La construcción del porvenir

Por Venezuela Real - 17 de Diciembre, 2007, 17:41, Categoría: Cultura e Ideas

ADRIÁN LIBERMAN L.
El Nacional
17 de diciembre de 2007

Los efectos del evento del 02 de diciembre son muchos y diversos. Algunos son inmediatos, otros se manifestarán a mediano y largo plazo.

Pero, en todo caso, seguimos siendo un país lleno de problemas, algunos de los cuales demandarán a varias generaciones para disminuir significativamente o desaparecer. Sin embargo, la jornada refrendaria tuvo como primer coletazo el renacimiento de la esperanza para muchos. Trajo de vuelta la idea de que el futuro no está escrito indeleblemente por efecto de la voluntad de los que gobiernan actualmente, sino que se puede modificar por la acción de todos.

Mientras vamos observando las consecuencias que en el imaginario tiene la pérdida del carácter omnipotente del Presidente también comenzamos a precisar lo que significa que el porvenir de todos no está escrito de forma definitiva. Esa recuperación de la esperanza como efecto de lo que se hace o deja de hacer marca también la necesidad de ciertas tareas a realizar por parte de todos.

La primera de ellas es lo imperioso de pensar lo colectivo no como entretenimiento de fin de semana o conducta reactiva a los anuncios gubernamentales, sino como una dimensión cotidiana. Implica entender que eso que se llama "país" o "nosotros" no es una categoría abstracta, sino una forma de definir un espacio en el que se refleja lo que hacemos. Pensar el lugar de lo colectivo lleva a apropiarse de la tarea de hacer inclusiones como algo consustanciado con todos, trabajo demasiado serio como para delegárselo a quienes mandan. Es caer en cuenta de que es necesario construir un discurso éticamente muy distinto al que predomina en la última década, pero que ello arranca con el comportamiento diario y habitual de cada quien.

Para que el porvenir sea sentido como un producto propio, también es necesario establecer firmemente algunas diferencias éticas. Como, por ejemplo, a que es muy distinto el compromiso activo respecto de la pasividad disfrazada de neutralidad. Y, también, cómo no existe actividad humana que no se vea afectada por el totalitarismo; así que defender las libertades es tarea de todos.

Y en esto hay que hilar fino, porque hay muchos que, a pesar de ser ilustrados, ven en el compromiso activo formas de intolerancia. En consecuencia, se abstienen de confrontar o no encuentran nada cuestionable en compartir la mesa con quienes han dedicado su vida a hacérsela imposible a los demás.

Fundamental me resulta entonces, en la edificación de nuestro futuro, la participación de los intelectuales, de los que laboran con ideas. Esto es obvio en tanto yo soy uno, pero no lo es si se observa la aridez y superficialidad de muchos intentos de entendernos. Así, el papel de los intelectuales en la construcción del porvenir será el de agitadores de conciencias, y eso requiere darle un estatuto de dignidad al debate de lo público en todas las áreas del conocimiento. El referéndum aprobatorio demostró que los resultados no están sólo en función de las maquinarias militantes movilizadas, sino que las ideas, los proyectos, son aspectos medulares de los mismos.

Sé que en este aspecto he sido muy insistente, quizás hasta molesto. Pero la insistencia se basa en mi ansiedad por convertir a los que murmuran, y tienen sus maletas listas debajo de la cama, en actores capaces de hacer que el fiel de la balanza caiga en otro lado.

Mientras se empieza a hablar de reconciliación, un término inédito en el discurso político de nuestra historia reciente, y se elabora este concepto, el desafío de adueñarnos de nuestro destino luce complejo pero posible.







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