¿Vocación o interés?

Por Venezuela Real - 21 de Septiembre, 2007, 15:02, Categoría: Cultura e Ideas

ÁLVARO G. REQUENA
El Nacional
21 de septiembre de 2007

Fantasear acerca de qué haremos cuando adultos es uno de los pensamientos más estimulantes que tenemos cuando niños. Hay quienes, seguros de su futuro, se saben ya futbolistas, médicos, coleadores, presidentes de Venezuela, pilotos, beisbolistas, jueces, maestros, sacerdotes, militares, diputados, alcaldes, bomberos, policías, ingenieros. Los familiares estimulamos esa escogencia con nuestro ejemplo, por eso hay varios abogados en una familia y médicos en otra. La sociedad y los cambios culturales inciden en las vocaciones y así encontramos en años diversos oleadas de sacerdotes, beisbolistas, militares, cantantes.

A medida que el niño avanza en edad se entera de otros aspectos de las posibles actividades que podrá desarrollar en el futuro. Los que querían ser bomberos se dan cuentan de que se pueden quemar; los que pensaban ser policías sienten el temor de la confrontación con el delincuente; quienes deseaban ser médicos se atemorizan ante la posible muerte del paciente.

Los adolescentes aprenden a calibrar otras consecuencias del quehacer ilusionado. Por ejemplo, los maestros ganan poco, los banqueros mucho, los médicos tienen que pasar 12 años estudiando para ser especialistas, los sacerdotes no se pueden casar, colear toros no lo es todo en la vida, la política es muy cambiante.

Al final de la adolescencia, la cuestión de escoger un quehacer se plantea con perentoriedad, pues los centros de formación o el mercado de trabajo no especializado, no esperarán. Ante esa precipitación se analizan las mismas disyuntivas de cuando niño: ¿qué me gusta, qué me entusiasma? O las de la adolescencia: ¿con cuales estudios obtendré una profesión que permita emplearme más rápido y mejor remunerado? Son todas preguntas válidas y de ellas dependerá nuestro futuro.

Pues bien, las cosas han cambiado. Por arte desconocido, ahora los jóvenes que antes soñaban despiertos con una profesión y un futuro, ya sea por su vocación o por el buen dinero, ahora no se estimulan. Ya no quieren ser médicos: demasiado mal pagados y continuamente humillados. No quieren ser abogados y tener que trabajar en un ambiente venal. Tampoco quieren ser beisbolistas, al menos no tanto como antes, pues por envidia los matan, como sucedió recientemente con un joven de 19 años, que había sido señalado como prospecto de los Yankees de Nueva York, y que mataron frente a su padre. Nadie querrá ser Presidente, pues la espera podría ser eterna. No habrá interés en ser alcalde, pues ni serán electos ni habrá municipios. Ser diputado ya no es una opción, pues no significa nada y sólo sirven para aprobar lo que indique el caudillo. Ser militar tampoco es llamativo, pues terminarán siendo milicianos, policías o montando mercados. Pensar en ser industrial es sentir que lo que hagas te lo quitarán sin compensaciones. La carrera docente es una opción triste y desmotivante, pues la libertad del pensamiento y de enseñanza se está acabando.

Detrás de la palabrería incesante y de las propuestas gubernamentales se esconde la más terrible intención de subyugación y destrucción de la autoestima que hemos vivido, no se deja lugar a la imaginación ni a la fantasía y el impulso de seguir determinada profesión se encuentra limitado por ese pragmatismo socialistoide, que pretende hacer del individuo un títere masificado desprovisto de su impulso natural de superación individual y colectivo.





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