El valor del silencio

Por Venezuela Real - 10 de Noviembre, 2007, 10:53, Categoría: Política Internacional

MILAGROS SOCORRO
El Nacional
18 de noviembre de 2007

No es lo mismo callarse que guardar silencio. Callarse podría ser apenas una interrupción en medio de espesa perorata o el acatamiento súbito a una humillante orden en sentido tal. Guardar silencio, en cambio, es la actitud correspondiente a una determinación. No es el cese repentino de una impertinente cháchara sino la tregua inherente al diálogo civilizado. El silencio es también el homenaje más sobrio que puede tributarse a un contertulio, al exponente que en ese momento ocupa la tribuna... o a la memoria de una personalidad cuyo deceso es ocasión para manifestar nuestro respeto y consideración.

En la sobrepublicitada clausura de la Cumbre Iberoamericana, celebrada en Santiago de Chile, el presidente Chávez tuvo que guardar silencio porque se lo impuso el rey de España (con rudeza que, por cierto, no me hace ninguna gracia y que encuentro más emparentada con el juliganismo español que nos trata que sudacas que con el metabolismo temperamental de un monarca que ese día amaneció humano). El punto es que Chávez se vio en el humillante brete de callarse un día en que hubiera quedado como un rey si, además de enmudecer mientras los otros hablaban, hubiera solicitado un minuto de silencio por el reciente fallecimiento del ex presidente Luis Herrera Campins, demócrata cabal y figura de recatado lucimiento en escenarios como estas cumbres en las que Chávez va de abismo en abismo.

Si el gobierno de Chávez contara con una política internacional medianamente sensata o si, al menos, tuviera un canciller merecedor de ese rango (Maduro, un hombre que para contar más allá de diez tiene que quitarse un zapato, no será, desde luego, quien le sugiera lo más conveniente para la república y para su propia reputación); en fin, que si el Presidente escuchara a un experto, con toda seguridad hubiera sido inducido a solicitar ese pequeño tributo para el ex presidente venezolano que el día anterior había ingresado en la historia. En vez de eso, y en ejercicio de una egolatría que ya es competencia de psiquiatras, se empeñó en convertir la Cumbre en un té canasta donde la charla versara acerca de él y del golpismo, única disciplina en la que, a pesar de su fracaso y reflejos correlones, puede considerarse un experto.

A su lado se encontraba un sujeto que debería ser conminado por la decencia del mundo a callarse para siempre. Se trata de Daniel Ortega, presidente de Nicaragua, a pesar de saberse que fue violador sistemático por varios años de Zoilamérica Narváez, su hija adoptiva.

También él, si tuviera un ínfimo sentido del decoro y la gratitud, hubiera podido pedir ese minuto de silencio para el ex presidente Herrera, a quien se debe una alta contribución a la paz de Centroamérica y un apoyo muy apreciable en los meses que siguieron al triunfo de los sandinistas.

Luis Herrera era presidente de Venezuela cuando terminó la guerra civil que libraba el FSLN contra las fuerzas del tirano Somoza, y con esa investidura voló a la devastada Managua a pocos días del cese de las hostilidades y de la instalación de los insurgentes en el poder. Fue una visita de menos de 48 horas. Luis Herrera fue hospedado en un hotel, desde donde debía salir a reunirse con los nuevos gobernantes. Pero resulta que la ciudad distaba mucho de encontrarse en paz. Se registraban tiroteos todo el tiempo. El edecán de Herrera le proporcionó un chaleco antibalas que el mandatario se puso a regañadientes porque le resultaba demasiado caluroso. Ya empaquetado en el inmenso chaleco, tanto el presidente como su guardia personal se dirigieron a la puerta del hotel pero tuvieron que echar marcha atrás porque se escuchaba un tableteo de ametralladora no lejana.

Esta crispada coreografía se repitió un par de veces más hasta que Luis Herrera se impuso y dijo a sus agentes de seguridad (un conjunto que cabía en un carro): "Yo no vine hasta aquí para quedarme varado en un hotel. Vámonos". Y fue así como el grupo se aventuró hasta la calle, donde crepitaba el plomo, y metieron al mandatario en el automóvil oficial. ¿Alguien conocía este lance que demuestra el arrojo físico del presidente Herrera? ¿Se imaginan cuántas horas hubiera empleado Chávez en contarlo para echárselas, si hubiera afrontado un peligro semejante? Bueno, eso sería ilimitado porque Chávez ni calla ni hace silencio. Ni le llega por los pies a Luis Herrera.





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