Decir No

Por Venezuela Real - 25 de Noviembre, 2007, 14:39, Categoría: REFORMA CONSTITUCIONAL

ALBERTO BARRERA TYSZKA
El Nacional
25 de noviembre de 2007

Nuestros problemas son otros. La reforma es una urgencia inventada. Es una necesidad del poder propuesta de pronto como una necesidad del país 

¿ En qué momento la política se nos convirtió en melodrama? Porque tiene que haber un instante justo, digo, un capítulo de esta historia frente al que uno exclame: "Ajá. Ahí está. Así fue que nos jodimos". ¿Qué día amanecimos pensando que las instituciones estorban, que la democracia es un defecto gramático, que las formas son un espejismo prescindible, que lo único que en verdad importa es el amor, este amor inmenso y eterno que tenemos con Hugo Chávez Frías? En medio de las manadas de incertidumbres que rodean la propuesta de un cambio radical de la Constitución, vuelve a aparecer el afecto, el sentimiento, como razón fundamental del gobierno. En el fondo, no hay nada que debatir. Lo único que se promueve y se pide es fidelidad, fidelidad a una marca. ¿Quieres o no quieres a Chávez? En términos políticos, el Gobierno no se anda por las ramas. Su fe en el mercado es feroz. No importa lo que venda Chávez. Siempre tienes que comprar. Consume con los ojos cerrados. Consume aunque te duela.

Por más que busco argumentos para entender por qué alguien puede votar por el Sí el próximo domingo, sólo consigo uno, ese, único, el mismo siempre. La revolución es una rocola. Este 2 de diciembre Chávez podría convocar un referéndum para decidir sobre el mar de Boliva, sobre una probable invasión a Dinamarca o sobre la instalación de una unidad bolivariana de producción de sorgo en Marte; el resultado tal vez sería el mismo. Sí, sí, sí. Lo que tú digas.

A partir de la experiencia de la popularidad personal, se intenta entonces cambiar radicalmente el Estado y secuestrar la experiencia ciudadana. La sociedad venezolana, ciertamente, debería haber pasado meses discutiendo a fondo esta propuesta. No se puede resolver el futuro de un país con una frase de amor, con un temblor emocional. Si, de hecho, se hubiera deseado proponer un debate serio y a fondo no se hubieran mezclado, para empezar, los problemas formales de nuestro marco legal con asuntos reivindicativos. Es ridículo hacer un referéndum para consultarle a alguien si está o no de acuerdo con tener más tiempo libre.

Porque es obvio que para reducir la jornada laboral o para integrar a los trabajadores independientes en la seguridad social, no hace falta un cambio en la Constitución sino un gobierno eficaz. Aquello que se vende como consecuencia positiva de la reforma es, en el sentido más estricto, un problema de gerencia que bien pudiera haberse resuelto en estos nueve años de gobierno. Nuestros problemas son otros. Estamos, de nuevo, ante una agenda impuesta, desde el poder, desde la popularidad del poder, incluso.

La reforma es una urgencia inventada. Es una necesidad del poder propuesta de pronto como una necesidad del país.

Ninguna constitución bajará la inflación ni producirá riqueza. Ninguna constitución salvará a todos los venezolanos que, semanalmente, son asesinados en los barrios populares del país.

Lo sorprendente es que la reforma se nos ofrece como exigencia impostergable de la historia, como parte de un proceso indetenible en el camino revolucionario de la democratización del poder.

Sin embargo, en el papel, en el rigor de lo escrito, la reforma parece ser todo lo contrario: reconcentra, más bien, el poder en la figura del primer mandatario. El Presidente es la representación del pueblo, la única representación confiable del pueblo. Todos los demás son su entorno. La rima se asoma sola: todos los demás son su adorno.

Paradojas de la historia: en nombre de la verdadera democracia se oficializa el personalismo. La revolución de todos es una persona a la que nadie puede contradecir. Mucha razón tenía Albert Camus: El hombre rebelde es "un hombre que dice no".

Con algunos amigos, militantes o cercanos al proceso, he intentado hacer un breve ejercicio. Tras discutir un poco sobre el tema, les propongo un paréntesis, casi un juego de imaginación. A algunos les suena un poco amanerado, pero después ceden. Respira hondo, digo. Pensemos en la reforma. En todo lo que hemos hablado. En los cambios que se plantean. Por unos segundos, imaginemos al Presidente. Con esa reforma, ya aprobada, con todo ese poder... Hago una pausa, dejo colar un breve silencio. Y entonces suelto las frases como quien dejar caer unas piedras: por unos segundos, imagina entonces que el presidente es Julio Borges. Imagina que el presidente es Oscar Pérez.

O Juan Barreto. O Manuel Rosales. O Jesse Chacón... ¿Qué harías? ¿Les dirías que sí? El método nunca falla.

Siempre me miran con una grosería rebotando en las pupilas. "No seas pajúo", es lo más suave que han dicho. Pero después su respuesta siempre es no. Todos dicen que no.

Cuando se separan de la fidelidad afectiva a Chávez, dicen que no. Cuando la política deja de ser un bolero, dicen que no. Cuando asumen que una constitución no se piensa para una sola persona sino para todo un país, entonces dicen que no. Ni de vaina.






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