¿Por qué se equivocan los gobernantes?

Por Venezuela Real - 9 de Enero, 2008, 11:16, Categoría: Prensa Internacional

Marcelo Bergman 
La Nación
09 de enero de 2008

PARECE increíble. Presidentes y primeros ministros poderosos, casi invencibles, cometen errores a veces infantiles que llevan a sus países a grandes fracasos o a pérdidas de tiempo. Los ejemplos abundan: George Bush, Tony Blair, Felipe González, Charles de Gaulle, Nixon, Menahem Begin, Bill Clinton, Hugo Chávez o, en nuestra historia, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón, Carlos Menem y otros tantos… Y ni que hablar de los errores que cometieron dictadores como Hitler, Mussolini, Mao, Stalin, Saddam y, en nuestra área, Videla, Pinochet, Salinas, etcétera. 
 
En este sentido, la gran ventaja de las democracias es que permiten corregir los errores con menos dolor (finalmente, nuestro corralito fue menos costoso que la Guerra de las Malvinas o los desaparecidos). 
 
Estos gobernantes no han sido ni tontos ni débiles. Quien haya intentado alguna vez ser jefe de un gobierno sabe muy bien lo extremadamente difícil que es acceder al poder. De hecho, llegan muy pocos y, además de cierta fortuna (de cualquiera de los dos tipos), se requiere un enorme talento político. No llegan los idiotas, sino los hábiles, los sagaces, los astutos y los inteligentes. ¿Y por qué después algunos cometen errores serios? 

Hay equivocaciones que son tácticas y hay otras de largo aliento. Chávez acaba de perder su referéndum. Este es un error táctico que le puede costar, a la larga, el puesto. Pero sus reservas de ochenta mil millones de barriles de petróleo a 90 dólares el barril le permite disimular errores estratégicos de política económica que podrían ser costosos para su país. 
 
Los errores tácticos son fáciles de discernir; los estratégicos, no. Una política inicial exitosa puede ocultar otra de largo plazo que resulta fallida. 

Hitler fue muy exitoso en leer el descontento del pueblo alemán y exaltar su nacionalismo. Sin embargo, se embarcó en un delirante genocidio y en una guerra que, abriendo muchos frentes, difícilmente hubiera podido ganar. 
 
Blair leyó muy bien el deseo británico de la nueva tercera vía, pero luego cometió un error catastrófico en Irak. 
 
Lo que siempre se observa es que los gobernantes que lograron llegar al poder de repente se ciegan y comienzan a perder contacto con la realidad. Se rodean de condescendientes que reciben sus premios en función de la lealtad exhibida. Y dejan de estudiar los problemas con la agudeza de antaño debido a la fuerza de la coyuntura. 
 
Algunos dicen que es la soberbia de los gobernantes la que los lleva a cometer errores. Al fin y al cabo, han tenido que transitar un tortuoso camino hasta el poder, y el haber llegado les da una suerte de aprobación respecto del camino escogido. Pero la ceguera y la soberbia son más bien síntomas de un problema estructural mayor; no son su causa. 
 
Existen por lo menos tres razones fuertemente interconectadas que explican este tipo de fracasos: el poder, el éxito y la amenaza. 
 
1) La ley del poder simétrico. A mayor poder del gobernante, mayor es la probabilidad de que se equivoque. Esto es así porque los séquitos que dependen de él para escalar en el poder no se animan a enfrentarlo si perciben que está cometiendo errores, especialmente estratégicos. ¿Quién enfrentaría hoy a los Kirchner en el tema de las retenciones aduciendo que algún día podrían bajar los precios de las commodities? ¿Por qué sólo una minoría laborista enfrentó a Blair en los días previos a la guerra contra Irak? 
 
Sin embargo, como la política es cruel, los que hoy aplauden masticando rabia esperan agazapados la oportunidad de la venganza, y en cuanto huelen la debilidad del gobernante se lanzan hacia él para herirlo de muerte. Esta es la suerte de los “patos rengos”, los presidentes salientes en Estados Unidos, y fue la de Alfonsín y Menem en la Argentina, aunque hayan luchado tenazmente para evitarlo. 
 
2) La lógica del éxito autosostenible. Cuanto mayor haya sido el éxito inicial, menor es la capacidad de ajuste a cambios severos. Quienes han tenido éxitos resonantes en política pública se sienten reivindicados con sus propios aciertos y comienzan a creerse invencibles e implacables. Pero como nada es permanente, tarde o temprano las condiciones cambian y los ánimos se alteran, pero los líderes no se dan cuenta. Van perdiendo reflejos que otrora eran su mejor activo y aparece la fuerza del desgaste. Le pasó a un político brillante como Churchill, a los partidos comunistas antes de la caída del muro de Berlín, al legendario PRI en México y ahora también a Chávez. 
 
3) La fortaleza de la amenaza latente. Cuanto más seria sea la probabilidad de una derrota, más prudente será el gobernante. Esta es la clave de la democracia. Obliga al jefe de Estado a estar siempre atento a la voluntad general para conservar el poder. 
 
Pero si siente que la derrota no es inminente, comienza a desoír principios básicos del buen gobierno y disciplina. Se va consolidando un paradigma del “nosotros y ellos”, en el que nosotros siempre tenemos razón y no existen fuertes razones para la deliberación, la argumentación y la prudencia. Hacia adentro se anula el debate y se gobierna con figuras de segunda línea. Hacia afuera, se desoye el mundo exterior porque se percibe que está lleno de buitres e ignorantes. Se desprecia el conocimiento crítico, etc. Así, la probabilidad de error aumenta. 
 
La tendencia a la prepotencia y a la autocomplacencia de los gobernantes exitosos existe en todas partes. Sólo los diseños institucionales fuertes pueden neutralizar algunos de sus efectos tóxicos y logran reducir los costos del aislamiento y la miopía. 
 
El autor es doctor en sociología. Es profesor del Centro de Investigación y Docencia Económicas de México.







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