Rincón patrio

Por Venezuela Real - 4 de Diciembre, 2007, 17:51, Categoría: Cultura e Ideas

ANTONIO LÓPEZ ORTEGA
El Nacional
04 de diciembre de 2007

Me tocó votar en una escuelita pública de Santa Eduvigis. Y más específicamente en un salón donde todo era miniaturas: un kínder, pensé. Traté de imaginarme lo que en ese salón ocurre diariamente: los juegos, los aprendizajes, los gritos, los llantos. ¿Qué maestra invertirá su vida frente a los críos imaginarios? ¿Con qué grado de paciencia contará para encarar tanta algarabía? Las carteleras estaban hechas con esmero: muy rudimentarias, por supuesto, pero con frases bien armadas. La humildad de nuestras escuelas públicas, pensé, es una variable inmutable. Uno espera que allí se inviertan los mayores recursos públicos, que allí la alegría florezca, pero la estampa es siempre la misma: pocos recursos educativos, pobre mobiliario, una sensación como de esfuerzo perdido.

En el centro de votación, desde tempranas horas, había mucha organización y poca gente. Una suerte de voluntariado espontáneo, mujeres en su mayoría, organizaba colas, repartía refrescos y privilegiaba a los votantes mayores. El clima era de simpatía y la acogida no podía ser más amable. Todo bien organizado y bien explicado. La gente suele reunirse, antes o después de votar, y conversar sobre la marcha de la votación: que si el proceso es rápido, que si la abstención es peligrosa, que si la elección es transparente.

Entre serios y curiosos, los votantes van pasando, viejos y jóvenes, frente a las máquinas de votación.

¿Quién se pierde esta fiesta? ¿Quién, bajo la creencia que sea, sostiene que no participando logra algo? ¿Cómo entender ese estado del espíritu que, más allá de desmanes y frustraciones del pasado, piensa que quedarse en casa es un acto político? En algún remoto futuro, cuando los análisis no dependan de coyunturas específicas, trataremos de entender por qué en la Venezuela de hoy los abstencionistas pueden hacer legión y constituir entre 40% y 50% de la población. ¿A qué credo responden, qué los mueve, qué principio ordena sus vidas? Las posiciones políticas no se reducen a oficialistas u opositores, las ya consabidas. Diríase más bien que el ejercicio de análisis es ahora más arduo: entender a los abstencionistas, hurgar en esa psique colectiva, deducir los valores que los convierte en una masa inmóvil, ausente. Y lo peor: entender que, pese a todo, pese a lo que nos duela, son también venezolanos.

Hago mi cola y, finalmente, entro a votar en mi salón de clases. Me siento como Gulliver al frente de tanta mesita, al lado de tantos mínimos pupitres donde apenas caben rodillas. Esta minucia, me digo, es el futuro del país; estos llantos, me digo, son el porvenir.

El presidente de mesa me hace estampar la huella del pulgar derecho y me orienta hacia una esquina protegida por cartones. Camino dos o tres pasos y, justo encima de la máquina de votación, irrumpe ante mis ojos una cartelera que lleva por título "Rincón patrio". Allí, con escarcha y cartulinas mal recortadas, se me aparece un rostro deforme de Bolívar y un escudo con caballo desquiciado. Bajo esas admoniciones voto, no sin cierto cosquilleo.

Desde 1973, año de mi primera votación, tiendo a hundir el meñique hasta el fondo de la tinta indeleble. Es una fijación infantil, podríamos decir, semejante a la de cualquiera de las de mis compañeritos imaginarios. Camino de vuelta y quisiera elevar mi dedo morado, como un faro, para alumbrar un océano oscuro. Pero justo antes de salir, otra cartelera me detiene y salva mis pasos: "Que en Navidad reine la paz, el amor y la alegría en familia." En familia, sigo musitando, qué difícil se nos hace cada vez más reconocernos en familia.






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