Confederados

Por Venezuela Real - 18 de Octubre, 2007, 14:56, Categoría: Política Internacional

COLETTE CAPRILES
El Nacional
18 de octubre de 2007

En una esquina del mapamundi, o de las agencias internacionales de noticias, Latinoamérica se deja entrever, envuelta, como desde su invención, en un claroscuro que potencia todas las proyecciones de Occidente. El continente de la modernización imperfecta, es decir, de las utopías muertas, repitiendo, ahora en el siglo XXI, su misma historia de gobiernos temblorosos y masas fantasmáticas. La izquierda y la derecha de las sociedades felices tienen, sin reconocerlo, la misma mirada lánguida sobre nosotros: la izquierda disfruta de la gran oportunidad de promocionarse a través del resentimiento latinoamericano; la derecha lo deplora, pero ambas coinciden en que, como decía el ciudadano común en la Argentina de la dictadura refiriéndose a los que salían de su casa y no volvían, "por algo será". Nos merecemos la eterna tragedia de las satrapías, porque no hemos sabido salir de las satrapías y hasta votamos por ellas. Excelente razonamiento.

Así las cosas, somos culpables de ser víctimas, y tan intensa es esta convicción que ahuyenta la percepción de la historia, de modo que ni siquiera los más avisados de los observadores foráneos parecen capaces de recordar no digamos los "logros" de las sociedades americanas, sino al menos, los esfuerzos tremendos que hemos hecho para sobrellevar ese proceso supersónico de construcción de naciones a partir de los escombros de un imperio, o sea, sobre una estructura que quedó bruscamente vaciada de sentido.

A las víctimas les debe llegar su redención, o mejor dicho, su redentor. Así se teje la benevolencia hacia el voluntarismo (porque siempre se trata de eso, de tener la voluntad para cambiar) y la tolerancia hacia la cruel experimentación social que ha tenido lugar en el continente. ¡Felicitaciones, usted se ha ganado una nueva constitución! ¡Enhorabuena, pase recogiendo su caudillo reload! Mientras no se desarticule la mirada de la víctima como perspectiva principalísima para interpretar el mundo americano, seguiremos empantanados en el delirio de la grandeza que, injustamente claro, nunca tuvimos.

Como todo lo que sucede últimamente por aquí, la imagen del señor Castro y del señor Chávez sentaditos como en familia pero, en vez de conversando sobre las vicisitudes de los nietos, hablando de la épica latinoamericana, no puede ser más increíble y más lamentable. La herencia de Castro incluye, no cabe duda, la indulgencia de la izquierda mundial que lo veía como el fósil viviente con el que zanjaban el desagradable tema del estalinismo. Castro recluido en su isla, Stalin cadáver en su mausoleo, nosotros la izquierda "moderna", y ninguna cuenta que rendir.

Pero con el heredero, empoderado por el petróleo y extendiendo su rechoncha humanidad por los confines del territorio, el horizonte de expectativas se complica. O tal vez se simplifica: cuando el Presidente anuncia la "confederación" entre Cuba y Venezuela, tal vez está de cierta manera enviando el mensaje más musical que pueda haber oído la progresía mundial. Está diciendo que con el petróleo venezolano el "socialismo" cubano dejará de ser el monstruoso fracaso que ha sido por cincuenta años, y tal como las transfusiones que le salvaron la vida a Castro, será inyectado al continente. Alivia entonces la mala conciencia de los que a nombre de la justicia social han refrendado la dictadura cubana y sus muertos, anunciándoles la llegada a la Tierra Prometida. Chávez sería así una especie de socio capitalista del diseño social castrista; el productor ejecutivo de la superproducción de la redención final.

Pero el elemento más importante para explicar la toma del poder por Castro en 1959 es el nacionalismo cubano. No fue el factor militar (los rebeldes peleaban contra un Ejército desmoralizado y sin operatividad) ni por supuesto, la cuestión económica (el nivel de vida cubano de antes de la revolución superaba con creces los del resto de Latinoamérica). Para la manera en que se ha construido el temperamento cubano, la idea de una sujeción a una voluntad extranjera es simplemente inaceptable.

Bien cabe la venta, el alquiler o la concesión de la franquicia castrista, pero no la sumisión a la política de otro país.

La "confederación" sólo puede ser pensada como la subordinación de Venezuela.





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