Hora Ilegal de Venezuela

Por Venezuela Real - 1 de Octubre, 2007, 18:45, Categoría: Dimensión Social

Ibsen Martínez
TalCual
01 de octubre de 2007

A cada quien sus propias aprensiones sobre lo porvenir si se aprueba la reforma: a mí, desde que se anuncia lo del cambio de hora, me visita un sueño, doctor; un sueño "distópico" que, por serlo, no necesita definirse diferencialmente como pesadilla porque toda distopía es pesadilla.

En el sueño, que tiene variantes pero que en lo esencial es el mismo, yo vengo muy temprano, de madrugada, caminando por un paraje que me es familiar y que no me predispone al temor o a la cautela.

Camino despreocupadamente, digamos, cuando en dirección contraria advierto a un personaje ominoso. Tan ominoso como sólo pueden serlo las figuras malignas en los sueños.

El tipo es un "funcionario", tiene toda la traza del funcionario policial vestido de paisano:
una cruza entre motorizado y promotor deportivo desempleado, con una 9 mm en la pretina.

El tipo se ha fijado en mí y, al cruzarnos, en lugar de decirme "cédula, ciudadano" me pregunta, ceñudo: "¿qué horas tienes tú ahí?, con un tuteo que no es demótico ni igualitario sino declaradamente autoritario. Yo miro el reloj que me regaló mi mujer hace diez años y le doy la hora.

—¡Ah!, pero esa no es la hora legal —me dice el funcionario, rozando la culata de la pistola.

En estos casos se estila oponer un reparo virilmente ciudadano, siquiera por no "perder el tipo", como dirían en España.

— ¿Y cuál es la hora legal, entonces?
—¿Te me vas a poner comiquito? ¿Tú no sabes que ahora hay otra hora legal?
—Eso entiendo, pero nadie ha sabido explicar con precisión cuál es la hora legal.

Ni el presidente ni su hermano.

Casi añado que tampoco el patético viceministro de las ciencias y las tecnologías quien, si he de creer lo que leí en la prensa, al ser requerido acerca de cuándo entra en vigor la nueva hora, respondió que ya va, que falta poco, que el solsticio es cosa de unos días, cuando el presidente ordene que haya solsticio. Pero en el sueño no hay tiempo suficiente para elucidaciones: el funcionario me insta a rectificar y darle la hora legal.

¿Resto o sumo treinta minutos? Como se trata de una medida socialista, opto por restarle media hora a la que ostento en la muñeca y el funcionario escucha la hora que le doy como si de una insolencia se tratase y me pide mi cédula y me pregunta mi profesión.

Un vehículo de esos que Rubén Blades describe en una de sus canciones como "de antena larga, lleno de gente con lentes oscuros" se detiene entonces al borde de la acera.

Los viandantes aprietan el paso al pasar junto a mí. Los del carro preguntan qué pasa y el funcionario les informa:
—Le pregunté la hora a este y me la dio atrasada. Media hora atrasada, ¡échale bolas!
—¿El ciudadano está solicitado?
—Yo no sé, pero me le tumbó media hora a la hora oficial.

Todos los funcionarios se bajan del carro y me rodean.

—¿Tú como que andas desestabilizando?
—me pregunta el más grandote, encarándose conmigo como un manayer con un ompaya.

—No, amigo, yo lo que hice fue darle la hora al funcionario aquí.

—¿Y no sabes que hay que adelantarle media hora a los relojes ahora?
—Atrasarle —intenta aclarar el primer funcionario, obviamente de menor rango.

—No, caballo: adelantarle —afirma el que me habló a la cara.

Se entabla una discusión —nada jovial, por cierto, llena de soterrados agravios entre ellos— que me parece haber visto ya en Aló, Ciudadano.

Si no fuese tan grave la arbitrariedad de cambiar el huso horario por el fútil capricho de regimentar, parecería una rutina de dibujos animados de la Warner Bros, como cuando Sam Yosemite, encañonando a Bugs Bunny con sus dos pistolones lo conmina a saltar por un precipicio:
—Ah, no; no lo haré —dice el conejo Bugs.

—Oh, sí, sí lo harás.

—Ah, no; no lo haré.

—Oh, sí, sí lo harás.

Hasta que, una vez establecida la cadencia de preguntas y respuestas, astutamente Bugs dice de pronto "¡Ah, sí; sí lo haré" y el tonto de Sam Yosemite comienza a decir:
"¡Ah,no, no lo harás" y lo deja ir. Pero en mi pesadilla no cabe esperar ese alivio: los dos funcionarios discuten si debí "adelantarle" o "atrasarle" media hora, pero prescindiendo por completo de mí, mientras un tercero luce fascinado por mi reloj de pulsera.

—¿Cuánto te costó el relojito?–pregunta el tercero, obviamente un hombre de realidades.

—No sé. Es un regalo.

—¿Regalo de quién?
—Mi mujer me lo regaló hace diez años, por Navidad.

—¿Cargas la factura contigo?
—Tú si eres arrecho. ¿Cómo voy a cargar la factura de un reloj que me regalaron hace diez años?
—Ah!, ¿yo soy el "arrrecho" ? ¿Tú como que eres alzao?
—Alzao no, pana, pero ponte a pensar, ¿quién carga encima la factura de un reloj que tiene diez años de comprado?
—No me digas "pana" ; yo no soy pana tuyo.

—Ok, pero dime una vaina, ¿tú cargas la factura de tu reloj?
—Aquí no estamos discutiendo eso: aquí lo que hay es un elemento que circula de madrugada con una hora desestabilizadora en la muñeca. Y sin factura que acredite la propiedad del reloj. Ese reloj como que se va a quedar detenido.

Entre tanto, los otros dos funcionarios han recurrido a un árbitro y han elevado por radio una consulta a su jefatura en torno a los alcances del cambio de huso horario.

—¿Se adelanta o se atrasa media hora?
Crack-crack.

—Positivo, positivo, crack-crack.

—¿Positivo qué cosa? ¿Positivo se adelanta o positivo se atrasa?, crack-crack ¿Me copia?
Crack-crack.

Y así por angustiosos minutos u horas, que en los sueños nunca llega a saberse el tiempo transcurrido, hasta que canta un gallo en las cercanías y todo se detiene.

Los funcionarios lucen alarmados hasta el ultraje por el inopinado canto del gallo que no ha modificado su ciclo circadiano como ha ordenado el Jefe.

—Ese gallo está cantando adelantado.

—Atrasado, será.

—Ese gallo está contra la nueva geometría del poder: ¡agárrenme ese gallo!
Y se pone en marcha un dispositivo que me da ocasión de despertarme y preguntarme si el viceministro Marcano habrá firmado ya la debida ordenanza que obligue a los gallos a inhibirse de cantar fuera del huso revolucionario.







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