La confesión de la perpetuidad

Por Venezuela Real - 20 de Octubre, 2007, 14:08, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Elías Pino Iturrieta
El Universal
20 de octubre de 2007

El país tiene que lidiar con la voluntad de un sujeto que dijo que "no quiere ser ex presidente"

Las palabras de Chávez no se pueden pesar con precisión. En la borrachera de vocablos resulta difícil separar el grano de la paja, no sólo por la cantidad de su caudal sino también porque muchos de ellos parecen venir de la improvisación, de lo que de pronto le viene a la cabeza ante los auditorios que lo acompañan cautivos y pacientes.

Tal vez no exista una línea que permita el seguimiento de sus pero raciones con propiedad, debido a la abundancia de bifurcaciones que las hacen abigarradas y por el cansancio que produce la atención puesta en discos de larga duración cuya característica suele ser la cacofonía. Pero, basta una sola de sus frases para descubrir claves elocuentes. En apenas un énfasis pone al descubierto cosas de trascendencia para el entendimiento de sus propósitos. De su reciente intervención trasmitida desde Cuba brotó una de esas claves.

Dedicó una parte del programa a criticar a los mandatarios salientes de México y Bolivia, a quienes juzgó con los términos despectivos que acostumbra cuando pretende descalificar a sus adversarios. En el momento crucial de su andanada llegó a decir que sólo eran sombras inocuas, algo así como fantasmas sin influencia sobre la realidad circundante, para desnudarse después ante las cámaras con una afirmación vital para quienes buscan la sustancia tapada por la hojarasca. Luego de insistir en cómo eran ellos una débil presencia, luego de mofarse de unos reyes despedidos del trono, concluyó el capítulo con una coletilla brutal: "Por eso yo no quiero ser ex presidente". A estas alturas y sin necesidad de escucharlo, a nadie escapará que tal sea la meta que persigue, cuyo itinerario ha fraguado a la vista de todos desde su ascenso al poder. En consecuencia, no es como para pasmarse ahora por el hallazgo entresacado de un discurso usualmente habitado por los anuncios estentóreos y las bravuconadas, pero estamos ante la manifestación más incontrovertible de cómo lo único que le importa es el gobierno vitalicio. Sabemos a ciencia cierta ahora, como producto de una confesión de parte, que eran mentira o burla las antiguas filípicas en las que anunciaba el sueño de confinarse algún día en las soledades del llano a disfrutar el reposo del guerrero, las viejas apelaciones a la voluntad popular que podía echarlo del gobierno cuando a bien lo tuviera. 

La verdad es muy otra. Considera como una desgracia el parecerse a dos mandatarios normales de América Latina que terminan sus regímenes y hacen las maletas para salir de la mansión presidencial a dedicarse a otra cosa por disposición de los electores. Le teme a quedarse sin escoltas y sin adulantes. Teme no parecerse como gota de agua a Fidel Castro, ese patético "Padre Nuestro" proclamado en Santa Clara que permanecerá en el palacio de gobierno hasta cuando le alcance la existencia. No quiere ser ex presidente porque no entiende la vida sin el ejercicio del poder, porque no sabe vivir sin las mieles que saborea controlando al prójimo. Asociar en términos fatales el cometido de una peripecia personal con la manipulación de la autoridad es un terrible predicamento, como si no pudiera un individuo realizarse en otros afanes y regocijarse en otros servicios menos notorios, pero sería apenas una frustración particular que no debería ventilarse en el periódico si no guardara estrecha relación con los hombres que escuchamos de sus labios la noticia sobre una vocación llamada a permanecer en las alturas hasta la hora de la muerte. 

Luego de desmantelar a las instituciones democráticas, para no convertirse en ex presidente ahora busca la destrucción de las instituciones que él mismo promovió. Las quiere mudar para que se transformen en el asiento de una estrambótica monarquía. Pero también quiere cambiar la sensibilidad de los gobernados, la convivencia construida en un camino de sacrificios y trabajos, los hábitos de la colectividad aclimatados en una cara tradición liberal que debe desaparecer para que un individuo quede señalado en las páginas de la historia por el único asunto que le interesa: no convertirse en ex presidente. Venezuela no tiene que lidiar hoy con una revolución de orientación popular, ni con un proyecto socialista; ni participar en una batalla campal contra la propiedad privada, ni en una metamorfosis de las relaciones de producción, ni en una reforma educativa de trascendencia. Sólo debe lidiar con la voluntad de un sujeto quien, de acuerdo con lo que desembuchó en Cuba, no quiere ser ex presidente. Si el discurso llega a concretarse, Venezuela puede llegar a su escala más profunda de degradación moral. Aunque también, después de podar las ramas que impiden la observación del bosque sembrado de palabras vacías, elevarse hacia la cima de un escalafón de dignidad. Sólo debe probar cómo clama para que Chávez se convierta de veras en ex presidente. 






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