Violenta profecía

Por Venezuela Real - 1 de Noviembre, 2007, 15:51, Categoría: REFORMA CONSTITUCIONAL

Ramón Piñango
El Nacional
01 de octubre de 2007

Llegó noviembre, mes crítico para el referéndum constitucional. Parte importante del país está convencido de que el Gobierno no está proponiendo cambio alguno, está imponiendo todo, aunque ha tratado de generar una aparente discusión de lo que trata de imponernos. No lo ha logrado, a pesar de tanto discursear de abogados constitucionalistas que se empeñan en argumentar con elegancia académica como si su opinión fuese a ser tomada en cuenta.

El régimen va con todo para que se haga la reforma. Y hay gente que no está dispuesta a que se lleve a cabo el cambio de Constitución que se nos vende como simple reforma.

El enfrentamiento entre ambas posiciones se torna cada vez más amargo. Agresiones a marchas de la oposición, puñetazos, narices fracturadas, insultos a Pompeyo Márquez.

Y quienes gobiernan no dan la menor señal de preocupación por las manifestaciones de violencia, que simplemente consideran responsabilidad de la oposición.

Pero más allá de los hechos, lo más significativo y alarmante es que, en la mente de muchos simpatizantes o antagonistas del régimen, ha cobrado plena vida la hipótesis de que la violencia nos ha de alcanzar más pronto que tarde, posiblemente en las próximas semanas. De manera explícita o implícita, en cada uno de esos dos ámbitos de la política venezolana se extiende la convicción de que la violencia es la única salida: para mantenerse en el gobierno con una nueva Constitución, en el caso del chavismo, o para desplazar del poder a quienes nos gobiernan, en el caso del antichavismo. Y a muchos analistas les huele a violencia.

Hay quienes hablan de olor a pólvora. Hay quienes se refugian en la historia y anticipan posibles traiciones. Circulan por allí comunicados o manifiestos de grupos revolucionarios radicales para los cuales el Gobierno no entiende que la prioridad absoluta es la eliminación física del enemigo, lo cual incluye empresarios, curas y políticos de oposición. Para esos grupos tal inconciencia gubernamental es motivo suficiente para derrocarlo, y, de esta manera, llevar a cabo una auténtica revolución.

Así, la violencia se ha convertido paulatinamente en una profecía; obviamente, una terrible profecía. Si alguna cosa engendra violencia es la convicción de que ella es inevitable. Por un parte, los bandos en pugna esperan violencia del bando contrario y se preparan para enfrentar violentamente a un duro enemigo. Por otra, quienes como observadores o analistas anticipan violencia, tienden a adoptar una actitud de resignación, como si nada pudiera hacerse para torcer el rumbo de lo que parece inevitable. De este modo, progresivamente la violencia se convierte en la amarga medicina que todos nos tenemos que tragar para que el país se salve de de sí mismo, de los males generados por un sector del país, obviamente encarnado por el enemigo.

A todas estas, los actores tradicionalmente neutrales o pacifistas van cuadrándose con uno u otro lado. Los posibles conciliadores o árbitros "naturales" por su prestigio social se tornan más escasos, lo cual es particularmente desalentador porque hace tiempo que el árbitro institucional lógico, el Estado, está en manos de uno de los sectores en pugna.

Puestas así las cosas, si echáramos las cartas del Tarot, con seguridad la carta del carro saldría fatídicamente invertida, anunciando malas noticias, peligroso descontrol, violencia, desorden generalizado. ¿Estaremos todavía a tiempo para, con nuestra conducta, enderezar esa carta para que represente triunfo, victoria, esperanza, habilidad para determinar el propio destino?






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