La raya de Teresa Carreño

Por Venezuela Real - 28 de Julio, 2007, 15:20, Categoría: Cultura e Ideas

Angel Rivero
WebArticulista.net
28 de julio de 2007

Durante la Edad Media, las bellas artes eran consideradas bendiciones que aseguraban el futuro a los creadores, si una corte o señor feudal se convertía en sus mecenas. Devenidos cortesanos, los ungidos olvidaban la vida miserable de los siervos, una vez resuelto sus problemas.

La Edad Media se hundió en la historia, pero la costumbre de recibir regalitos pervive en el tiempo y algunos talentos sucumben a este soborno, tan del gusto de los tiranos. Lenidad a la que no escapa nuestro medio cultural donde su historia oculta señala que a muchos artistas los sátrapas les mojaban las manos por una jaladita a tiempo -entre ellos- a Teresa Carreño. 

En su tiempo, Guzmán alardeaba de su impunidad para comprar talentos. Sin embargo, Cristóbal Rojas, pensionado por el gobierno de Crespo, no aceptó ese soborno cuando se topó con Guzmán en París: “el vanidoso ex presidente le dijo que cómo era posible que estudiara pintura en París, cuando todo el mundo sabía que el lugar indicado para estudiar ese arte era Italia”, J. A. Calcaño en: La ciudad y su música”. Reproche que Rojas no aceptó y le aclaró que Italia no tenía las novedades desarrolladas en París. La dignidad de Rojas molestó a Guzmán y exigió a Crespo la suspensión de su beca porque no aceptaba que un pintor supiera más de pintura que él.

En la Aclamación de 1887, la vida en el país seguía tan precaria como en la Edad Media. Teresa estaba en Caracas y ya era famosa, pero sucumbió a las zalemas y compuso un Himno a Guzmán Blanco, que cantó Giovanni Tagliapetra, su esposo. El sátrapa se entusiasmó con el templón de cuerdas y sacó del erario público 100 mil bolívares -cifra fabulosa en un país en ruinas- que confió a la pianista para formar una compañía de ópera. Un proyecto delirante que terminó en fracaso, por la mediocridad de los músicos que contrató la artista. El gobierno compró en 20 mil bolívares los bienes de la compañía, se quedó con el piano fabricado para Teresa y del resto del dinero del proyecto más nada se supo.

Cristóbal Rojas pasó a la posteridad sin mácula mientras que a Teresa, el tiempo castigó sus zalemas y la obligó a contemplar, el teatro erigido en su honor, convertido en un gallinero donde el talento y la ignorancia se acuestan por 30 monedas de plata.







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