La izquierda democrática y el totalitarismo

Por Venezuela Real - 27 de Octubre, 2007, 19:57, Categoría: Política Nacional

Antonio Sánchez García 
WebArticulista.com
27de  octubre de 2007

A Pompeyo Márquez, amigo y venezolano ejemplar

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Por fin la izquierda venezolana logró su secular propósito de acercarse al Poder. Sólo que para lograr superar la maldición del 5% histórico y romper el ghetto que la separaba de las masas populares tuvo que hacerlo de contrabando, plegada entre los turbios faldones del golpismo cuartelero y militarista de la tradición caudillesca venezolana, escudándose tras su cara más fea: la del teniente coronel Hugo Chávez. Quien, si no hubiera contado con la colaboración de quienes reinaban en Fuerte Tiuna el 4 de febrero, la maligna complicidad de parte del Estado Mayor y la ominosa obsecuencia de gran parte del decadente estamento político, empresarial y mediático que esperaba pescar en río revuelto hubiera seguido las huellas del teniente coronel Tejero, aquel impresentable sargentón de la Guardia Civil española que se alzara contra la frágil democracia española a comienzos de los 80 y pagara su insolencia, su desparpajo y su felonía con veinte años de cárcel.

Hoy, esa misma izquierda despierta de la ensoñación. Cuando el teniente coronel, inflado en su tropical despropósito hasta extremos siderales y poseído por ínfulas tan imperiales como las de sus invocados arquetipos, muestra su verdadero rostro: el rostro más feo de la izquierda. Que a estas alturas del partido ya ni ella misma – la izquierda - sabe si catalogar de extrema izquierda o de extrema derecha, si comunista o fascista, leninista o mussoliniana. Con un solo y supremo objetivo: restablecer en Venezuela la más feroz de las tiranías para blindar el trono y gobernar hasta que le abandonen las fuerzas. Y aún más allá, como lo hizo Juan Vicente Gómez y hoy lo pretende el patético esperpento en que ha devenido el otrora pujante líder cubano Fidel Castro.

Ni siquiera se trata de esa izquierda democrática que supo deslindarse del golpismo foquista de los años sesenta ganándose los peores y más insultantes epítetos de parte de Castro, empeñado entonces en lograr lo que ha tardado cuarenta años en obtener: arrodillar a la Venezuela democrática, tragársela con infraestructura petrolera, cultura y economía como una boa constrictor a un venado y convertirla en su plataforma imperial en América Latina. ¿Habrán olvidado García Ponce y otros próceres del PCV los insultos proferidos en su contra por el entonces joven comandante Castro? Los calificó de "monopolizadores del reformismo, cobardes, traidores". Incluso de agentes del imperialismo y la CIA, como suele recordarlo no sin cierto orgullo Pompeyo Márquez. Distanciándose de ellos para siempre, pues no habría poder – se refería a la Unión Soviética, cuyo bloqueo ideológico estuvo a punto de comparar con el del imperialismo yanqui – "que nos obligue a santificar cualquier debilidad, que nos obligue a santificar cualquier desviación, que nos obligue a seguir una política de compadreo con todo tipo de reformistas". Entre Castro y la izquierda democrática venezolana se abrió una zanja nunca superada, nunca resuelta. Así se la solapara con buenos modales ante la patética soledad del tirano. Hoy vuelve a reventarle en el rostro a ésa, su cara más fea. La del teniente coronel Hugo Chávez.

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La línea demarcatoria entre la izquierda dictatorial y la izquierda democrática quedaría trazada para siempre. Quien se sometiera a los dictados de Fidel Castro tendría su santificación, su respaldo y su dinero. Sus armas y sus combatientes. Sus maletines de dólares y sus desembarcos: como los millones repartidos entre sus aliados en África y América Latina y las invasiones protagonizadas en 1966 y 1967 por Falcón y Machurucuto en las figuras de sus más eminentes y destacados oficiales, como Arnaldo Ochoa, Menéndez Tomassevich y Ulises Rosales del Toro. Aquellos que por respeto a su propia dignidad y a la bandera de su patria se negaran a convertirse en sus lacayos, serían execrados y maldecidos para siempre. Entonces, en la primera línea de los "traidores y cobardes" quedaron Guillermo García Ponce, Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff. Muy pronto, cuando se acogieran a la pacificación y se incorporaran a la vida política legal, también lo estarían sus peones de El Bachiller: Moisés Moleiro, Héctor Pérez Marcano, Américo Martín.

Hoy, cuarenta años después y cuando Fidel Castro ya tiene a su estado mayor instalado en la cabecera de playa de Fuerte Tiuna y a su G-2 en PDVSA, en la CANTV, en La Electricidad de Caracas y en todos los ministerios de la república, con un sátrapa a su servicio en el propio trono de Miraflores y decenas de miles de combatientes infiltrados como asesores, médicos y entrenadores deportivos repartidos por el territorio nacional,  los campos vuelven a dividirse. Ya no entre esa izquierda "reformista" – Pompeyo, Teodoro, Américo o Pérez Marcano – y la revolucionaria – Douglas Bravo, Prada, Luben Petkoff – sino entre los promotores de la más feroz de las dictaduras – algunos de viejo cuño, como Fernando Soto Rojas, de triste recordación como comandante de las guerrillas de El Bachiller y otros recién incorporados, como el teniente Diosdado Cabello. Y del otro lado quienes aún sintiéndose socialistas y revolucionarios no se resignan a someterse a las ruedas de carreta del gomecismo decimonónico, caudillesco y totalitario de Hugo Chávez. Se cuentan por cientos las deserciones en la crema de la nomenklatura gobernante. Rumian su desesperación por los pasillos rojo-rojitos del Poder o ya salen a la palestra sin importar las consecuencias. Algunos conocidos y de renombre, como Ramón Martínez, Didalco Bolívar o Ismael García, otros menos notorios pero igual o más importantes en las huestes que ahora mismo se desgajan de las filas del totalitarismo en movimiento.

Es la profunda, la grave, la ya evidente y posiblemente irreparable crisis que afecta al régimen: la lucha mortal y a cuchillo entre los sectores dictatoriales y los sectores democráticos del llamado proceso, entre la cara más fea de la izquierda – caudillesca, autocrática, militarista y totalitaria - y la izquierda civilista y democrática que, aún sintiéndose socialista e incluso marxista, no está dispuesta a avalar la degollina de nuestra institucionalidad y los logros de cuarenta años de democracia,  al riesgo de convertirse en carne de mazmorra de la inminente dictadura castro fascista que nos amenaza, encubierta en la mascarada de un seudo reforma constitucional. No sería ni será la última vez que la revolución devore a sus mejores hijos.

Los inminentes cadáveres exquisitos del chavismo castrista ya comprenden lo que la izquierda democrática viene reclamándoles desde hace años: están avalando un crimen del que serán las primeras víctimas. Es de extrema urgencia tenderles un puente y unirlos al esfuerzo por enderezar el rumbo de la patria.

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Nadie mejor para construir ese puente hacia la disidencia del chavismo que la propia izquierda. Pero ello debiera ser parte de una gran operación de rejuvenecimiento y actualización de sus postulados, sus principios y su entronque popular y democrático con las corrientes universales de la globalización. Siguiendo las pautas de la izquierda española, francesa y alemana, ya hechas vida en el Partido Por la Democracia (PPD) de Sergio Bitar, y entre los sectores que siguen a Ricardo Lagos en el Partido Socialista, ambos en Chile, o entre los sectores democráticos del PT brasileño, que ya marcan sus diferencias con el añejo y trasnochado extremismo de ideólogos y militantes de proveniencia trotskista, siempre al obsecuente servicio del castrismo.

La izquierda ha muerto. Me refiero a la marxista leninista, a la trotskista, a la castrista, a la guevarista y maoísta. A la que levantó el muro de Berlín y todavía no despierta de entre las ruinas dejadas por su derrumbe. Me refiero al lastre borbónico de los viejos militantes del estalinismo  que siguen pegado a la rémora del chavismo golpista y aún no comprenden o les aterra comprender el berenjenal en que están metidos: esclavizados por un teniente coronel fascista. Me refiero a las viudas de la guerra de guerrillas, a los huérfanos de los secuestros y el terrorismo venezolano del pasado. Me refiero a quienes se han arrodillado ante el caciquismo militarista y hitleriano que hoy pretende retrotraernos a los peores tiempos del siglo XIX y XX. Me refiero también a los viejos corruptos de la IV que medran a la sombra del tirano, con su corte de bufones. Y hoy quisieran lavarse el rostro con una seudo objetividad mediática.

Viva en cambio está la izquierda que está naciendo de Un Nuevo Tiempo, de Acción Democrática, de la disidencia chavista y de los siempre actuales líderes auténticos del pueblo izquierdista venezolano, no importa proveniencia ni militancia. Todos ellos debieran comprender la gravedad del momento, deponer pasadas diferencias e injurias y avanzar resueltamente hacia la construcción de ese gran movimiento de la izquierda democrática venezolana, capaz de aglutinar a todos aquellos sectores que se sienten deudores y reivindican el pasado democrático de la izquierda venezolana, constructora de la única democracia habida en el país: la de Rómulo Betancourt, Pérez Alfonzo, Prieto Figueroa y tantos y tantos luchadores sociales de la izquierda democrática y progresista.

La izquierda ha muerto. Viva la izquierda. Debiera ser la consigna de la nueva izquierda, si atinara con el diagnóstico y el tratamiento a nuestra grave crisis política y espiritual. Comenzando por la construcción de un sólido e infranqueable muro contra el totalitarismo. Lo reclaman no sólo los antiguos izquierdistas venezolanos, sino el país entero. Dios quiera iluminar a sus dirigentes y darles las fuerzas y el coraje suficientes como para atreverse a adelantar la única, la verdadera revolución que está a la orden del día: la de la liberalización y modernización de Venezuela. Sin importar ni el color ni la bandería de quienes sean capaces de liderarla. Es tarea de todos. Los estudiantes nos están dando un extraordinario ejemplo. Sería sensato seguirlo.






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