50 años no es nada

Por Venezuela Real - 23 de Diciembre, 2007, 10:34, Categoría: Política Nacional

Antonio Cova Maduro
El Universal
23 de enero de 2008

Jamás entregaremos a un solo hombre lo que sólo al pueblo pertenece: su democracia

Mañana del 21 de enero de 1958, mañana tensa y expectante. Los últimos días han visto más acontecimientos sorprendentes que los últimos años. Desde el angustioso amanecer de Año Nuevo, cuando un grupo de aviadores militares propinó un rudo despertar al dictador -para terminar escapando hacia Colombia- hasta la inusitada crisis ministerial del 8 de enero, (que el dictador utilizara para propinar un contragolpe) todo ha sido atropellado y de una velocidad desacostumbrada.

A pesar de que nada aparece en los medios, el boca-a-boca ha hecho saber a toda la ciudad que este es el día que dará inicio a la huelga general. Nos han dicho que la señal primera sería la ausencia total de periódicos esa mañana y así ha sido. La noche del 20 los periodistas se esfumaron y los periódicos no pusieron salir. La cosa va en serio: el primer paso se ha cumplido.

Las horas pasan pesadas. A las 12 m las cornetas de los vehículos y las campanas de las principales iglesias darán el inicio. Cuando, justo a esa hora comienza el alboroto en la nueva urbanización Santa Mónica, donde vivimos hace 4 años, pienso: si aquí es así, cómo será la cosa en Caracas. Subo rápido a la azotea del segundo piso de mi casa y sólo se ven columnas de humo en la lejanía. Una prima, desde Las Acacias, por teléfono nos dice que una gigantesca manifestación avanza por la avenida Victoria. La ciudad, definitivamente, está en estado de revolución.

El resto del día lo copa un silencio extraño. Todos los negocios, kioscos y comederos permanecen cerrados y la noche cae tarde pero contundente. Esperemos el siguiente día. Se durmió poco y con desazón. Se sabía que el nuevo día traería algún desenlace. Y así avanza la mañana del 22, cuando, obligados por la policía, algunos negocios tímidamente comienzan a abrir. No pasará una hora sin que cierren bruscamente. Han recibido amenazas telefónicas a su integridad si rompen la huelga y no están para correr riesgos.

Qué estará pasando y por cuánto tiempo resistirá el gobierno, es lo que todos se preguntan. Una nueva noche, pesada y sobrecogedora, quizás más que la anterior. Nadie imagina -no nos atrevíamos a hacerlo- cómo sería el nuevo amanecer.

Y fue increíble. Un poderoso ruido de avión que apresurado parte, en medio de aquella madrugada cargada de silencio, despertó a los caraqueños. Luces que se encienden en todas las viviendas, algarabía que se generaliza y que como un corrientazo trasmitió por toda la ciudad un solo grito: Pérez Jiménez, en acelerada prisa, huía en aquel avión para no recuperar jamás el poder que acaba de perder. Comenzaba la democracia, la misma que había sido suspendida diez años atrás.

Ese día, que parecía no terminaría nunca, vio la mejor y más ruidosa fiesta popular que jamás se ha repetido entre nosotros. Hasta las tantas de la noche cantamos y bailamos y como si nos hubiésemos conocido de siempre, nos felicitábamos unos a otros. Había caído el dictador y ese milagro lo habíamos logrado todos.

Pero en medio de aquella inolvidable algarabía nunca imaginamos que esa democracia, que ahora renacía, envejecería con rapidez y que -si adoptamos la afirmación de De Gaulle: "la vejez es un naufragio"- una decrepitud paralizante se aposentaría en lo que tan duramente estábamos conquistando. Nuestra democracia pronto se tornaría repugnante a muchos de los que, en esas calles, se emborrachaban con su renacer.

Y cuando eso se hiciese manifiesto, sólo una gran tribulación garantizaría su purificación. Esa labor tocaría a uno de sus hijos, a uno que tanto debería agradecerle y que más bien la declaró moribunda. En ese empeño, que lleva ya cerca de 10 años, afortunadamente jamás imaginó todo lo que haríamos por impedírselo.

A él, a sus inútiles esfuerzos, debemos el que hoy brille con una luz cegadora lo que hace tiempo no parpadeaba siquiera. Por eso, nunca como ahora tiene sentido celebrarla. Hoy es una fiesta la que nos convoca: el milagro de medio siglo de democracia, que muestra su mayor vitalidad justo cuando es atacada desde el poder y cuando quienes deberían ofrendarle su vida, celebran que sea llevada al patíbulo.

Hoy justamente conmemoramos -y lo seguiremos haciendo- los primeros cincuenta años de aquel momento estelar, cuando el pueblo echó abajo la oprobiosa dictadura militar que se instaló entre nosotros al final del trienio tumultuoso (1945-1948). Hoy, de nuevo, por mucho disfraz que porte, jamás entregaremos a un solo hombre lo que sólo al pueblo pertenece: su democracia.






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