¡Todo es plástico!

Por Venezuela Real - 3 de Octubre, 2007, 18:15, Categoría: Gente de Chávez

Antonio Cova Maduro
El Universal
03 de octubre de 2007

Pequiven producirá plástico hasta plastificar el planeta. ¡Aleluya!

El domingo 23 Hugo Chávez estaba exuberante. Se sentía en la cúpula del mundo y su cabeza bullía de proyectos que atropellaban su verbo. Fluían más rápido que las palabras. Y ese milagro -no el del río de palabras, la mayoría de sobra, que son su marca- lo producía el plástico. Todo es plástico, repetía. Y con afán buscaba en los atuendos de sus escasos acompañantes, para siempre culminar con el estribillo: ¡Todo es plástico!

No sé porqué, pero se me vino a la mente el recuerdo del depuesto Sha de Irán: la megalomanía hecha gobierno. Petrodólares sosteniendo un carnaval de proyectos, designios, fábricas fantasmas y al final, un estruendoso colapso que todavía reverbera.

Y aquí estábamos, como si nada hubiese pasado, como si la Historia no sirviera para nada; repitiendo lo mismo, y haciéndolo golosamente. Pequiven, la nueva Pequiven, la inmaculada, la bolivariana estaba poniendo la primera piedra de una gigantesca fábrica que producirá plástico hasta plastificar el planeta. ¡Aleluya!

Hugo Chávez de cuerpo entero. Hugo Chávez "at his best", que dirían los del imperio. Vamos a fabricar de todo porque, no faltaba más, ¡todo es plástico! Y la conclusión es inexorable: si todo es plástico y nosotros podemos fabricarlo, pues ni modo, todo lo que lleva plástico, ¡también!

La pregunta obligada es, por supuesto, si quienes le acompañan, ¿también le acompañan en los proyectos megalomaníacos? Esa gente ¿conoce de su asunto? ¿conoce de su mercado? ¿conoce de los precios que hay que pagar, de las dificultades que hay que arrostrar, o más bien, sólo conocen de los beneficios que ellos, y sus bolsillos obtendrán?

Todo autócrata, más temprano que tarde se embarca en la desmesura (por eso Kapuscinski consideró al Sha como el mejor exponente de la "desmesura del poder") y si lo hacen los pobres -como lo mostró el lamentable espectáculo de la Duvalierville de Duvalier, o la desbordante Catedral de Houphouet-Boigny en Costa de Marfil- ¿qué podríamos esperar de los magnates petroleros?

El problema es que el petróleo no te salva de la torpeza. Es más, la torna exponencial. Allí están si no los incontables palacios de ese criminal que fue Saddam Hussein, y los excesos del recién fallecido déspota de Turkmenistán, para mostrarlo. Los autócratas petroleros son como los capos del narcotráfico, que nadan -y se ahogan- en excesos.

En el caso venezolano, sin embargo, hay una historia que ayuda a quien quiera oírla, o extravía a quien decide ignorarla. O peor, a quien sólo quiere ponerla a su servicio. Y esa historia le grita que, al país que nació con dos locuras: el mito del Dorado y la asombrosa realidad de Cubagua, le acechan peligros adicionales.

Esa Historia te hará ver que Venezuela tuvo un siglo XX de permanente modernización; que Hugo Chávez se montó en un autobús que ya tenía kilometraje andado, que no puede descubrir el agua tibia porque ya eso es hasta fastidioso. Pero, sobre todo, que es un país frágil y que ha acumulado fracasos.

Venezuela, en efecto, ha sido, es, y muy seguramente será, un país rentista, y esa condición pesa demasiado. En efecto, toda esa verborragia de lo "endógeno" ha sido posible por la renta, al igual que la locura de las "empresas de producción social", para no hablar del régimen de trueque -o "monopolio" si prefieren- de Urachiche.

Pero resulta que la renta es variable. Y Venezuela ya lo ha vivido en carne propia: los precios del petróleo suben y suben; pero también ¡caen abruptamente! Y la Historia también enseña que nada hay más molesto para quienes te compran que el chantaje y el aprovechamiento de quien les vende. Allí está la triste historia del nitrato chileno y del caucho de Manaos.

Sus maestros militares ¿le recordarían eso a Chávez, como Aristóteles le mostró a Alejandro Magno que el esqueleto de su padre ya se confundía con las más vulgares osamentas? ¿O más bien le aplaudirían para que más rápido tropezase?

El autócrata -cualquiera y en cualquier época- sólo ve lo que quiere ver. Nunca hay obstáculos, nunca hay problemas organizacionales, sólo hay saboteo, odio de los poderosos y desidia entre quienes deben trabajar. Su recia voluntad sólo es parecida a su incapacidad para percibir las cosas instrumentalmente. De nuevo, ¡hágase la luz y la luz se hizo!

Y además, el autócrata en su obcecación sólo quiere oír de su gesta, del agradecimiento de los suyos. De allí su sordera selectiva¿ ¡y culpable! Y por ver lo que quiere y oír lo que le conviene, ni verá el hoyo ni oirá las alertas.





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