¿Marx, demócrata?

Por Venezuela Real - 16 de Julio, 2007, 18:21, Categoría: Cultura e Ideas

Ibsen Martínez
TalCual
16 de julio de 2007

1.-

Es una de las supercherías favoritas del buen izquierdista.

“Marx y Engels eran demócratas –cree a pie juntillas y lo repite– y quienes hicieron tiránico al socialismo de siglo XX (me refiero al que fracasó estruendosamente en 1989, luego de causar decenas de millones de bajas a la especie humana) fueron Lenin y Stalin”.

En la Venezuela actual, esa superchería del Marx demócrata cuyo legado fue pervertido por Lenin y Stalin, es sacada a pasear con frecuencia por intelectuales que se oponen a Chávez “desde la izquierda”.

Algunos de ellos no hace mucho se descosían orgásmicamente cuando Fidel Castro aparecía por Caracas invitado por CAP. En su mayoría se trata de gente tan inactual como inactual es la izquierda que está “con el proceso”.

Al menos sus lecturas, si las han hecho, no resultaron de provecho. La distinción que quiere hacerse es falsa, aunque no se haga de mala fe: no es cierto que los jalabolas y comensales de Chávez sean estalinistas y los opositores “de izquierda” son demócratas.

Ambas cepas están peleadas con los valores de la democracia liberal y, para mucha gente, dar el brazo a torcer sobre este punto y a estas alturas de su vida es demasiado.

Me parece relevante señalar la predisposición militarista y antidemocrática de la izquierda latinoamericana en su conjunto.

En mi opinión, hacerse llamar “izquierda democrática” carece de sentido si no se comienza por denunciar a Karl Marx y su sistemático desdén por los usos de la democracia liberal anglosajona.

Y no me vengan con que el valor de Marx está en su abordaje “científico” de las “leyes” de la Historia y que no debe ser juzgado por su actuación en política. Decir que sus hipótesis predictivas no podían adivinar a Stalin en 1867 es olvidar que, ya en 1848, su pensamiento traía implícita la idea de que el estado de derecho es una añagaza burguesa. “Superestructura”, le dicen.

Marx no fue en modo alguno un profeta que se contentase con lanzar un “quien viviere lo verá” : Marx actuó en política, no hizo en vida sino actuar en política. Apostó e hizo todo lo posible por asistir personalmente al derrumbe capitalista.Y en su actuación, desde 1848 hasta el tortuoso episodio de la I Internacional Socialista, él y Engels fueron epítome del sectarismo y de la intolerancia, tanto para con los anarquistas, por la izquierda, como contra los socialdemócratas por la derecha.

Sir Isaiah Berlin atribuye la aversión que sentían Marx y Engels por toda forma de lucha política que contemplase la convivencia parlamentaria, por ejemplo, o un papel gradualista del incipiente sindicalismo británico de su tiempo, a la convicción de que el capitalismo estaba por entrar en su crisis final. En consecuencia, puesto que el derrumbe estaba a la vuelta de la esquina, todo aquello –el parlamentarismo, la lucha sindical por reivindicaciones que Marx y Engels juzgaban irrisorias, etc– no haría más que prolongar la agonía del sistema capitalista, contribuyendo a perpetuarlo.

La fulminación se extendía no sólo contra todo programa político que no tuviese por meta “la dictadura del proletariado”, sino a quienes propugnasen tales programas.

La descalificación moral es una de las más bellas tradiciones que legó Marx a sus seguidores.

Para advertir cuán consistentemente antidemocrático e intolerante era el señor Marx basta con echar un vistazo a su relación con un contemporáneo suyo, fundador de uno de los partidos políticos de izquierda más exitosos y perdurables que pueda imaginarse: el partido socialdemócrata alemán.

Fernindad Lasalle, un novelesco y trágico personaje que murió en un duelo (subproducto de su intensa vida galante), fue objeto predilecto del amor-odio de Marx. Pero prevalecía el odio por sobre la admiración.

La correspondencia con Engels a propósito del exitoso líder se resiste a cualquier otra interpretación: el consabido antisemitismo de Marx se ceba una y otra vez en Lasalle y, en especial, en su logro más señalado: construir un gran partido de obreros y pequeñoburgueses que logró imponerle a un autócrata como Bismarck la necesidad de convivir en un sistema democrático parlamentario. Hablamos de un partido que sobrevivió al nazismo y dio al mundo algo más que Willy Brandt: el estado de bienestar, valga este lo que pueda valer.

Mucho antes del deshielo que siguió al desplome de la URSS, era ya posible acceder a muy buenas biografías de Marx, muy alejadas del santoral. Además de la equilibrada e iluminadora biografía intelectual que dejó Sir Isaiah Berlin, pueden citarse la de David McLellan, la del extraordinario scholarestadounidense Saul Padover (autor, por cierto, de una inapreciable antología anotada de la correspondencia marxiana), la de Janet Beals, la muy legible de Robert Payne (quien le tiene ojeriza), la “oficial”, escrita por Franz Mehring (que dieron por buena los comunistas durante décadas), y una que me encanta releer: El Prusiano Rojo, de L. Schwartzchild. Están la de Blumenberg, la de Otto Rühle, la muy reciente de Francis Wheen (que le presté a “Chiqui” Manrique y no me la ha devuelto.) Últimamente, hasta Jacques Attali se ha animado a escribir una biografía de Marx. En todas, el lector acucioso encontrará el retrato que quiera, menos el de un soñador demócrata burlado por la historia del totalitarismo en el siglo XX.

Hace poco, el ensayista británico de origen holandés, Ian Buruma publicó un ensayo titulado Tumba de la revolución, que retoma los temas de Los Exilados Románticos de E.H.

Carr. Su asunto es la paradoja de que, tras el fracaso de las revoluciones europeas de 1848, los revolucionarios de media docena de países, muchos de ellos condenados a muerte, sólo hallaron refugio en la cuna del capitalismo regida por una monarquía parlamentaria. A pesar de ello, es sugestiva la animosidad que Marx sintió siempre por Inglaterra y sus instituciones democráticas.

Henry Hyndman, fundador de una rama socialdemócrata inglesa que terminó confluyendo en el partido laborista, cuenta en sus memorias que, en una ocasión, conversando con Marx, dijo que con los años uno se vuelve tolerante.Marx dio un respingo en su asiento y respondió, con incredulidad y ultraje: “¿Es posible que semejante cosa pueda llegar ocurrirme?” Si Karl Marx fue un demócrata pluralista, entonces yo soy pitcher abridor de las Mantarrayas de Tampa.








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