Ideologías tristes

Por Venezuela Real - 9 de Septiembre, 2007, 14:10, Categoría: Cultura e Ideas

TULIO HERNÁNDEZ
El Nacional
09 de septiembre de 2007

Es una lástima que el chavismo haya retornado a la utilización de la violencia física como sustituto, del debate civilizado. Es lo que presenciamos en vivo, gracias a la señal televisiva de un canal oficial, el martes cuando Christian Chirinos, dirigente de Un Nuevo Tiempo y Carlos Ocariz, de Primero Justicia, fueron sacados a empujones de la sala en donde pedían un derecho de palabra para participar en un debate sobre la reforma constitucional, convocado por el PSUV.

La acción, emprendida por rojos militantes exaltados con el apoyo de la policía municipal y la venia del alcalde de Sucre, Rangel el hijo, es la prueba de que el grupo en el poder no logra erradicar la violencia sectaria como una de sus prácticas privilegiadas.

Hacía ya unos cuantos meses que no nos enterábamos de la acción de un grupo de camisas rojas disparando, apedreando, abofeteando, empujando o pateando a algún opositor, tal y como fue práctica cotidiana desde 1999 cuando se ensañaban casi a diario contra los diputados opositores del extinto Congreso Nacional.

Pero la paz no duró mucho. La excitación que abruma al Presidente de la República y a su equipo, luego de que la maleta de Antonini les obligó a adelantar la presentación del nuevo proyecto de Constitución, ha vuelto a caldear los ánimos retrotrayéndonos a una de las más deplorables maneras de conducir la lucha política, el agavillamiento. Lo que pudo haberse resuelto sólo con concederles a los solicitantes el derecho de palabra por un tiempo limitado y en el orden que el moderador lo considerara fue, en cambio, convertido en espectáculo mediático de violencia sectaria gracias al fanatismo con el que la sala entera, el alcalde del municipio Sucre y el defensor (¿o enemigo?) del pueblo condujeron la situación.

La arrogancia pudo más que la democracia.

La imagen final de ese día es aleccionadora y puede ser leída como una ilustrativa parábola de lo que puede venir. O los sectores democráticos del país se la juegan todas, salen de la pasividad y la resignación amarga y le entran de lleno a la imaginación política para crear un inmenso muro de contención al proyecto Chávez, o las barras de camisas rojas poco a poco nos irán sacando a empellones ya no de la sala Cadafe, sino de todo espacio asociado al Gobierno y al Estado e incluso del propio país.

Porque lo que se está gestando en esta nueva arremetida no es un juego. Ni un desplante más.

Es la consolidación de lo que hemos venido denominando como el totalitarismo del siglo XXI que se ejerce ya no a través de dictaduras militares, sino de golpes de Estado de salón.

Cual frankesteins posmodernos, en el seno del grupo en el poder comienzan a brotar o a consolidarse ideologías profundamente reaccionarias. Ideologías tristes que crecen y se consolidan ante la mirada pasiva de gente que suponíamos demócratas de izquierda. Crece el militarismo que, como en las dictaduras de ultraderecha, encuentra en el proyecto de reforma la justificación del uso de la Fuerza Armada en tareas de conservación del orden interno.

Crece el personalismo y el presidencialismo con el cheque en blanco que se le firma a Chávez en asunto de continuismo y facultades constituyentes que ya no serán del pueblo sino suyas.

Crece el gobierno a dedo con artículos como el 136 en el que se establece que el poder popular "no nace del sufragio", sino de otras formas de democracia directa que nadie aún sabe con exactitud cómo operan.

Y, reforma aparte, aparecen brotes de chovinismo y xenofobia –dos ingredientes de los más reaccionarios cultivados por la ultraderecha europea– del que periódicamente hacen gala importantes voceros de la revolución, como Iris Valera cuando pidió que se expulsaran del país a periodistas opositores que no nacieron en Venezuela; el Presidente de la República cuando anuncia que se expulsará a los extranjeros que vengan a Venezuela a hablar mal del gobierno (Ramonet, Harnecker y Dietrich sí se pueden quedar, porque hablan bien); o Vladrimir Acosta, uno de los intelectuales de mayor nivel entre los que escriben en Aporrea, quien recientemente denunciaba en el portal oficial que la mayor parte de los dueños de la pequeña y mediana empresa son extranjeros "blancos y por lo general europeos", mientras que los trabajadores " son venezolanos blancos y morenos". ¿Terminaremos expulsando a los portugueses, españoles, italianos, libaneses, sirios, que en su mayoría vinieron huyendo de regímenes de la misma inspiración del que ahora comienza a hacer piruetas intelectuales para iniciar su persecución? Cuidado con las ideologías tristes.






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