Vigilantes: presas fáciles del hampa

Por Venezuela Real - 15 de Julio, 2007, 14:12, Categoría: Seguridad/Inseguridad

ADRIANA RIVERA
El Nacional
15 de julio de 2007

Oficio riesgoso.

Los guardias de seguridad privada que custodian sólo con rolos o sprays de pimienta están en desventaja con respecto a los asaltantes, que generalmente llevan armas de fuego. En ocasiones, tener las de perder les impide cumplir con su deber


JAIRO ALTUVE Manuel Acero custodiaba un almacén en Valencia cuando un grupo de delicuentes lo sometió y lo despojó de su armamento reglamentario

Cuando Manuel Acero miró la escopeta que había dejado su compañero al terminar la guardia tuvo un mal presentimiento: "Con esto me basta", se dijo, mientras tocaba en su cintura la funda con su revólver reglamentario. Ese sábado había entrado a trabajar a las 6:00 pm.

El galpón para almacenar medicinas al que lo envío la compañía de vigilancia para la que trabaja en Valencia, estado Carabobo, está cercano al Big Low Center. Los depósitos aledaños eran custodiados por guardias de otras empresas.

A la una de la mañana el supervisor de la empresa pasó por el galpón para verificar que Acero cumplía con sus deberes. "Cuando le firmé la hoja de asistencia, le dije que se llevara el armamento que sobraba. Le advertí que si venía un ladrón, se lo podía llevar", recuerda Acero, de 63 años.

Terminada la supervisión, animó a sus otros compañeros a hacer una ronda de reconocimiento por los almacenes. "Eran tan grandes que duramos como 15 minutos en el recorrido. Al regresar nos encontramos con la sorpresa de que habían abierto un boquete en la primera cerca", relata.

Lo que siguió fue un grito: "¡Manos arriba!", escucharon los celadores y alzaron sus brazos. "Y a quedarse quietos porque eran 10 o 12 hombres –evoca–. Mi radio lo metieron en una poceta para que no pudiera comunicarme con la empresa, ni ellos conmigo. Después, nos amarraron con alambres y mecates; a los otros dos le pusieron adhesivos en la boca, pero a mí no porque me quedé callado".

–Quiero llegar a mi casa y que mi madre me vea –, les dijo Acero a los delincuentes.

–Si no colaboran, aquí quedan muertos, le respondieron.

El robo duró hora y media.

"Les dijimos que al intentar romper algo o escalar por la pared, se activaría la alarma y vendría la policía. Entonces, nos quitaron las camisas del uniforme y se las pusieron ellos para hacerse pasar por vigilantes. Pero no tuvieron que fingir ante nadie porque era un lugar solo y apartado".

Los ladrones querían que les abrieran las puertas del almacén para cargar con los productos, pero los guardias no tenían las llaves. "Cuando se dieron cuenta que había un conserje, fueron a buscarlo para quitarle las llaves, pero él tampoco las tenía y de la rabia le cayeron a golpes", agrega.

Ante el asalto infructuoso, el comando de delincuentes huyó de los depósitos. Dejaron a los tres vigilantes y al conserje amarrados, acostados en el piso. Se fueron con un botín que, según Acero, es el más preciado por los atracadores: la escopeta y el revólver de la compañía -la misma que el supervisor no quiso llevarse pese a su insistencia- y tres armas más de los otros serenos.

Gajes del oficio.

Los vigilantes privados afrontan un oficio riesgoso. Los que sólo llevan rolos o sprays de pimienta, se ven en desventaja con respecto a los delincuentes que casi siempre portan armas de fuego. Mientras, los que custodian armados se exponen a que el delincuente –o un grupo de ellos– los hiera o asesine para robarles el arma. Sin embargo, cuando el trabajo es cuidar los bienes y la integridad de sus clientes se está preparado para exponer la vida.

Después de lo que le ocurrió a Leonardo Rodríguez cuando estuvo de guardia en un edificio del este de Caracas, sus supervisores lo enviaron a una panadería, donde trabaja actualmente. "Aquí estoy más tranquilo. Me traumaticé con la experiencia anterior", confiesa el vigilante de 49 años de edad.

Rodríguez pensó que el sitio más peligroso que podía cuidar era una agencia bancaria.

Por las rotaciones periódicas de la compañía de seguridad, le tocó trabajar en una del centro capitalino durante seis meses. Pero allí nunca se presentaron inconvenientes.

Luego del banco, pasó a un edificio en Prados del Este. Un mediodía la dueña del apartamento 8-C llegó en su camioneta. Desde la esquina, Rodríguez vio que un taxi blanco, sin placa, la seguía. "Era raro ver un carro pegado a otro en una calle residencial tan poco transitada", analiza ahora Rodríguez.

Antes de que la reja electrónica del garaje del edificio se abriera, el taxi se detuvo y los hombres saltaron, pistola en mano, para abordar a la mujer. "En ese edificio pidieron que el vigilante no llevara armas de fuego, no lo creyeron necesario. Llamé por radio a la empresa para que contactaran a la policía y salí de la garita para tratar de mediar. Era mi trabajo", dice con tono de reproche.

"Por bocón te montas tú también", le dijeron los atracadores. Lo tomaron por la pechera y lo montaron en la camioneta.

"Terminé metido en un secuestro express", dice y encoge los hombros. Uno de los hampones tomó el volante de la camioneta, al tiempo que otro de ellos apuntaba a Rodríguez y a la mujer. El otro cómplice los seguía en el taxi. Luego de tres horas rodando por la ciudad, decidieron abandonarlos en la autopista Valle-Coche.

"Con mi rolo me cayeron a golpes cuando nos tiraron fuera de la camioneta –continúa Rodríguez–. A la señora la dejaron ilesa porque yo les pedí que no le hicieran nada, ella estaba llorando".

Rodríguez y Acero coinciden al asegurar que, aunque la mayoría piense que el trabajo de los vigilantes es cómodo, ellos son los primeros que se exponen a los delincuentes. "Quien asume el peligro es uno –insiste Acero–.

La mayoría de los delincuentes busca el armamento. O lo matan a uno con su misma arma, o le echan el muerto del que maten con el revólver robado".

Acero custodia una plaza en Valencia y Rodríguez es el primero que invita a pasar en una panadería de Plaza Venezuela. Ambos guardias se encuentran ahora en lugares que consideran más tranquilos.

Hasta que al hampa se le antoje visitarlos.






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