Chávez: El gladiador de la política

Por Venezuela Real - 25 de Septiembre, 2007, 15:44, Categoría: Política Nacional

AP
La Verdad - Zulia
25 de septiembre de 2007

AP. Mantecal. Hugo Chávez conduce a través de los llanos de Venezuela, deshaciéndose en elogios sobre una película de Hollywood en la que el héroe esclavizado se alza para desafiar al emperador de Roma.

''El Gladiador, ¡qué peliculazo! La vi como tres veces'', dijo el mandatario, echando una mirada sobre su hombro durante un viaje por carretera acompañado de un reportero de The Associated Press. ''Es un enfrentar al imperio, y enfrentar a la maldad... y uno termina por supuesto asociándose con aquel gladiador''.

El paralelismo no es específico, pero es claro. Para Chávez el imperio moderno es Estados Unidos, y el protagonista es él mismo, considerándose un guerrero en una lucha épica por traer justicia a la oprimida Venezuela y al mundo.

Desde que asumió la presidencia hace ocho años, Chávez ha emergido como el líder más visible y polémico de América Latina, causando sensación en los movimientos izquierdistas internacionales a la vez que controla una vasta fuente de petróleo.

Etiquetado como una amenaza por el Gobierno estadounidense, el gobernante captó la atención del mundo hace un año luego de comparar al presidente George W. Bush con el diablo, y se espera que sea tan desafiante como siempre si es que regresa esta semana al podio de las Naciones Unidas, tal como está programado.

Bajo su fogosa personalidad está un hombre que cree firmemente en su visión y la promueve astutamente. El mandatario ve al mundo en blanco y negro y se lanza como un cruzado, un papel que le es inmediatamente genuino y conveniente. Establece verdaderos lazos de empatía con la gente común y corriente de Venezuela, pero también es esencial para él escuchar sus aclamaciones, ser su héroe y sentir el poder.

''Bueno, vámonos'', grita a su séquito en el vestíbulo de un hotel. ''El día está bonito''.

Chávez se pone detrás del volante de un Toyota de doble tracción y emprende el viaje. Conduciendo en caravana por un pueblo sin su cinturón de seguridad, se le ve relajado por estar en los llanos, en el sureño estado Apure, donde alguna vez estuvo como soldado.

''Oye esta canción'', dice repentinamente, aumentando el volumen del equipo de sonido. Es un pasaje de una melodía folclórica interpretada por Eneas Perdomo, uno de sus cantantes favoritos en la infancia. Y entona la letra: ''El arpa con cariño, acuarela lo recuerdo... Apure siempre es Apure''.

Al entrar en una rotonda vial, abandona súbitamente la caravana de vehículos para visitar el río Apure, a pesar de las protestas de su hija mayor, María Gabriela, de 27 años, en el asiento trasero.

''Yo voy por aquí un segundo'', asegura el Presidente. ''Es un río mágico'', reflexiona en voz alta.

Para comprender a Chávez, ayuda ver estas llanuras, que se extienden exuberantes y verdes en la estación lluviosa, cientos de kilómetros desde los Andes venezolanos en el oeste, hasta el río Orinoco en el este. Esta es la región donde el jefe de Estado creció pobre en el pueblo de Sabaneta y después pasó tres años de formación en Apure. Es una historia personal a la que recurre a menudo en sus discursos.

''El hombre del llano, de las grandes inmensidades... es nómada, tiende a ser nómada, tiende a no ver barreras. Uno no ve barreras desde niño. Uno ve el horizonte. Y eso se le mete en el alma'', expresó Chávez, quien a menudo lo primero que pregunta a un extranjero es: ''¿De dónde eres tú?''.

El estereotipo en Venezuela es que los ''llaneros'' tienden a ser habladores, vaqueros bulliciosos con una abundante tradición. Chávez encuadra en la etiqueta.

''Yo tengo mis raíces muy profundamente aquí'', afirma. ''Yo incluso he dicho que cuando muera me entierren aquí en esta sabana, en cualquier parte, porque uno se siente parte de esto''.

Sostiene que la injusticia que vio aquí -un pueblo empobrecido viviendo sobre un mar de petróleo- lo impulsó a encabezar un grupo disidente de la fuerza armada durante la década de 1980.

Cuando pasa frente a gente pobre que vende piñas y melones a la orilla del camino, reflexiona: ''Estamos en proceso de liberación de esos esclavos. Todavía es la esclavitud, disfrazada''. Ha expresado esa idea tan a menudo que casi parece ensayada, pero todavía suena sincero.

En qué medida Chávez está conduciendo realmente una lucha liberadora o sólo está practicando el populismo de dádivas, es una de las grandes discusiones en Venezuela. Su gobierno lleva adelante una reforma agraria y está vertiendo miles de millones de dólares en programas para combatir la pobreza.

Pero para algunos viejos amigos como Douglas Bravo -un ex líder guerrillero marxista en las décadas de 1960 y 1970-, en la actualidad una nueva élite chavista está en una lucha de poder con otras facciones burguesas.

''Chávez es un hombre inteligente, un hombre que domina bien ese juego de los factores reales de poder, y que tiene la capacidad para ir aprendiendo permanentemente'', dijo Bravo, quien respeta a Chávez, aunque rechaza enérgicamente su política de constituir empresas mixtas con compañías petroleras multinacionales.

Mucho ha cambiado desde que el carismático teniente coronel encabezó un fallido golpe de Estado en 1992. Chávez está ahora en la cúspide del poder en uno de los países con mayor producción de petróleo del mundo, se ha acostumbrado a vestir trajes finamente confeccionados y a ocupar las sillas de cuero del avión presidencial.

Sin embargo, él sigue creyendo que todavía es esencialmente un soldado de las llanuras, que encabeza una revolución. ''Yo sigo siendo un subversivo'', dice. ''Hay que subvertir yo creo que el mundo completo''.

Desciende la ventanilla oscura del Toyota en un puesto de control militar y soldados sobresaltados se ponen firmes al ver a su Presidente al volante. ''!Patria, socialismo o muerte! Buenas tardes, mi comandante en jefe'', espeta un soldado de la Guardia Nacional al saludar con una expresión de conmoción.

''¿Por qué a ustedes no les han dado los (rifles) AK todavía, chico?'', pregunta el mandatario, mientras revisa un viejo fusil FAL del soldado. Chávez expresa que va a averiguar qué está mal, porque algunos de los 100 mil rifles de asalto Kalashnikov, recién comprados a Rusia, deben estar ya en manos de los efectivos.

Chávez a menudo advierte que Venezuela está bajo la amenaza de una invasión estadounidense. Es para él una advertencia genuina y también una parte del discurso que utiliza al máximo con el público. El mandatario recuerda el golpe de Estado del 2002, cuando fue separado del poder 47 horas antes de su retorno, y cómo Estados Unidos reconoció rápidamente al gobierno interino.

De forma ya clásica en él, Chávez describe su enfrentamiento político con Estados Unidos a través de la parábola de un escorpión que pide cruzar el río sobre el lomo de un sapo. En medio del agua, el escorpión pica al sapo y le dice: ''!Ay sapo, perdóname, que esa es mi naturaleza!''. Del mismo modo, Chávez en tono lúgubre dice: ''El imperio tiene su naturaleza''.

''Hay grupos trabajando, cazándome pues, andan investigando, tratando de infiltrar mis equipos de seguridad. Tratando de comprar a alguien'', declaró.

Sus medidas de seguridad son extremas. A menudo no se anuncia su agenda, y cuando está en público lo rodean numerosos guardaespaldas. El diseñador colombiano Miguel Caballero, quien se especializa en prendas de vestir a prueba de balas, dice que le ha vendido a Chávez artículos tales como una de sus típicas camisas rojas, que puede soportar disparos.

''Yo soy un condenado a muerte, como Fidel (Castro) lo ha sido desde hace mucho tiempo. Y por tanto estoy obligado a tomar medidas de seguridad tan extremas que uno termina no teniendo vida personal'', comentó. ''Uno termina en lo personal siendo un prisionero. ¿Alguien que está amenazado de muerte puede tener planes para eternizarse en el poder?'', se pregunta.

Luego de una pausa, destacó que por razones de seguridad la ruta de su recorrido en automóvil no fue anunciada públicamente.

Chávez ve una aguda dicotomía entre aquellos que están con él y aquellos que están en su contra, y traza una línea con el celo de un predicador en una reunión de oración. Dijo que rompió su marca el domingo, al completar más de ocho horas de transmisión en su maratónico programa dominical de radio y televisión, Aló Presidente, donde recientemente condenó como traidores a algunos políticos, afirmando: ''O tú estás con Dios o estás con el diablo, una de dos, eso está en la Biblia''.

Sus críticos ven esto como algo absolutista, y por lo tanto peligroso. El gobernante aspira a reducir progresivamente a la oposición: Ganó la reelección en diciembre pasado por 63%, su margen más grande hasta ahora, y quiere llegar a 80% al final. También ha propuesto reescribir la Constitución y eliminar el límite a la reelección presidencial.

''De cada conflicto, nosotros debemos salir fortalecidos y ellos debilitados'', dice. ''Esa es una de mis consignas estratégicas fundamentales, y hasta ahora lo hemos venido logrando''.

Se ve a sí mismo como el heredero de una lucha histórica que lleva más de dos siglos, y a menudo hace discursos televisados debajo de un retrato del héroe de la independencia sudamericana, Simón Bolívar. Ocasionalmente ha pintado retratos en óleo de figuras como uno de sus héroes, Ezequiel Zamora, líder de la Guerra Federal de Venezuela a mediados del siglo XIX.

Su misión es una responsabilidad que lo consume tanto que al parecer le deja pocos espacios para el descanso. Se dice que convoca a sus ministros a cualquier hora. Duerme poco, lee a menudo tarde en la noche, y reúne a ministros, asistentes y guardaespaldas a veces para jugar béisbol con una pelota de goma en el patio del palacio.

''Me gusta mucho pichar (lanzar)'', dijo efusivamente, trayendo a la mente al niño que soñó con jugar en las Grandes Ligas mientras crecía en la casa de techo de paja de su abuela.

La vida del comandante-héroe es a veces solitaria. Chávez, de 53 años, dos veces divorciado y con cuatro hijos, se ríe cuando le preguntan sobre su vida amorosa. Dice que no tiene más vida para compartir.

''Para uno la vida es como que la empeñó, la jugó, y la entregó toda'', expresó pensativo. ''En verdad uno es una especie de prisionero. Eso a mí no me pesa, ¿sabes?'', añadió, en un intento de tranquilizar a aquellos que lo rodean, y quizás a sí mismo. ''Pero es la verdad. Es la esencia de una vida''.

Cuando Chávez se aleja lentamente de un puesto de control, los transeúntes notan su presencia al volante y de inmediato un grito recorre el lugar: ''¡Presidente!''. Entonces el gobernante estrecha manos y planta besos en mejillas, cabezas y manos de la gente, algunos de los cuales se mojaron en la lluvia para verlo.

''Hola, mi amor'', le dice a una mujer de avanzada edad. ''Epa, compadre, ¿cómo está su familia?'', exclama, dirigiéndose a un hombre a quien reconoce de hace muchos años.

La gente que se aglomera a su alrededor le toma fotos con teléfonos móviles y le pide ayuda para terminar de equipar una planta de procesamiento de maíz, reemplazar sus casuchas o solicitar asistencia médica. Chávez promete ayudarlos a todos, y gira instrucciones a sus ayudantes, quienes toman nota de las súplicas.

Una mujer se abalanza a la ventana del vehículo con lágrimas en los ojos, diciéndole: ''!Te amo!''.

Las interrupciones se registraron durante todo el viaje, ocasiones en las que Chávez está en comunión con su público. Arrancando, toca la bocina con una abierta sonrisa y grita: ''¡Me voy. Bueno, pa' adelante!''.

Es evidente que el contacto con el público le da energía, exactamente de la misma manera que el café negro endulzado que le pide a su hija, quien le pasa taza tras taza de un termo: ''Sin eso yo estaría muerto. No tendría sentido nada'', manifestó.

El gobernante atiza el drama. ''Yo me pregunto a mí mismo con cierta regularidad: '¿Tú amas de verdad a esa gente?'. Me pregunto: '¿Es verdad? ¿Te duele su pobreza? ¿Te duelen los niños descalzos sin vivienda?'. Sí, me duele. Soy capaz de llorar incluso'', acotó.

Recuerda que cuando estuvo prisionero durante el golpe de Estado del 2002, rompió a llorar en un baño porque pensó que su causa había acabado. Al final yo dije: ''No, yo voy a seguir luchando''.

El combate no es siempre agradable. Chávez regaña a periodistas cuyas preguntas encuentra impropias. Reprende a sus ministros ante las cámaras de televisión por fallar en sus objetivos. Regaña a camarógrafos que equivocan los ángulos de sus tomas.

El Presidente reconoce que tiene bruscos cambios emocionales: ''Me emociono y también me golpean mucho las frustraciones... yo soy muy sensible'', dice. ''Me golpean mucho las cosas cuando salen mal. Pero igual hay que ir rápidamente a buscar la forma de solucionar''.

Su aguda sensibilidad ante la crítica proviene de una inseguridad subyacente y un gran deseo por el aplauso, sostiene Ángela Zago, una escritora venezolana que una vez fue su amiga y aliada, pero que se desilusionó de él en los primeros años de su presidencia.

''Se sabe vender muy bien'', dijo Zago, quien agregó que pudo ser un perfecto animador en un programa televisivo de variedades. ''He llegado a creer que se disfraza y se cree el disfraz'', expresó.

Para Chávez no hay mayor insulto que cuando alguien lo llama tirano autoritario. ''A mí me acusan en el mundo entero de que en Venezuela hay una tiranía'', expresó con fastidio. ''A mí me dicen que soy un caudillo. No soy ningún caudillo en verdad. Soy un hombre de este pueblo. Yo nací en estos campos, en esta sabana. Me crié, como esos niños que tú viste allí vendiendo fruta, vendiendo dulces''.

''Tuve suerte, ¿sabes?'', señaló. Es la verdad y la historia que cuenta Chávez, mientras conduce a través de una pertinaz lluvia. En ella él es un héroe que intenta cambiar el curso de la historia.






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