¡Rotundamente NO!

Por Venezuela Real - 20 de Noviembre, 2007, 12:42, Categoría: REFORMA CONSTITUCIONAL

Luis Enrique Alcalá
Doctor Político / ND
20 de noviembre de 2007

La nación venezolana llega a una encrucijada de suma gravedad. El próximo 2 de diciembre se celebrará el referéndum que decidirá sobre una nueva constitución para Venezuela.

El Presidente de la República ha introducido un proyecto de amplia y profunda alteración de nuestro marco constitucional, que tiene por objeto extender el ámbito de su ya recrecido poder y su duración, haciéndolo, en la práctica, absoluto y vitalicio. Por si esto fuera poco, la Asamblea Nacional ha añadido otros cambios a la Constitución que hacen todavía más nocivo el proyecto presidencial.

El Presidente ha impedido la consideración serena de tal despropósito, al imponer innecesaria prisa al referéndum.

El Presidente ha procurado disimular su verdadero objetivo—la prolongación y ampliación de su poder—mediante un proyecto de gran complejidad que hace difícil distinguirlo.

El Presidente ha demostrado poco respeto por la inteligencia de los Electores, al incluir en su proyecto carnadas que lo hagan apetecible, como una reducción de la jornada laboral que pudiera legislarse en otro sitio y es absurdo elevar a rango constitucional.

El Presidente ha frustrado el debate democrático, al no hacer caso de los argumentos de quienes consideran inconveniente su proyecto, despreciándolos e insultándolos, llamándolos vendepatrias si no son de su bando y traidores si hasta ahora lo han sido.

Es imperativo que Venezuela impida este proyecto de dominación absoluta. El Presidente ya dispone de poder excesivo, con el que pudiera resolver más de un problema público importante si, en vez de mantener un permanente clima de conflicto interno y externo y de procurar a toda costa su propio engrandecimiento, se dedicara a trabajar para el bien de todos los venezolanos.

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Puede aceptarse que el Presidente ha logrado cosas valiosas, como una mejora importante del nivel de vida de venezolanos de escasos recursos; puede decirse que ha despertado en ellos un sentido de dignidad que muchos les negaban; puede reconocérsele que tiene razón al preferir un mundo multipolar antes que uno dominado por una sola potencia; puede admitirse con él que una democracia representativa no es suficiente en una época con los medios de hacerla participativa; puede hasta decirse que la reconversión monetaria es aconsejable o que tiene sentido ahorrar energía con iluminación fluorescente en lugar de incandescente. No se trata de negarle hasta el agua al Presidente; de lo que se trata es de rechazar que se erija como voluntad política única y absoluta, de rechazar que pretenda sustituirnos como Soberano.

Absolutamente nadie tiene derecho, por más méritos que haya podido acumular, a considerarse tan superior a sus compatriotas que pretenda todo el poder. No puede admitirse, como dice uno de los partidarios del Presidente, que él sea “como el sol que, firme en su centro, da vida al universo”.

Es peligrosísimo para la República que se confiera poderes totales a una persona que impide el diálogo respetuoso, muy peligroso dar esos poderes a quien todo lo resuelve agresivamente con el insulto o la amenaza.

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Es cierto que era evidente un gran deterioro de la política en Venezuela antes de que el Presidente asumiera su cargo por primera vez; el país sufría entonces—como la sufre ahora de forma agravada—una seria insuficiencia política. También es cierto que desde que se convirtiera en Primer Mandatario la oposición formal ha sido muy incompetente, pues lo acusa todos los días pero jamás ha sabido refutarlo.

A mediados de 2002, una mayoría de venezolanos prefería que el actual Presidente abandonara su cargo. La burocracia opositora dilapidó esa mayoría y la tiñó de sospecha, con el aborrecible golpe de Estado de Carmona Estanga, el suicida paro petrolero y la ineficaz conducción del esfuerzo revocatorio.

Las mismas encuestadoras serias que en 2002 y parte de 2003 registraban un mayoritario rechazo del Presidente, anticiparon con suficiente tiempo, y así lo manifestaron a la Coordinadora Democrática, que el gobierno saldría airoso del referéndum revocatorio, a causa de aquellos errores y el arranque explosivo de las “misiones” a fines de 2003. Esas cosas lograron convertir un repudio general en un apoyo suficiente, y el 15 de agosto de 2004 hubo realmente más Noes que Síes.

La central opositora adelantó entonces, como excusa por su fracaso, la explicación falsa del fraude electoral; un fraude que nunca ha sido probado, a pesar de muchos intentos; un fraude del que Alejandro Plaz, altísimo directivo de Súmate, dijo hace ya más de dos años que no se podía demostrar.

El daño causado a la fe civil por esa falsedad es enorme, y ahora pesa en la angustiada conciencia de muchos ciudadanos que desde entonces creen, razonablemente, que no vale la pena ir a votar. Esa herida fue reabierta en diciembre de 2005, cuando casi todos los candidatos de oposición a la Asamblea Nacional se retiraron de las elecciones, e increíblemente se quiso presentar la elevada abstención de esos comicios como un triunfo contra el gobierno, que a pesar de ella ocupó absolutamente todos los puestos de la legislatura nacional. La abstención ha trabajado siempre a favor del gobierno.

Esa herida fue de nuevo removida en diciembre de 2006, cuando otra vez se voceó falsa e irresponsablemente que el candidato opositor había ganado las elecciones.

El Grupo La Colina, un afamado núcleo de profesionales que asesora a la oposición, ha certificado que las máquinas de votación hacen exactamente lo prometido, y que la secuencia de votos que en aquel momento guardaban no podía ser conocida si la oposición no prestaba su concurso. Más aún, el Grupo La Colina ha opinado inequívocamente que las máquinas de votación defienden mejor el voto opositor que un procedimiento manual, que nos regresaría al pasado del acta mata-votos cuando la oposición ya no es capaz de movilizar suficientes testigos a las mesas.

Algunos han argumentado que la abstención equivale a un rechazo. Esto no es verdad; pueden perfectamente abstenerse quienes estén de acuerdo con el proyecto del Presidente, por una cualquiera de varias razones. No puede atribuirse toda la abstención a quienes adversan al gobierno.

Otros, en fin, pretenden que se sume los votos negativos y las abstenciones para construir un teórico rechazo total, y también calculan que si esa suma llega a 60 o 70% de los Electores eso sería una derrota para el gobierno y una deslegitimación de la nueva constitución que se nos quiere imponer. Esto es un grave error: el 15 de diciembre de 1999 la Constitución que nos rige fue aprobada con el voto afirmativo de sólo 30,2% de los Electores; la suma de votos negativos y abstenciones alcanzó a 67,8%, y sin embargo la Constitución de 1999 está en plena vigencia. La suma que sería mortal para nuestra democracia es la de los votos afirmativos y la abstención, que más de una vez nos ha derrotado.

En noviembre de 2004 los ciudadanos de Ucrania forzaron al gobierno—corrupto, tramposo y con excesivo poder—a repetir unas elecciones que sabían fraudulentas. Pero eso fue posible porque hubo, primero que nada, una mayoría real y, luego, porque los ucranianos fueron a votar. En Ucrania no cogió cuerpo la prédica abstencionista, ni se razonó que abstenerse era lo mismo que votar. El que calla otorga.

Ahora llega otro de nuestros políticos diciembres, y otra vez es una mayoría nacional la que no quiere el proyecto del Presidente. Esta mayoría debe hacerse presente, como se hicieron presentes para ganar los estudiantes de la Universidad Central de Venezuela en su reciente elección. Esta mayoría debe ir a votar el próximo 2 de diciembre con un rotundo y sencillo no al proyecto presidencial.

Hay que decir al Presidente el 2 de diciembre que basta de cirugía; que debemos pasar ya a una serena fase médica, en la que el paciente pueda recuperarse con calma, sin más anestesia, sin más prótesis constitucionales, más bisturí o más tenazas que corten y agredan el cuerpo social.
Hay que decirle que ha llegado la hora de la paz.

No debemos abstenernos; no debemos callar. Por lo contrario, somos nosotros, el verdadero Soberano, no ya el Rey de España, quienes debemos hablar para decir al Presidente que es tiempo de que calle. Ya ha hablado demasiado.

Ahora el derecho de palabra es nuestro.






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