que hay países en donde el culto a la personalidad del presidente llega a extremos rocambolescos.

3. La escultura delata lo que diariamente comunica el jefe de Estado venezolano. Como lo muestra El Nacional (Ciudadanos, 11/07/07), el artista tachirense Byron Paz no ha hecho otra cosa que el papel de traductor. Son dos figuras: la de Chávez y la de Bush. La imagen podría haber pasado inadvertida, salvo por un pequeño detalle, la cabeza de Bush no está sobre sus hombros, está en el piso y Chávez, cual futbolista tétrico, se dispone a patearla.

La cabeza, es de suponer, flotará por los aires con la nariz sangrando o los pómulos amoratados gracias al zurdazo feroz. El presidente venezolano, nuestro sacerdote del odio, ha sido eternizado en un gesto que expresa y explica, como pocos, los impulsos de su corazón. Realismo socialista, llamaron en la extinta Unión Soviética a este tipo de arte puesto al servicio de la revolución.







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