Después del último out - Manos a las "sobras"

Por Venezuela Real - 6 de Diciembre, 2007, 16:29, Categoría: Dimensión Social

NITZIA G. ÁLVAREZ FUENTES
El Mundo
06 de diciembre de 2007

Trabajadores y niños indigentes custodian el estadio para atajar los generosos residuos que deja el fervor de los juegos de pelota: los celulares son la "basura" más preciada
Los trabajadores prefieren dormir cerca del estadio que volver a sus barrios 

Apenas concluye un juego de beisbol y los fanáticos celebran la victoria o lamentan la derrota, se pone en marcha una maquinaria humana cuyo trabajo es devolverle a los estadios el esplendor perdido. Un ejemplo de ello ocurre cada noche en el estadio de la Ciudad Universitaria, donde un contingente de personas ataviadas de color azul salta a las tribunas cuando menguan las luces y comienza el proceso de recolección de desperdicios, ayudados con un aparato llamado sopladora, que es una especie de aspiradora a la inversa.

Fabián Fuenmayor es uno de los que se encarama la sopladora al hombro, apunta al piso y empieza a empujar a punta de aire los desechos. "Tengo nueve temporadas en esto", refiere quien pertenece a la empresa Pirineos, contratista de los Leones del Caracas y los Tiburones de la Guaira para mantener la limpieza. Mientras los azules soplan y barren, detrás de ellos siempre está Rafael Vásquez, un hombre pequeño y amable que se desempeña como supervisor.

Mientras una sopladora salpica de basura los pantalones, él indica que esto no es un trabajo para cualquiera, "porque requiere resistencia física. Aquí hay quien llega y no aguanta tres juegos y se va".

Eso se atribuye en parte a que la faena diaria empieza luego de mediodía cuando se lavan y secan las sillas, posteriormente todo el personal de mantenimiento se moviliza hacia los baños para limpiarlos constantemente durante el juego y apenas se canta el out 27, suben a las tribunas y gradas para dejarlas de punta en blanco. Su trabajo puede ser tan largo como sea el juego y su jornada diaria siempre oscila entre 10 y 14 horas, nunca dura las ocho ideales.

El equipo de mantenimiento lo conforman más de 30 hombres y mujeres, que en su mayoría provienen de Santa Teresa del Tuy. La lejanía entre casa y trabajo les obliga a dormir de martes a domingo en un espacio del estadio que fue acondicionado con literas. Fabián señala "si voy y vengo, en eso se me va el sueldo", pues diariamente gastaría seis mil bolívares en pasaje.

Otros, habitantes de Caracas prefieren la pernocta en Los Chaguaramos antes de emprender el camino de retorno hacia las barriadas en las que viven. Una dama, que guarda para sí su nombre y reside en Petare, dice que "no hay forma de salir: ¿en qué carrito me voy?, ¿y si me asaltan?". Luego agrega que el costo es dejar a la buena de Dios a sus tres hijos adolescentes allá, en el barrio, mientras procura el dinero para mantenerlos.

¿TRABAJO FRUCTÍFERO?

Cuando uno recorre todos los baños de damas del estadio, se tropieza siempre con una trabajadora de Pirineos que hace girar un gran rollo de papel higiénico y brinda una parte a las féminas. Este servicio público, como diría la televisión, hace que las mujeres sucumban a la tentación de agradecer la deferencia con monedas y billetes de bajo valor. Deisy, una empleada que permanece en un baño de la tribuna, mueve los dedos en el aire y suma con rapidez que estas colaboraciones, en un juego flojo de poca asistencia, pueden depararle 20 mil bolívares. Pero si son los Tiburones o Leones que juegan entre sí o contra el Magallanes, el número se infla a 50 ó 60 mil bolívares por noche. Ese monto es más que lo devengado diariamente por un trabajador que gane el salario mínimo legal, y eso sin incluir el sueldo que les paga la empresa.

La conversación con Deisy transcurre con el sonido telúrico de la samba de los Tiburones de La Guaira, que en la tribuna festejan un jonrón contra las Águilas del Zulia. En esos momentos de regocijo los fanáticos chocan los cinco, se abrazan y remojan la alegría en cerveza espumosa, para luego irse a sus casas con menos de lo que trajeron, pues en medio de la euforia suelen extraviar sus pertenencias.

Esos mismos objetos flotarán durante la limpieza. Cédulas, carnets, teléfonos, llaves, carteras, accesorios de poco valor y hasta joyas pueden ser encontrados durante la recolección de los desechos.

Sobre su destino existen dos versiones. La primera es una suerte de posición corporativa, enarbolada por Rafael Vásquez, quien dice que "todos los artículos conseguidos se consignan ante la seguridad del estadio y ellos se encargan de devolverlos a quienes los reclaman". Algunos empleados de Pirineos suscriben esta especie y dicen que siempre entregan al supervisor lo encontrado para hacerlo llegar a través de él a la empresa que resguarda el parque.

La segunda versión proviene de otros trabajadores de la empresa. "Lo que más se consigue en la tribuna son celulares", refiere una de las damas mientras limpia uno de los baños. ¿Que qué hacen con ellos?, pica el ojo y esboza una sonrisa. Otras sólo se aplanan el cabello con las manos y sonríen. Si se les vuelve a preguntar, se les puede arrancar una carcajada, con hoyitos en las mejillas y todo.

Nunca una respuesta.

EL DURO MERCADO

Los hallazgos en el estadio ya no son sólo una mina disponible para quienes lo asean. A partir de esta temporada entra a los juegos media docena de niños indigentes, que presumiblemente se filtran por la reja que colinda con El Guaire, y quienes durante el transcurrir del juego caminan por todos los kioscos de servicios y comida mientras piden dinero para comer.

Esos infantes son unas gacelas que al final del juego peinan toda la tribuna en una búsqueda relámpago de objetos valiosos. Con rapidez suben y bajan los asientos, se agachan para ver debajo de ellos e introducen sus pequeñas manos en los costados por si algo evade su visión. Esta faena la hacen al trote en menos de 15 minutos y Fabián les achaca que por ellos ya no se encuentra nada mientras limpian. "Esos carajitos no nos dejan nada. Suben rápido y revisan y se llevan todo".

Pero el mercado de estos menores no se limita a las sillas, pues una vez que requisan todos los puestos, se sientan a esperar que los peloteros salgan del clubhouse para retirarse del estadio. Hacia ellos vuelven a tender sus manitas en pos de "algo para comer". Más de uno ha salido premiado con poco más que unas monedas y otros hasta han ido a cenar con ellos a la popular arepera "El Tropezón".

En el ínterin, mientras unos limpian y buscan y otros buscan y piden, 30 funcionarios de la Policía Metropolitana resguardan el orden público y más de una docena de empleados de la seguridad privada cuentan que custodian al estadio y sus aficionados.










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