Para no ser sino nada

Por Venezuela Real - 22 de Octubre, 2007, 16:47, Categoría: Política Nacional

ARMANDO DURÁN
El Nacional
22 de octubre de 2007

Hace un año, el ministro Rafael Ramírez nos anunció el carácter rojo rojito del futuro venezolano. Nadie en su sano juicio puede negar que, en efecto, muchas cosas han ocurrido desde entonces.

Desde el anuncio de que Venezuela es ahora una república socialista a la manera ejemplar de Cuba, hasta la legitimación del disparate con la aprobación de un nuevo texto constitucional frente al cual la única duda opositora es la de todos los días. Votar contra Chávez o abstenerse. Como si una vez más la gran cuestión nacional fuera una simple peripecia electoral.

En todo caso, mientras ese infructuoso debate prosigue su marcha inexorable hacia ninguna parte, las fuerzas armadas del país, repitiendo la consigna de la patria, el socialismo y la muerte, han acelerado su transformación de fuerza regular en milicias populares revolucionarias. Dentro de poco tendremos 2 millones de hombres y mujeres armados hasta los dientes para garantizar la estabilidad interna del régimen y la permanencia vitalicia de Chávez en la Presidencia de la República. En el plano meramente civil, la llamada nueva geometría del poder ha dictado la muerte de los poderes públicos regionales y locales, sin que sus representantes, condenados a tan repentino y fulminante final, hayan hecho el menor gesto real de rebeldía.

En definitiva, la gran ventaja de Chávez consiste en que la vieja concepción de una Venezuela opulenta, por ficticia que haya sido, todavía condiciona a los venezolanos a un optimismo que no le permite a nadie concebir que las cosas sean o lleguen a ser tan terribles como parecen.

Lo malo por venir, sin embargo, está a la vuelta de la esquina. Al margen del fastidio que representa vivir en un país pintado de rojo de arriba a abajo, escuchando a tantos, sobre todo al mundo militar, repetir aquello de venceremos como si en realidad estuviéramos a punto de enfrascarnos en un conflicto bélico con el imperio, al menos con sus cachorros del patio; a pesar de saber, como sabemos, que sólo se trata de otra maniobra presidencial sin más consecuencia que la de incrementar su poder total sobre el país, lo cierto es que seguimos suspendidos en el limbo de un estado de indefinición política permanente, de revolución que sigue estando ahí, sin duda cercana, casi al alcance de la mano, pero latente y nada más, en un estado de perpetua transición. De quiero pero no puedo. O de quiero pero no me conviene, como acaba de insinuar Luiz Inácio Lula de Silva al expresar su sorpresa por la creciente enemistad a muerte de Venezuela con Estados Unidos mientras las relaciones comerciales entre los dos países, en lugar de sufrir las consecuencias de una confrontación de esa magnitud, florecen como la verdolaga. Al fin y al cabo, quizá, esa contradicción sea el único rasgo verdaderamente dialéctico del proceso revolucionario venezolano.

En el marco de esta incertidumbre existencial, el discurso de Chávez nos advierte que durante su primer período presidencial sólo vivimos una etapa de transición. Sus argumentos para presentar ahora una propuesta de nueva constitución responden precisamente a la necesidad de fijarle su rumbo definitivo a la revolución, su identidad verdadera, antes bolivariana por comodidad y ahora socialista por aparente convicción, aunque para eludir definiciones inadecuadas la nueva república termine llamándose bolivariana-socialista. ¿Acaso Bolívar, de haber vivido unos años más, no se habría convertido al marxismo? La Constitución de 1999 era la mejor constitución del mundo según la propaganda oficial de antaño. La versión actual es muy distinta. Mediatizada hasta la médula por la infiltración imperialista, el proyecto constitucional de 1999 no pudo cuajar. Si bien sepultaba a medias el pasado liberal de la democracia venezolana, apenas entreabría una rendija por donde a muy duras penas lograron filtrarse leves corrientes de aires revolucionarios. La nueva constitución, ahora que sí somos rojos rojitos, sin medias tintas ni pendejadas, aspira a abrirle de par en par las puertas de Venezuela al socialismo. ¿Socialismo en pleno siglo XXI? Poco importa si estamos a un paso de adentrarnos en un laberinto comunista de verdad o todo se reduce a utilizar el socialismo como coartada.

Lo que de veras cuenta es que allí, en ese punto al que nos conduce Chávez, con gusto algunos, a disgusto muchos, todos, civiles y militares, chavistas y antichavistas, al fin pronto llegaremos a no ser sino nada.






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