Políticos parapoliciales

Por Venezuela Real - 18 de Noviembre, 2007, 12:34, Categoría: Gente de Chávez

TULIO HERNÁNDEZ  
El Nacional
18 de noviembre de 2007

¿Qué tienen en común el gesto delator de la joven dirigente oficialista Janlisbert Velasco cuando concluye que "habrá que allanar las universidades" autónomas para frenar la supuesta "locura" de la oposición, la propuesta obviamente delictiva de la diputada Iris Valera cuando convoca a sus copartidarios a hacer justicia con sus propias manos marchando a "tomar" la televisora Globovisión, ya que el Gobierno no lo hace, y las declaraciones de dirigentes estudiantiles del PSUV en las que anuncian que sus grupos organizados están dispuestos a enfrentar por la fuerza a los estudiantes opositores para impedirles trancar calles en sus actos de protesta contra el proyecto de reforma constitucional? Tienen en común, en primer lugar, que los tres desplantes provienen de voceros calificados del proyecto bolivariano y no han sido desmentidos o rechazados por autoridades del Gobierno ni por dirigentes del partido único, lo que las convierte en posición oficial.

En segundo lugar, que las tres son, en esencia, estrategias de criminalización de la disidencia ideológica y la protesta social, a las que se propone enfrentar no a través del debate o la confrontación propiamente política sino por medio de acciones de violencia física extrema emprendidas, ya por fuerzas policiales o militares, ya a través de hordas, linchamientos, o grupos de camisas rojas convertidos en brigadas de choque.

Y, por último, probablemente lo más grave, especialmente en las propuestas de la diputada y de la juventud del PSUV, tienen en común que en ambos casos se trata de iniciativas, de naturaleza totalitarias, en las que el partido y sus militantes (¿se acuerdan de los camisas negras de Mussolini?) se atribuyen derechos y funciones que son específicos de la policía o de las instituciones judiciales, y crean así una justicia y un aparato policial paralelos que prescinde del debido proceso y abren las puertas a la vieja mitología revolucionaria, tan costosa en vidas en el caso cubano.

El mensaje es muy claro: la violencia parapolicial intimidatoria está inscrita como componente fundamental en los modos de actuar y de pensar de una buena parte de la dirigencia política del proyecto bolivariano. Pero no hay que equivocarse, porque no se trata de circunstanciales disposiciones individuales que impulsan con frecuencia extrema a algunos militantes a escenificar actos, gestos o exhortaciones violentas en contra de los venezolanos que disienten de su gobierno. La frecuencia de estos gestos, en los momentos cuando se agudiza la polarización política, nos hace entender que estamos, por el contrario, ante una conducta sistemática que peligrosamente se ha ido convirtiendo en paisaje, y que encuentra en el silencio del Presidente y de las autoridades que deben velar por la seguridad de los venezolanos la más evidente prueba de complicidad.

Nada bueno. Han transcurrido casi nueve años de gobierno y la paz, el sosiego, la convivencia plural aún no han sido conquistadas. Si el presidente Chávez lo hubiese querido, si, como suele alardear, su corazón estuviese abierto a la democracia, el diálogo y el amor por los demás, en el presente, tantos años después del inicio de su mandato, otra atmósfera se respiraría en la nación venezolana.

Pero Hugo Chávez, ahora lo sabemos a plenitud, no es un estadista. Es un guerrero. No le gusta la paz. Ni el diálogo, la negociación o el respeto de las mínimas reglas de debate civilizado. Por eso en la práctica nunca los invoca. Salvo en la retórica.

Prefiere la guerra. El maltrato verbal. La confrontación abierta. La división del mundo entre buenos y malos. Aliados y enemigos. Fieles y traidores. Lacayos del imperialismo y buenos patriotas de la revolución.

Su vocación mayor es dividir.

Exasperar.

Sacar de quicio al oponente. Convertir todo, desde una reunión entre gobernantes hasta una consulta electoral, en un campo de batalla.


Por eso su gesto de campaña es un puño cerrado que golpea al otro, que a sus fines representa al que no le acompaña.

Lo peor es que ya ha hecho escuela y muchos de sus seguidores, cada vez más, hablan desde el mismo lenguaje del odio, la ira y la descalificación moral. Las mismas emociones que han llevado a Janlisbert Velasco a oficiar uno de los actos más reaccionarios que se le haya visto cometer a un joven activista político al dejar caer, como si fuera policía, lacónica y fríamente, la memorable frase de: "Habrá que allanar las universidades". Con el general Gómez, versión femenina, hemos topado.
 
 





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