El líder

Por Venezuela Real - 23 de Octubre, 2007, 17:31, Categoría: Cultura e Ideas

José Toro Hardy
El Universal
23 de octubre de 2007

Pretenden ideologizar a la población transformándolos en eunucos políticos del Estado

Algunos líderes parecen destinados por la Providencia a sembrar de miserias el futuro de sus pueblos en nombre de una ambición desmedida de poder. Muchos de estos líderes tienen un denominador común: son carismáticos, extraordinarios oradores, populistas, demagogos y no tienen escrúpulos.

Incapaces de aceptar las reglas del juego político convencional, adaptan las leyes a sus propios deseos y llegan al extremo de creer que sus deseos son la única constitución que debe imperar. Inevitablemente, si se les permite, se transforman en dictadores. Son incapaces de concebir que algún día puedan abandonar el poder.

No tienen ningún reparo en reescribir capítulos enteros de la historia, para adecuarla a sus conveniencias.

Ególatras enfermizos, recurren con eficacia a grandes maquinarias propagandísticas con el objetivo de ensalzar y endiosar su propia imagen ante los ojos de un pueblo desprevenido. 

Insignes oradores, pueden hipnotizar a las masas, tensando las fibras más íntimas de algunos seres humanos, despertando en ellos pasiones, odios y también amor; pero, en todo caso, doblegando la voluntad de esas masas a su propia voluntad.

Violentos por naturaleza, transmiten su violencia a importantes sectores de la colectividad, infectando el alma de quienes, hechizados por sus palabras, se transforman en fanáticos que renuncian a su capacidad de raciocinio y se limitan a repetir con gestos y palabras las consignas que reciben del régimen.

Pretenden ideologizar a la población -en particular a los más jóvenes- transformándolos en eunucos políticos del Estado. Por ello siempre reforman los sistemas educativos para adaptarlos a la ideología que intentan imponer.

Destruyen el equilibrio de los poderes y ponen especial énfasis en mediatizar la justicia. También controlan los parlamentos, para que estos aprueben las leyes dictadas por el líder. Crean mecanismos para anular las garantías ciudadanas y acabar con la libertad de expresión. De talante desconfiado y paranoico estos líderes suelen crear organizaciones armadas paralelas para oponerlas a los ejércitos regulares, a los cuales temen. Estas organizaciones se transforman en una suerte de comisarios políticos que amenazan e infunden temor tanto a la población en general como a las fuerzas armadas regulares en particular, cuya sumisión constituye uno de sus principales objetivos del régimen.

Dividen a la sociedad en buenos y malos, en amigos y enemigos. A los primeros hay que premiarlos, a los segundos neutralizarlos o eliminarlos. Para monopolizar la acción política, crean partidos únicos e introducen cambios en los símbolos patrios. Con el tiempo, llegan a ilegalizar a todos los demás partidos.

Conocedores de la naturaleza humana, comprenden que la codicia es uno de los mecanismos más eficaces para someter a algunos sectores, a quienes compran con prebendas y beneficios, transformándolos en aliados y aduladores que apoyan al régimen porque tienen los bolsillos llenos y las conciencias vacías. 

Dominados por el ansia de poder, estos líderes proyectan siempre su imaginación más allá de las fronteras de su nación, percibiéndose a sí mismos como adalides de todo un continente. 

También al mundo lo dividen entre países amigos y enemigos. A los últimos suelen acusarlos de mil infamias y permanentemente recurren a la cantaleta de que los enemigos atacarán a la patria. Y es que el patrioterismo, más que el patriotismo, es otra de las características de estos líderes.

Se rasgan las vestiduras en nombre de la defensa de la soberanía, a la vez que no tienen el menor inconveniente en intervenir de la manera más descarada en los asuntos internos de otras naciones. Arman a su país hasta los dientes. Sacrifican cualquier otra necesidad de la sociedad, por urgente que sea, porque desde su punto de vista, la intimidación -interna y externa- es la única forma de mantenerse en el poder. Para eso sirven las armas.

A la larga, terminan por hundir a sus países en una vorágine de violencia.

Me estoy refiriendo, por supuesto, a Adolfo Hitler, o a Benito Mussolini, o a Fidel Castro, o a Saddam Hussein. La lista es muy larga y la ideología poco importa. 

Al revisar las páginas de la historia resulta inevitable lamentar las oportunidades que muchos pueblos desperdiciaron y que hubiesen podido servir para ahorrarles la tragedia del totalitarismo que ensombreció su destino, a veces por décadas enteras. Quizás la culpa la tuvieron esos mismos pueblos cuando por indecisión, indiferencia, ignorancia o miedo, permitieron la instauración de esas tiranías.





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