Aquí todo el mundo está armado

Por Venezuela Real - 2 de Septiembre, 2007, 17:08, Categoría: Seguridad/Inseguridad

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02 de septiembre de 2007

La semana pasada una madre pedía desconsolada al presidente Chávez que detuviera los asesinatos. Le pedía que recogiera las armas: "Chávez, por favor, recoge las armas, aquí todo el mundo está armado". Al día siguiente reseñaba la prensa cómo miembros de una banda (Los Picachú) abrían fuego contra los asistentes a un velorio en Petare, matando a tres e hiriendo a cinco. ¿En qué clase de sociedad nos estamos convirtiendo? Ante tanta violencia, intolerancia y falta de respeto entre los venezolanos, ya suena como una hipocresía la supuesta cordialidad, solidaridad y alegría con la que solemos autocalificarnos. Por el contrario, las crónicas policiales de todos los días nos dejan en claro que cada vez es más falsa la autocomplaciente imagen que tenemos de nosotros mismos, para vernos reflejados en actos bochornosos, cuando no inhumamos, de secuestros, ajusticiamientos, asesinato de inocentes, balas perdidas y muchos otros que podríamos mencionar. ¿Cómo detenemos esto? Hace ya más de 15 años el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales (Iies) de la Ucab realizó una investigación sobre la violencia en Venezuela en el marco de la realidad andina. Publicada en su momento por Monte Ávila y bajo el título La violencia en Venezuela. Cinco monografías para su estudio, allí se señalaba que el factor fundamental que estaba potenciando la violencia delincuencial era la falta o pérdida progresiva de institucionalidad, por un lado, y por otro, el carácter ritual de la violencia, es decir, su fuerte asociación con el poder, el status y el prestigio social.

Conforme el problema se ha acentuado, otros centros e investigadores del país han estudiado el tema llegando a conclusiones similares unas y complementarias otras.

El Laboratorio de Investigaciones Sociales de la UCV y recientemente la Comisión Presidencial que se dedicó por meses a consultar y proponer políticas de seguridad son piezas imprescindibles para encontrar las soluciones que necesitamos. Entonces, si sabemos las causas y las posibles soluciones, ¿por qué no se actúa? Ensayemos algunas respuestas a las preguntas que hasta aquí nos hemos hecho.

¿En qué nos estamos convirtiendo? Que hoy seamos una sociedad más violenta de lo que éramos ayer no se relaciona con ningún factor que no podamos cambiar ni tampoco se debe a la conciencia individual de ninguno de nosotros en particular. Somos una sociedad violenta porque la valoración que tenemos del poder, el status y la apariencia, que es común entre nosotros independientemente del estrato social de pertenencia, no tiene cauces ni límites institucionales.

Si tuviésemos una sociedad donde el trabajo y el estudio fueran las únicas vías para el ascenso social, y si los sistemas de premios y castigos de todas las instituciones estuvieran asociados a lo que las personas hacen a favor del logro de los objetivos de las instituciones y no a los criterios circunstanciales de los jefes de turno, entonces nuestras apetencias naturalmente humanas serían para la construcción y no para la destrucción.

¿Cómo detener tanta muerte? De las muchas causas que hay que atender, es evidente que hay unos factores que inciden más que otros. Nos centraremos en dos; a saber, el armamentismo y la inserción de los jóvenes en la sociedad.

El problema tiene que ver con la inmensa cantidad de armas ilegales que existen en el país. La proliferación de éstas permite que un carricito de 15 años asesine con adolescente crueldad. Toda arma ilegal alguna vez fue legal; por ello el desarme de la población comienza restringiendo al mínimo, cuando no prohibiéndolo, el porte de armas y se acabó.

Obviamente el desarme de la población requiere un ordenamiento de los órganos represivos del Estado, de allí que en este tema la iniciativa y la principal acción para lograr la supresión de las armas depende del Estado y de que haga valer su monopolio de la violencia. No para ejercerla, sino para evitar que los privados la ejerzan.

En segundo lugar necesitamos crear mecanismos de inserción social de los jóvenes.

Como hemos dicho muchas veces en esta columna, nuestros jóvenes estudian hasta repetir el séptimo grado. Si no detenemos la deserción escolar, que está inexorablemente creciendo, los candidatos a víctimas o victimarios de la delincuencia seguirán creciendo. Sólo a modo de ejemplo, en la próxima crónica policial que lea, fíjese en las edades de los involucrados y verá que la deserción escolar es la principal causa social de la violencia.

¿Por qué no se actúa? Esta es la pregunta donde menos certezas tengo, pero me temo que es el eslabón que falta, dado que sabemos suficientemente las causas de la violencia en Venezuela como para no hacer nada. Una mezcla de ideas preconcebidas incorrectas o falsas, junto a un ambiente sociopolítico claramente hostil, hace que el Estado no termine de actuar y comience a solucionar el problema.

Es probable que el gobierno crea que la violencia actual se relaciona con algún proceso de transición sociopolítica. Incluso es probable que le confiera una causalidad sobredimensionada a la conciencia de la población y desvalorice el papel que tienen la institucionalidad, las reglas claras y estables y el respeto que debe transmitir la autoridad en todos sus actos para que sea creíble. Por último, puede que el gobierno sostenga la, a todas luces inconveniente, necesidad de mantener al pueblo armado para la autodefensa de alguna fantasiosa amenaza.

Si eso es así, el problema no es que no se está actuando, como la gran mayoría de los venezolanos cree, sino lo que es peor: sí se está actuando, pero no para pacificar el país sino para volverlo más violento. De ser así, elevemos nuestras oraciones.






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