El monstruo suelto

Por Venezuela Real - 30 de Septiembre, 2007, 13:36, Categoría: Seguridad/Inseguridad

TULIO HERNÁNDEZ 
El Nacional
30 de septiembre de 2007

Algo se está transformando en las calles y autopistas de Caracas.

Cada vez es más frecuente presenciar violentos altercados entre motorizados y conductores de automóviles. La escena es generalmente la misma. El automovilista intenta cambiar de canal sin percatarse de que una moto se acerca "surfeando" en medio de las filas de carros. El motorizado se ve obligado a frenar abruptamente, puede derrapar y terminar en el suelo o, incluso, chocar con el vehículo.

Entonces comienza lo fuerte. El hombre de la moto es presa de un ataque de ira, insulta a rabiar al conductor o conductora, en algunos casos golpea o patea el vehículo y, en casos extremos, como sucedió hace unas semanas en la autopista del Este, intercepta el carro, se quita el casco, se baja y se dedica a reventar uno a uno los vidrios del auto enemigo. También se conocen casos de autos que han sido quemados por grupos de motorizados e intentos de linchamiento del conductor.

El conflicto es grave, se está convirtiendo en un problema de seguridad y salud pública, y se tiene la impresión de que nadie, ninguna autoridad, le está prestando la atención que merece. Obviamente no es un hecho aislado, porque en la Venezuela contemporánea se puede percibir un estado colectivo de irritabilidad creciente al que nos estamos acostumbrando. Porque, sin duda alguna, el venezolano promedio del presente, cualquiera que sean sus creencias políticas, vive en un estado de crispación permanente.

Lo amenaza el monstruo de la inseguridad, la presión de la delincuencia, los confl ictos entre bandas armadas en los barrios, y en las zonas fronterizas el secuestro, el sicariato y la extorsión. Lo inquieta, para los que creen en el discurso ofi cial, la supuestamente inminente invasión militar del imperio norteamericano y la posibilidad de enfrentar por primera vez una guerra. Lo angustia, si se trata de un opositor, las amenazas dominicales del Presidente cuando criminaliza la disidencia política y la protesta social o cuando nos recuerda –con sus "si yo quisiera"– que cualquier día puede lanzar a los pobres para que no quede "piedra sobre piedra en las urbanizaciones del Este".

A todo esto, debemos agregar la incertidumbre frente al proceso infl acionario; el temor ante las consecuencias de la evidente caída del bolívar frente al dólar; la catarata de zozobra en la que se ha convertido el proyecto presidencial de reforma constitucional que en verdad representa la amenaza mayor para quienes no la comparten; el hartazgo por la polarización que no cesa y sigue dividiendo familias, amistades y organizaciones, y la desazón ante la reiterada utilización del desplante grosero o la descalifi cación personal como sustituto del debate ideológico siempre presente en la respuesta de muchas autoridades públicas a las críticas de los ciudadanos.

Hay razones sufi cientes para estar crispados y, por tanto, para prever el surgimiento de nuevas modalidades de violencia que se agregan a las que padecemos desde fi nales los años ochenta. La de los motorizados es una de ellas. En el entendido, hay que advertirlo, de que los violentos deben constituir una minoría, pero una minoría muy visible que expresa sentimientos y condiciones colectivas que vale la pena indagar.

Es muy probable que el motorizado violento crea que cada bloqueo de un automóvil es una agresión directa y premeditada contra él, que debe, por tanto, ser castigada. Como no hay árbitro o autoridad que lo haga, siente que debe y puede hacerlo por su propia mano. Y concluye que puede ser juez y verdugo a la vez porque sabe –o intuye– que no será castigado, en tanto, según la atmósfera política del presente, tiene de su lado el derecho que le confi ere ser, aunque sea sólo por un prejuicio generalizado, la parte débil de la confrontación.

Estamos en el reino del caos y de la impunidad. Si no se hace algo a tiempo el fenómeno crecerá y nuestras calles serán el reino de una batalla sin fin.

El fenómeno apenas comienza.

El número de motos en la calle, debido a la caída de precios que han traído las asiáticas, aumenta desmesuradamente. También el número de accidentes: 64 personas fallecidas y 585 lesionados, entre motorizados y parrilleros, en lo que va de año. Sin contar el número de asesinados para quitarles sus motos por la escasez de repuestos. En cualquier república sensata estos datos serían suficientes para encender la señal de alarma, pero en la nuestra –hipnotizada con reforma constitucional y la lucha contra el imperialismo– parece que los aludes de violencia que amenazan con venírsenos encima, si es que ya no lo hicieron, son un problema secundario.











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