Indefinida, continua, eterna...

Por Venezuela Real - 22 de Julio, 2007, 16:07, Categoría: Oposición/Resistencia

SIMÓN ALBERTO CONSALVI
El Nacional
22 de julio de 2007

N o habrá mejor día en el curso de este singular 2007 para que el Presidente de la República y jefe supremo del régimen bolivariano someta a referéndum la Constitución, que entre gallos y media noche hará aprobar por la Asamblea Nacional, como el 15 de diciembre. No habrá en el calendario un día más propicio, ni más simbólico, ni más merecedor que ese. ¿Por qué? La respuesta es simple: por razones de consecuencia política. Porque entonces se cumplirán los 50 años del último intento de Marcos Pérez Jiménez, dictador embozado, de eternizarse en el poder.

Ese día se consumó el tercer golpe de Estado del general, 1948, 1952, 1957. Consideraba que, bajo ninguna circunstancia, Venezuela podría ser gobernada por los partidos políticos y, por consiguiente, y contra lo pautado por la Constitución, él tenía que permanecer en el poder.

De los partidos (ilegalizados y perseguidos), el general dijo: "Llevarlos al poder equivaldría a que la conducción del país quedara a cargo de los menos capaces, y tendríamos la pa radoja de que instituciones vitales para la nación estuvieran subordinadas a agrupaciones de inep tos cuya desaparición no perjudica, sino favorece los intereses nacionales". El dictador se consideraba a sí mismo el gran árbitro. El omnipotente, el infalible, el único con la sapiencia necesaria para dirigir el país. De ahí que, no habiendo nadie más en Venezuela con sus condiciones excepcionales, el destino lo llamaba a quedarse en la Presidencia contra viento y marea.

Qué importaba que la Constitución estableciera que debía elegirse un presidente mediante votación universal, directa y secreta. Los consejeros del general le presentaron la fórmula en bandeja de plata. Inventaron el plebiscito. Pérez Jiménez lo presentó al Congreso con estas palabras: "Queremos que el mayor número de los habitantes del país pueda manifestar libremente lo que pien sa de su Gobierno y, al efecto, se propone la realización de un plebiscito, mediante el cual se de terminaría si se está de acuerdo con las ejecutorias del régimen y, por consiguiente, si se considera que la persona que ha ejercido la Presidencia de la República en este período debe ser reelegida". Santa palabra. Todos y cada uno de los senadores y diputados votaron por unanimidad por aquella fórmula que violaba la Constitución, la cual no contemplaba ni plebiscito ni reelección inmediata. Entre la tontería y la demencia, PJ no requería grandes argumentos para que el Congreso diera rango legal a la marrullera fórmula sacada del sombrero del ministro Vallenilla Lanz.

El 15 de diciembre se celebró el plebiscito, con Pérez Jiménez como candidato único, y la derrota del dictador fue tan gigantesca que no hubo manera de ocultarla. Los arrogantes senadores y diputados desaparecieron de la escena. Los generales dejaron solo al general.

Los estudiantes de la Universidad Central se convirtieron en la vanguardia de la protesta.

Entonces comenzó el derrumbe de la dictadura. Con el rabo entre las piernas, los más virulentos y agresivos prohombres del régimen comenzaron a liar sus bártulos. En medio de la tempestad, el dictador abandonó el país presa de pánico.

El grito de libertad resonó a lo largo y ancho del mapa venezolano. Salieron los presos de las cárceles, regresaron los miles de desterrados.

Así terminan los regímenes que pretenden eternizarse en el poder. Así está escrito. Así lo comprueba la historia. Ahora se nos promete una Constitución que consagrará la reelección indefinida del Presidente de la República. "No será indefinida, sino continua". Los politólogos deben haber registrado la gran innovación. Los caudillos del siglo XIX tuvieron esa misma obcecación. No se consideraban a sí mismos fuera del poder.

Se sentían predestinados, enviados de Dios. Igual sucedió con los dictadores del siglo XX.

De estos, sólo Gómez gobernó hasta su muerte, en un país rural. Las constituciones han establecido unas normas. La realidad (o el azar) ha dictado otras. De ahí que la reelección indefinida, continua, vitalicia, perenne, eterna, inmortal, perdurable, inmarcesible, apenas expresa una ambición personal. Tratándose de otro episodio en los anales de la obsesión política, ningún día más indicado para que "el pueblo" vote por el referéndum que el 15 de diciembre de este singular 2007. Nada más antidemocrático que el control absolutista del poder. Nada más ilegítimo.

Nada más anacrónico. Nada más perezjimenista.





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