El lobo herido

Por Venezuela Real - 8 de Diciembre, 2007, 10:48, Categoría: Imagen gobierno / Chávez

Elías Pino Iturrieta
El Universal
08 de diciembre de 2007

Un demócrata a palos porque no aceptó el escrutinio de agrado, sino por fuerza

De nuevo fue mezquino Chávez con sus adversarios, quizá como nunca. El lobo herido cerca del corazón no podía mostrar su habitual arrogancia de dueño de la comarca, pero sacó fuerzas de flaquezas para asegurar que sólo había sufrido un rasguño. Más todavía, lamentó el destino de unos contrincantes que sólo fueron capaces de obtener una victoria tan menguada, pero tan menguada, que jamás incluiría él en la vitrina de sus hazañas un trofeo así de insignificante. Escandalosa patraña. Si hubiera encontrado entonces bálsamo en el calor de una sola bayoneta, el desconocimiento de la voluntad popular fuera hecho cumplido.

Si en la víspera del fracaso hubiera topado con el diablo, no habría dudado en proponerle un pacto por el mendrugo de un solo voto salvador. Pero ni siquiera Satanás podía entonces pelear contra la realidad, pese a que el suplicante se afanó en buscarlo durante diez horas agónicas. Después no tuvo más remedio que reconocer la derrota en medio de vergonzosos regateos que comenzaron por insistir en el aprieto de los resultados, como si se tratara de una partida de bolas criollas, y terminaron con la insolencia de achacarle la fatal negación de las estadísticas a la inmadurez de los electores. Haciéndose de la vista gorda ante los detalles, los aduladores han apreciado la comparecencia de su líder como un testimonio de respeto a las reglas del juego, y hasta como un gesto de gallardía, pero fue apenas la mueca de un demócrata a palos.

De un demócrata a palos porque no aceptó el escrutinio de agrado, sino por fuerza y después de oportunos arreglos. Conviene mirar hacia la intimidad de las diez horas agónicas durante las cuales manaba la sangre de su herida, para apreciar cómo buscó una solución de arbitrariedad con el objeto de evitar una catástrofe personal. Ordenó la parálisis del CNE que acumulaba ya una masa de datos suficiente para cantar un descalabro sin atenuantes y que manejaba una tecnología gracias a la cual podía divulgar los resultados totales del referendo en el plazo de 180 minutos. Detuvo el reloj del CNE durante diez horas, mientras los rectores esperaban lo que se dispusiera en palacio. El cronómetro de los rectores sólo calculó los minutos que corrían en la zozobra del quirófano de Miraflores, sin contar ni un segundo siquiera la angustia de los electores. Han esgrimido cualquier argumento para explicar una renuencia inexplicable, para justificar una morosidad que desatendía la expectativa de millones de ciudadanos a quienes sólo importaba el destino de sus votos manifestado con autonomía, pero no han convencido a nadie. Tal vez porque no saben lo que es autonomía, porque no han sentido desde que están en sus cargos la satisfacción de una conducta libre, prefirieron ocuparse exclusivamente de la bestia acribillada en las cercanías de su órgano vital sin velar por la sociedad que padecía la enormidad de su incuria. Al final debieron conformarse con el papel de remendadores de dígitos para que no se viera la magnitud del boquete en el pellejo del patrón, pues el especimen relativamente recuperado deseaba presentarse con un arañazo capaz de disminuir el triunfo de sus adversarios. Comandante en Jefe, le recetamos el paño caliente de unos retoques electorales para que apenas se vean sus magulladuras, habían recomendado antes los mandamases del cuartel. Tal había sido la cautelosa decisión de los hombres de armas rendidos ante las evidencias de lo que parecía la mutación, inexplicable para ellos, de una sociedad de gallinas convertida en legión de toros de casta; ante el rompecabezas, insondable igualmente para ellos, del establo nacional transformado en fulgurante coliseo.

Como respuesta, los gladiadores triunfantes remiten un mensaje de paz y amor a quien urdió sin éxito las maquinaciones para salirse con la suya. Pese a que las maquinaciones se detuvieron cuando en las alturas de un poder aturdido y menguado se midió la estatura descomunal de los rivales, han preferido estos bajarse del pedestal para repartir ramos de oliva. Nos inclinamos ante una oferta tan generosa y tan republicana para un pueblo que ha pasado en los últimos años ásperas pruebas, pero con razonable prevención. Como las paces no se remiten al Hermano Lobo que dialogaba con el santo de Asís mientras comía de la mano de los vecinos en una aldea candorosa, sino a Comandante Lobo capaz de fraguar inimaginables intrigas cuando salga de la clínica, inimaginables traumas y dolores que pueden conducir al desconocimiento de la gesta democrática del 2 de diciembre, con la licencia de Hermano Sol y Hermana Luna conviene dejar las conductas franciscanas para tiempos más apacibles.






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