Regla de tres sin Marx

Por Venezuela Real - 25 de Agosto, 2007, 11:56, Categoría: Política Nacional

RAMÓN HERNÁNDEZ
El Nacional
25 de agosto de 2007

La arrogancia y prepotencia que derrocha Willian Lara desde su kindergarten ministerial, con maltrabadas lecciones en las que confunde la "simiología" con la semiótica, no se derivan de su natural repulsa a la lectura y de sus afanes de coleccionista de figuras de porcelana en grado de frustración socialista, sino que son la consecuencia directa de saber que lo dejaron colgado de la brocha.

En momentos más cruentos de la imposición del socialismo, especialmente cuando se pagaba con la vida el "diversionismo ideológico", que ochenta años después y derrumbado el muro de Berlín todavía los cubanos castigan, Lara tendría redactada su confesión, pero igualmente no se salvaría de las torturas de rigor ni del paredón. En la actual rochelita revolucionaria, la viveza puede garantizarle la supervivencia política hasta cierto punto, pero no indefinidamente. La prontitud con que disolvió el MVR, la única organización política que le permitía al oficialismo, aunque anémicamente, la discusión interna y la posibilidad de deliberar sobre las órdenes de Miraflores, revelan su rastrera obediencia, pero también su categoría de prescindible: decir sí a todo no implica virtud alguna.

Siendo la democracia participativa y protagónica una etiqueta sin sustancia ni presencia real, un chorizo vacío y sin forro, Lara –que no ha hojeado los textos clásicos del marxismo y que confunde a George Plejanov con Katherine Anne Porter y a Leszek Kolakowski con Alexander Lukashenko– pretende venderse como sabiondo desde su bien pronunciadita y supina vaciedad. Desangelado y vacío de humor, confunde la ecuación con la materia y juzga por su propia condición cuando justifica su apresuramiento con el "Sí", su perpetua posición adelantada, su ventajismo. Evítese las explicaciones y diga de una vez que le han dado licencia, por ahora, para hacer lo que le da la gana.

Habiendo fracasado el experimento soviético, y siendo el estropicio castrista una farsa sostenida a duras penas por un aparato propagandístico que ya da muestras de agotamiento, los tiranosaurios bolivarianos insisten en institucionalizar –y armonizar– la solidaridad, el amor, la ética y la verdad, cuando se trata, como lo aprendió Marx de Hegel, de una permanente lucha de contrarios para mantener en conflicto, vivos, los valores que son la sal de la humanidad.

Con el terror comunista, Stalin creó una ficción de justicia social sobre un cementerio de más de 40 millones de personas; en la tierra de las ocho estrellas no sabemos qué nos depara el futuro, además de adoctrinamiento y sectarismo salvaje.

Ojalá que la orden, la función del Estado, no sea hacernos felices, sería la peor de las dictaduras. Vendo purgante contra indigestión ideológica.









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