El ciclo duro del poder personal

Por Venezuela Real - 7 de Enero, 2008, 14:11, Categoría: Cultura e Ideas

Enrique Peltzer
La Nación – Argentina
07 de enero de 2008

Los regímenes democráticos, instalados con bastante permanencia en casi todos los ámbitos de la civilización occidental, han logrado solucionar el problema de la designación y sustitución de los gobiernos mediante sistemas de partidos políticos suficientemente vigorosos y organizados. 
 
Pero no ocurre lo mismo en todas partes. El poder personal hegemónico amenaza seriamente la calidad de la vida institucional en varias repúblicas latinoamericanas. El fenómeno no es nuevo: las democracias son construcciones inestables que dependen para su buen funcionamiento de una acertada y aceitada mecánica capaz de arbitrar los reemplazos de gobernantes que, por definición, deben ser temporarios. Las monarquías y las aristocracias tradicionales, por el contrario, se basan en el poder vitalicio de reyes y nobles, y en la transmisión de ese poder en forma hereditaria. 

Las crisis, a veces terminales, de los regímenes democráticos suelen tener su origen en coyunturas electorales en las que la voluntad general se inclina a favor de candidaturas cargadas de un personalismo que salta por encima de las estructuras partidarias y apela al apoyo directo de las masas. Así ocurrió en 1928, cuando la figura de Hipólito Yrigoyen fue "plebiscitada" en contra de la corriente del partido radical, que se resistió infructuosamente a la marea populista. Esa resistencia adoptó el lema de UCR antipersonalista. Dos años después, caía el régimen democrático golpeado por aquel huracán. 
 
Las grandes empresas personalistas se nutren del atractivo desempeño demagógico de políticos o militares que descubren sagazmente la existencia de una brecha en la estructura electoral del régimen republicano, y se vigorizan gracias a la impotencia de partidos desprovistos de los recursos indispensables para poder frenar la arremetida del caudillo popular. Así sucede desde Julio César, Cromwell y Napoleón hasta Hitler, Perón y Chávez. 
 
Esta tercera forma de organización del poder político, a la que Max Weber llama carismática, consiste en la instalación de gobiernos personalistas no encaminada por medio de los partidos ni de la sucesión hereditaria. Es un modo de legitimar el poder basado en la atracción, más o menos forzada, más o menos interesada, que un político logra despertar en las masas, por encima de toda estructura y de todo sistema de lealtades partidarias. No importa que sea querido; lo que importa es que sea apoyado. 
 
La jornada termina cuando el caudillo popular se debilita, se enferma o envejece, o cuando su soberbia le hace perder el sentido de la proporción de las cosas y emprende aventuras que están más allá de sus posibilidades. 
 
Mientras tanto, mientras el régimen personalista goza de buena salud, mientras el caudillo popular o su entorno logran mantener el control sobre los recursos del poder, estamos en presencia de lo que se puede llamar el "ciclo duro" del poder personal. Durante su transcurso, vanos son los intentos de la oposición para torcer la voluntad general, proclamada o consentida como soberana en los comicios. 
 
Después, en algún momento, tarde o temprano, sobreviene el descalabro. Se inicia, casi sin que se note, el "ciclo blando". Los controles se desgastan; los recursos escasean; los amigos se desbandan; los lugartenientes vislumbran la decadencia; otras ambiciones se despiertan; la sucesión se complica; la oposición se vuelve, de pronto, inteligente y sagaz. 
 
El autor es profesor en la Universidad Católica. Escribió Los presidentes .





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