Una nación uniformada

Por Venezuela Real - 22 de Julio, 2007, 16:10, Categoría: Militarización/Militarismo

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
22 de julio de 2007

Desde febrero de 1992, cuando la logia de tenientes coroneles conjurados en Güere intentó el día 4 imponer un gobierno por vía de las armas, hasta el presente, cuando los militares saludan inconstitucionalmente y sin pudor alguno gritando ¡Patria, socialismo o muerte!, la nación venezolana ha ido vendiendo en cómodas cuotas su alma al demonio del militarismo.

El esfuerzo que desde 1958 habían hecho las diversas fuerzas políticas democráticas actuantes en el país para devolver a las Fuerzas Armadas a su lugar de institución subordinada a los gobiernos civiles, comenzó a perderse desde ese día de febrero cuando las tanquetas y las metrallas que atacaron La Carlota y Miraflores resquebrajaron el muro de contención que había impedido por años el regreso de los uniformados al ejercicio directo del poder político, esa tara que nos acompaña prácticamente desde nuestra constitución en república independiente.

Es verdad que el golpe de 1992 fracasó y que Chávez y el proyecto bolivariano llegaron al poder seis años después por vía electoral. Pero también lo es que el origen golpista y militar del proceso nunca fue cuestionado, sometido a revisión, mirado como un posible error juvenil o un acto de impaciencia que luego sería corregido y "lavado" con la incursión en la vía democrática. Todo lo contrario, la intentona de 1992 ha sido convertida en una fiesta patria, en un acto heroico y auténtico punto de quiebre y nacimiento del proceso revolucionario. Y la caracterización del proyecto político como cívico-militar ha naturalizado al máximo la aberración militarista, una aberración por demás oficiada con el acuerdo pleno, al menos en apariencia, de numerosos dirigentes civiles que guardan una relación de incondicionalidad con el proyecto a pesar de venir una tradición intachablemente civilista.

Ahora la lesión ya está hecha.

El militarismo se expresa no solamente en el hecho de que es una camarilla de militares retirados y activos –no el Consejo de Ministros, el partido único o la Asamblea Nacional– la que en última instancia toma las grandes decisiones del país.

Tampoco de manera exclusiva en el número de gobernadores, ocho en total, provenientes de las filas militares, o en el hecho de que con la excepción de Luis Miquilena, todos los ministros de Relaciones Interiores han sido militares retirados, como militares han sido también –ya como titulares ya como contralores– quienes gobiernan los ministerios de importancia estratégica.

Donde se percibe de manera más nítida, y a la vez patética, hegemonía castrense es en la aplicación a la vida civil de la lógica y los principios jerárquicos, fiel obediencia, uniformización y no debate propios de la vida militar; en el sueño confeso del Presidente de lograr que todos los venezolanos "tengan un fusil y suficientes municiones para defender la patria"; en el esfuerzo por dar entrenamiento militar a civiles y en crear una fuerza de reserva paralela al ejército profesional; en el hábito ya instaurado de uniformar de rojo a los seguidores no sólo en los actos de masas, también en las oficinas de los ministerios, y en la tendencia a hacerlos marchar, aplaudir y gritar consignas de obediencia propias de las tropas militares; en la desbocada retórica guerrerista que justifica una carrera armamentista resumida en el hecho de que por cada bolívar que el gobierno gasta en seguridad pública se inviertan ochenta en la compra de armas de guerra; en la utilización de metáforas del tipo "rodilla en tierra", "lanceros", y la conversión de las campañas electorales en "batallas" y la organización de la maquinaria electoral en "escuadrones", "tropas", y "patrullas" que convierten la política en una fórmula de guerra.

Una parte del país resiste. Es verdad. Pero el aparato y la lógica militarista crecen día a día.

Es necesario hacerlos evidente.

Mostrarlos. Denunciarlos con persistencia democrática. No permitir que se naturalice como un hecho cumplido pues la politización de la Fuerza Armada niega la posibilidad de pluralismo, convivencia pacífica y respeto a la disidencia.

Es lo que nos queda claro luego de presenciar el documental ¿Venezuela se uniforma?, que este fin de semana ha puesto a circular la organización Ciudadanía Activa y que junto a La lista. Un pueblo bajo sospecha -sobre el apartheid político liderado por diputado Tascón- y "El único soy Yo" –sobre el culto a la personalidad de Hugo Chávezconforman un valioso alegato audiovisual contra el proyecto político bolivariano que, junto al fujimorismo, inauguran la forma mutante del autoritarismo en el siglo XXI.








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