Algo ¿del pasado?

Por Venezuela Real - 23 de Julio, 2007, 22:14, Categoría: Cultura e Ideas

ILDEMARO TORRES
El Nacional
23 de julio de 2007

Hace bien recordar ciertos detalles de la historia contemporánea, como los brindados por Robert J. O’Neill en su tesis de Ph.D. de la Universidad de Oxford, y parte de la cual está recogida en el libro The German Army and the Nazi Party 193339 publicado en Londres en 1966 (Cassell and Company Ltd.), producto de su investigación acerca de cómo logró Hitler tan marcada ascendencia sobre el Ejército alemán y sus comandos, cómo los altos oficiales se convirtieron en subalternos suyos y simples herramientas de sus propósitos, cómo aquel cabo de bohemia fue capaz de influenciar ese ejército altamente profesional y no político, y cómo sin trabas de ningún código de honor lo adoctrinó y transformó en una maquinaria de guerra.

Al comienzo los oficiales pasaron por el dilema de sentirse estimulados por los planteamientos del Führer, que prometían devolverle las glorias a las Fuerzas Armadas, y horrorizados ante las atrocidades que ya entonces cometía la S.A. o ejército privado del Partido Nazi, en el uso de fuerza coercitiva contra los opositores; pero muchos de ellos se le unieron sumisos no sólo por identificación con él en el delirio, sino por el terror que les producían la S. A. y la S. S., y asumieron su papel genocida.

En este continente y salvando la distancia geográfica y de tiempo, otros factores se suman al cultivo de perversiones; así el antecedente de Pinochet, quien al asaltar el poder destituyó a todos los oficiales que sabía afectos a la Constitución, y nombró, desestimando méritos y antigüedades, una corte de neogenerales devenidos en cómplices de sus crímenes, un ejemplo con seguidores en otros países latinoamericanos; asimismo algún Presidente, en uso de los cuantiosos ingresos económicos nacionales, fomenta la corrupción militar con la designación de oficiales en cargos clave y la entrega de enormes presupuestos que serán administrados por ellos sin control alguno.

En el caso del presidente Chávez, su reiteración de frases como envainar o sacar la espada o cambiarla de mano, aparte de ser una ridiculez no hace sino confirmar su acento cuartelero y qué entiende por gobernar. Cabe preguntarle entonces ¿por qué se molesta si le decimos teniente coronel? No podemos elevarlo de rango, porque no estamos facultados para conceder ascensos castrenses y porque hasta allí fue que él llegó en su carrera militar, sin haberse destacado con algún logro positivo o alguna acción meritoria, sino dando comienzo a su figuración pública como un golpista fracasado en el intento de derrocar un gobierno democrático. Sabemos que se siente muy bien cuando oficiales de alta jerarquía se le cuadran, y que lo contenta que le digamos Comandante, porque aunque en su hoja no figura ningún hecho de genuino carácter revolucionario, el ser llamado así lo hace sentirse parecido a Fidel, al menos en eso.

Este hombre convencido de que tiene visión y formación de estadista internacional, en nada y para nada es envidiable; porque él sabe que en su caso el poder no emana de ascendencia alguna, sino que se apoya en lealtades compradas poco confiables; porque pretende hacer por decreto la revolución que no supo o no pudo o no se atrevió a hacer combatiendo; y porque un supuesto liderazgo revolucionario erigido a partir de una circunstancia fortuita y sobre una disponibilidad casual de abundante dinero, es opaco, y hasta vergonzoso si se piensa en términos de historia. De todos modos no dejan de preocupar las revelaciones de O’Neill y las perceptibles semejanzas en la Venezuela actual.





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