EL FUTURO QUE NOS ESPERA

Por Venezuela Real - 14 de Septiembre, 2007, 18:18, Categoría: Política Nacional

Antonio Sánchez García
14 de septiembre de 2007

“Todo tiene su tiempo: de amontonar las piedras o de lanzarlas…de dar calor a la revolución o de ignorarla, de avanzar dialécticamente uniendo lo que deba unirse entre las clases en pugna o propiciando el enfrentamiento entre las mismas, según las tesis de Iván Ilich Ulianov.”

Hugo Chávez a Carlos el Chacal, 3 de marzo de 1999.

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Comparto la opinión de Rafael Poleo, para quien el presidente Hugo Chávez es el político de mayor fuste en el patio. Lo cual, seamos objetivos, no supone un juicio de valor. Sólo le agregaría para completar el diagnóstico - sin pretender quitarle ni desmerecerle sus atributos mediáticos y sus dotes histriónicas, tan necesarias en tiempos en que la política se rebaja a espectáculo -, la vieja sabiduría popular: en el país de los ciegos el tuerto es rey. Tanto más rey, si dispuesto a alcanzar con su único ojo tanto como lo requiera su ambición y sus enemigos se lo permitan. Como es el caso. Nada mejor para nuestro cíclope sabanero que la torpe ceguera de quienes pretenden hacerle el pulso. No caerá por la acción opositora, sino empujado por sus propios extravíos. Y parece extraviado. Signo del apuro y la desesperación con que pretende imponerle su agenda a un país paralizado por el temor al futuro y el horror ante la crisis – la existente y las que se avecinan. De toda suerte y condición: económica y financiera, en primer lugar. Pero también social, política y militar. Tiempos de pronóstico reservado.

La urgencia parece dictar el ritmo del presente ante los ciegos acontecimientos que se avecinan. El presidente, ducho en el arte de acelerar o retardar su proceso, en empujar con todas sus fuerzas o esperar pacientemente por el momento más apropiado – siempre con un proyecto de largo plazo, tan ajeno a sus opositores y a la voluntad nacional – parece haberse decidido por el atajo. Vuelve a la desesperación de juventud, que lo llevara a levantarse contra el poder establecido y protagonizar un fracasado golpe de estado, creyéndolo el mejor y más directo camino hacia el cumplimiento de sus ambiciones. Para terminar dando un rodeo de seis años: exactamente como Fidel Castro. Cuarenta años atrás. Y casi tantos como Hitler, setenta años antes. La historia se repite. Y los protagonistas, así calcen botas de siete leguas, como el sargento austriaco, o alpargatas, como nuestro teniente coronel, tienen no pocos genes en común.

Basta un elemental balance de la historia política de la república desde el 4 de febrero para comprender la tremenda habilidad con que Hugo Chávez ha sabido – consciente o inconscientemente – manejar su sentido de las oportunidades y pisar el freno o el acelerador de su protagonismo. Ese mismo balance demuestra que es él quien ha llevado las riendas de este desastre. La oposición político partidista  ha demostrado una total incapacidad para comprender el signo de los tiempos y adecuar sus relojes a un país adecuado a los tiempos de la modernidad y la globalización. Se dejó atropellar por la regresión y la barbarie. Estamos a punto de comenzar a pagar el precio.

Hoy, cuando Chávez fuerza la barra y nos empuja al golpe constitucional, vuelve la oposición que lo sustenta a demostrar su carencia de sentido histórico. Él piensa en grande – así el resultado sea catastrófico. Estos muy en chiquito, buscando dónde guarecerse ante el tsunami. Las desgracias, bien dice la sabiduría popular, nunca vienen solas.

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¿Por qué se apuró tanto en convocar la constituyente “originaria” inmediatamente después de ser electo en 1998 y retardó hasta el límite de lo imposible el cumplimiento de los lapsos constitucionales para permitir el Referéndum Revocatorio, convertido mediante malas artes en plebiscito? Porque le convenía a sus intereses. ¿Por qué la oposición no se opuso al apuro o la tardanza? Porque no comprendía sus intereses. Chávez ha usado el manejo del tiempo a su favor. Es quien toca el tambor: la oposición ha bailado a su ritmo.

Lo explicó con meridiana claridad para quien quisiera entenderlo en la estrafalaria carta que le escribiera a Carlos el chacal apenas se hiciera con el gobierno – siempre pensado como plataforma circunstancial para dominar el Poder total: “Todo tiene su tiempo: de amontonar las piedras o de lanzarlas…de dar calor a la revolución o de ignorarla, de avanzar dialécticamente uniendo lo que deba unirse entre las clases en pugna o propiciando el enfrentamiento entre las mismas, según las tesis de Iván Ilich Ulianov.”  Se lo volvió a explicar con revolucionaria paciencia al periodista chileno Manuel Cabieses, a quien de paso le dio una lección de política. El hombre sabe estrujar sus posibilidades y sacarle el tiempo al tiempo. Mientras empantana a sus opositores.

Hoy comprende que el tiempo de la historia real corre en su contra, que cada día que pasa se estrechan sus posibilidades, que la insólita acumulación de errores y el manejo absolutamente irresponsable y dispendioso de los recursos puede conducirlo al abismo. Que el maná que ha permitido y financiado sus desvaríos, gracias a cuyos recursos le ha roto el espinazo a las fuerzas armadas, ha comprado anuencias entre sus pares, ha satisfechos las ansias de sus mesnadas y anestesiado a los sectores sociales que se le oponen ha entrado en una grave crisis y pronto puede alcanzar el colapso. He allí la crisis ad portas: PDVSA – la única fuente de recursos y palanca esencial de la revolución – está al borde de la extenuación. Y las tensiones acumuladas en el aparato económico nacional amenazan con desatarse, generando un escenario muy semejante al del viernes negro o al que recibiera a Rafael Caldera. Con el agravante de un país partido en dos, enguerrillado y pronto a desbarrancarse por la ingobernabilidad.

Un cuadro dantesco. Y quien mejor lo conoce, pues es quien lo ha dibujado, es él mismo. Ante el cual cabe, como siempre ante las crisis terminales, dos grandes alternativas: ser su víctima propiciatoria y quemarse en el fuego desatado o utilizarla para terminar de lograr el máximo propósito. El poder total. De allí el apuro: montar un parapeto legal para tiempos extremos y poder tomar la sartén por el mango enmascarado en una seudo legalidad. Suficientemente maquillada como para atemperar las eventuales protestas internacionales. Que para las nacionales, ya comienza a bastar con las milicias y los acomodos en los mandos de las fuerzas armadas. Y, last but not least, con la contribución de una oposición timorata, ciega, pusilánime y desconcertada.

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La peligrosa proximidad al epicentro de la crisis definitoria ha acarreado, como no podía ser menos y de acuerdo al clásico guión de los procesos revolucionarios, un terremoto en las filas del propio chavismo: los sectores democráticos que reconocen el liderazgo de Hugo Chávez pero temen el salto al vacío de una dictadura abierta y total se ven enfrentados al sector duro, castrista, totalitario. Que empuja de manera inmisericorde hacia el golpe de estado y el establecimiento simple y puro de una dictadura castrista. Con la liquidación inmediata de los derechos democráticos fundamentales: propiedad privada, elecciones, educación libre, derechos ciudadanos. Lo que según Chávez no estaba a la orden del día en noviembre del 2004, cuando fijara su bitácora para estos tiempos, ya golpea a las puertas: la dictadura del partido único en manos del comandante.

En 2005 un ex comandante guerrillero de triste recordación como jefe militar pero fiel hasta el tuétano al guevarismo más inclemente – hoy en tareas de adiestramiento miliciano – confesaba que Chávez tenía los días contados. No era el hombre para esta circunstancia. ¿Pensará lo mismo al día de hoy, cuando el líder avanza hacia la imposición del marco “legal” que le permitirá terminar por asfixiar las libertades públicas y entronizarse como el segundo Fidel Castro de América Latina?

Estará deshojando la margarita. Como clásico caudillo populista – Perón, mucho más que Fidel Castro, es su arquetipo – tiende al bonapartismo: situarse por sobre las parcialidades y jugar con ellas hasta obtener un equilibrio en su propio y personal beneficio. Mirará asimismo hacia el componente militar, una incógnita siempre presente para quien sepa que como bien decía Luis Herrera Campins que los militares son leales hasta que dejan de serlo. Y observará por el retrovisor  la merienda de negros en que ha desembocado la oposición partidista, a la que sin duda podría aplastar sin ninguna conmiseración. Nada más fácil que derrotar al enemigo cuando está dividido por su propia dinámica.

Lo que debe complicarle el panorama no es la oposición partidista: es el país real. Un país que así tenga grandes sectores que le reconocen su liderazgo no parece dispuesto a pasar por las horcas caudinas del castrofascismo. No acepta perder los derechos ciudadanos y, así sea pobre de solemnidad, espera con ansiedad por la oportunidad de poseer algo y convertirse en propietario. Una cosa es respaldar el proceso a cambio de becas y misiones, y otra muy distinta hacerlo por imposición dictatorial y a cambio de un paraíso ilusorio. El pueblo chavista es venezolano:  apuesta al “cuánto hay pa’eso”, no al socialismo del siglo XXI. A la libertad, no a la represión totalitaria. A la democracia, no a la dictadura. Quiere verle el queso a la tostada. No conformarse con mendrugos. Y lo cierto es que en las actuales circunstancias y con una PDVSA al borde del colapso el queso comienza a esfumarse. Pronto, mucho más pronto de lo que nos imaginamos, faltarán incluso las tostadas. Y volveremos al eterno ritornelo del rechazo al mandatario y su régimen, al odio y la venganza. La historia volverá a repetirse.

¿Qué harán entre tanto los estudiantes? ¿Cómo se manifestarán ante la circunstancia los sectores juveniles, que piensan el futuro y sólo ven nubarrones? El 21 de noviembre de 1957 se desató la gran huelga nacional del estudiantado venezolano. A pesar de lo cual, el 2 de diciembre de ese mismo año, Pérez Jiménez arrasó en su plebiscito. Para terminar tomando las de Villadiego un mes después, acorralado por una rebelión cívico-militar.

¿Será el futuro que nos espera?



 





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