Preguntas sobre rehenes

Por Venezuela Real - 19 de Enero, 2008, 13:41, Categoría: Cultura e Ideas

Elías Pino Iturrieta
El Universal
19 de enero de 2008

La existencia de una misión revolucionaria borraría en los guerrilleros el estigma hamponil

Piotr Kropotkin, el famoso líder anarquista de Rusia, escribió en 1920 una carta que merece memoria debido a los sucesos de la entrega de rehenes que hemos presenciado hace poco. El lector apreciará la relación cuando conozca las preguntas que formuló entonces el "príncipe de la anarquía".

Se trata de una correspondencia que envió a Lenin desde su confinamiento de Dimitrov con fecha 21 de diciembre, para hacer unos cuestionamientos sobre la situación de unos dirigentes de oposición detenidos por el Gobierno. Se refería a los miembros del partido socialdemócrata dirigidos por Saninkov y Cherkov, temidos entonces y encarcelados con el objeto de evitar el asesinato de varios bolcheviques. En caso de que sucediesen los crímenes contra los comunistas, de acuerdo con las órdenes de Vladimir Ilich, les tocaría "el exterminio sin piedad". La situación provocó la elocuente misiva de Kropotkin, de la cual se extraen a continuación unas preguntas dirigidas a remediar la situación de la época, pero capaces de iluminarnos sobre la actual conducta de la pandilla de las FARC y de quien las estima como un rebaño de corderitos.

Interrogaba así Kropotkin a Lenin: "¿Es que realmente no hay nadie cerca de ti que recuerde a sus camaradas y les persuada de que tales medidas representan un retorno al período de la Edad Media y de las guerras religiosas, y es totalmente decepcionante de gente que se ha echado a cuestas la creación de la sociedad en consonancia con los principios comunistas? Cualquier persona que ame el futuro del comunismo no debería pretender lograrlo con tales medidas".

Después hilaba con vehemencia otras inquisiciones, de las cuales manan definiciones fundamentales para nuestros días. Veamos: "¿Es posible que nadie te haya explicado lo que realmente es un rehén? Un rehén es alguien aprisionado, no con el fin de castigarlo por algún crimen, sino de chantajear al enemigo. Si ustedes matan a uno de los nuestros, nosotros mataremos a uno de los suyos. Pero, ¿esto no es lo mismo que conducir al prisionero cada mañana hasta el cadalso y regresarlo a la celda, diciéndole: espera un poco más, todavía no?

Terminaba así: "¿Y no comprenden tus camaradas que esto es equivalente a una restauración de la tortura para los rehenes y para sus familias? Espero que nadie no diga que la gente en el poder se interesa tan poco por las vidas humanas". Kropotkin culminó la correspondencia "con camaradería y afecto", pero no recibió contestación. Lenin se limitó a guardar el papel en los rincones de su archivo, mientras en periódicos como Pravda e Izvestia se insistía en anunciar el exterminio de los prisioneros si las fuerzas enemigas mataban a los dirigentes bolcheviques. Otros anarquistas pretendieron la publicación de un manifiesto en apoyo de las razones de su líder, pero fueron encerrados en la cárcel antes de cumplir el propósito.

Hace poco, para justificar la calificación de beligerantes que propone el mandón para las huestes de Marulanda, el secretario general del Partido Comunista quiso distinguir entre los rehenes de las FARC y los sujetos que son víctimas de secuestros por el hampa común. La existencia de una misión revolucionaria borraría en los guerrilleros el estigma de los hampones que hacen negocios con la vida de los secuestrados, se atrevió a sugerir.

La política es capaz de cambiar la calidad de un delito tan atroz como el secuestro, afirmó. Intentos semejantes se han hecho en países como Guatemala, donde los dirigentes de desaparecidos grupos de izquierda reivindicaron sus atentados contra la libertad de las personas argumentado que de los secuestros nacería después una sociedad equitativa e igualitaria. Ni siquiera puede aplicarse el falaz argumento al caso de las guerrillas colombianas, unas fuerzas integradas por fabricantes de coca, mercaderes de diversos narcóticos y por matones a sueldo, pero no falta quien fuerce las barreras del entendimiento para que se conviertan en los pelotones de justicia que ha descubierto un mandón convertido en interlocutor y emisario de facinerosos.

Pero aceptemos por un momento el supuesto negado de que sean factores de justicia revolucionaria. ¿Cómo justificar el cadalso infinito, el suplicio interminable para un individuo y para su parentela, que denunciaba el famoso líder anarquista? ¿Cómo proceder ante objeciones como las señaladas por Kropotkin en 1920? Lenin no fue capaz de satisfacerlas, guardó silencio, y solicitarle a Marulanda o al Mono Jojoy que lo hagan hoy sería pedir demasiado. No es faena para analfabetas funcionales. Queda el reto para el mandón, quien tampoco tendrá ideas para una respuesta sensata, pero soltará unos gritos.






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