Silencio delator

Por Venezuela Real - 16 de Julio, 2007, 22:54, Categoría: Cultura e Ideas

ADRIÁN LIBERMAN L
El Nacional
16 de julio de 2007

Más de 100 muertos en cualquier fin de semana no ameritan ningún comentario. Más de una centena de personas asesinadas es la única predicción posible, impepinable en nuestra realidad. ¿Por cuántos cadáveres decidió la OTAN que en Sarajevo se perpetraba una masacre y que había que intervenir para ponerle fin? Seguramente fue por mucho menos que los 115.000 cadáveres que el hampa produjo en estos últimos años. En nuestro país la canción de los irlandeses de U2, "Sunday, bloody sunday" ("Domingo, sangriento domingo"), compuesta para protestar los atentados del IRA, debiera ser nuestro himno alternativo. Y cuando usted lea estas líneas, el lunes, se habrán agregado a la lista sin fin muchos Pedros, Marías, gente común y corriente que habrá descubierto de la peor manera posible que la vida no vale nada.

Frente a esto, un régimen tan locuaz, tan verborrágico, tan incontinente, capaz de pasarse horas reiterando los delirios más aberrantes, nada dice. A los que les encanta hablar de golpes de mecha larga nada comentan de la masacre de baja intensidad, pero de largo aliento, que padece nuestra población. Los que hasta programas de opinión tienen donde denuncian a los muertos de Gaza y Cisjordania (que son menos que los nuestros) y reclaman la acción de la comunidad internacional, no le dedican ni un minuto a preguntarse qué demonios nos pasa a nosotros.

Al igual que en las familias en las que se practica el abuso o el incesto, el mutismo de los prestos a denunciar conspiraciones funciona como delación del lugar y función que la violencia hamponil tiene.

El silencio del Gobierno habla, con fuerza, de cómo nada se ha hecho (y no se quiere hacer) para instalar algo mejor que el resentimiento en la mente de la mayoría de la población. Como en el cuento de Edgard Allan Poe, "El corazón delator", el silencio es también una acusación, un indicio muy distinto a la neutralidad. La experiencia clínica del psicoanálisis muestra el poder del lenguaje, pero también sabe de la fuerza comunicacional que callar tiene. El encogimiento de hombros oficial muestra el miedo a nominar los problemas, la existencia de la idea mágica de que poner nombre a los malestares es crearlos y, por ende, atacar al "proyecto". Lo callado habla, por ejemplo, del soberano fracaso en dotar a la gente de trabajos dignos y bien remunerados, de proyectos de vida que alejen la idea de que la retaliación soluciona algún conflicto. No hablar para tampoco hacer muestra que en lo íntimo del Estado la violencia no es molesta, no es considerada como materia a tomar en cuenta. El silencio denuncia que romperle la cabeza al otro es visto como forma legítima de resolución de diferencias; y que la rabia encuentre el camino fácil de la aniquilación no parece algo tan malo.

Siniestrar la violencia, convertirla en algo extraño, describirla inequívocamente como un problema y un indicador de un malestar implicaría hacer lo mismo con el lenguaje marcial o con consignas que conjugan las ideas de patria y muerte.

Desterrar el crimen, el asesinato, como proceso de cambio, pasa por tomar una posición activa frente a ello, que comienza por asumir que el problema existe. Nombrarlo no lo acrecienta, y claro que se necesita más que gestos declarativos para ello.

Yo ansío que tengamos la valentía de nombrar los problemas para acometer las soluciones. Ansío que nos demostremos que somos capaces de poner término a estas masacres y que los lunes se conviertan en algo distinto a las estadísticas del horror.


 





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