Desde su celda, Iván Simonovis reza por quienes lo han ayudado

Por Venezuela Real - 20 de Enero, 2008, 23:08, Categoría: Derechos Humanos

REYNALDO TROMBETTA
El Nacional
20 de enero de 2008

El comisario ocupa el calabozo 9A de la Disip
El día transcurre lento y repetitivo para el ex secretario de Seguridad Ciudadana de la Alcaldía Mayor

Cuando abre los ojos, Iván Simonovis ya disfruta del máximo de libertad que sus carceleros le permitirán a lo largo del día. Son las 9:00 am y la reja de su celda fue abierta dos horas antes. Si lo desea, puede salir al pasillo a conversar con los otros presos.

Pero no lo desea. Sus "momentos sociales" suelen ser en la tarde. Por ahora se conforma con desayunar un sándwich o un huevo frito. La comida no es de la "cocina" de la Disip, pues los abogados de Simonovis presentaron evidencias médicas de que él sufre de serios problemas gástricos. Desde entonces, se le permite tener en la celda una neverita, la cual es reabastecida por la familia todos los domingos.

En el calabozo de dos metros de ancho por dos de largo, se respira el mismo aire caliente y viciado de todos los días. Simonovis, de 47 años de edad, viste lo que él denomina "el uniforme de los presidiarios": una franela y un short, que cambia por una camisa y un pantalón sólo en los días de visita o cuando viaja a Maracay para el juicio.


El Helicoide, sede de la Dirección de Servicios de Inteligencia y Prevención, no fue diseñado como centro de detención. Pero desde finales de 2004 es el sitio de reclusión del ex secretario de Seguridad Ciudadana de la Alcaldía Mayor.

"Cuando llegué, me tocó el mismo calabozo que tenía Henrique Capriles", recuerda.

"Pero poco después lo tumbaron para hacer el salón de las visitas". Ahora duerme unos metros más allá, en la celda 9 del pasillo A. El espacio de al lado lo habita el comisario Lázaro Forero. Y en el 10 del pasillo B está Henry Vivas.

En cada uno de los dos pasillos hay un pequeño baño.

"Nosotros los fuimos arreglando para hacerlos más humanos", dice Simonovis.

Igual ha sido con las celdas, que inicialmente ni siquiera tenían un bombillo. "Si quería leer, me apoyaba contra la reja para ver si entraba algo de luz", relata.

Hoy en día las condiciones han mejorado. El comisario hasta tiene un pequeño televisor, en el que a veces ve Globovisión y Vive. Por ahí se enteró, hace casi un año, de que alguien lanzó una bomba molotov contra su casa en Caracas. "Ni siquiera me dejaron llamar a mi familia para ver si estaba bien", dice.

Sólo dos veces por semana, los martes y los viernes, le es permitido usar el teléfono. Las llamadas no pueden pasar de cinco minutos y él sospecha que son monitoreadas. De todas maneras, las aprovecha para conversar con la esposa y los hijos.

A media mañana hace ejercicio durante una hora en una trotadora. No oculta su agradecimiento al banquero Nelson Mezerhane, que de una u otra manera contribuyó a humanizar el área de detención durante su reclusión en El Helicoide.

Después de bañarse, Simonovis lee y escribe. Lleva un diario de sus experiencias tras las rejas y en el juzgado.

Allí trata de hacer una reseña de los variopintos personajes políticos, empresariales, militares y hasta religiosos que han pasado por los calabozos de la Disip desde 2005.

Además, se sumerge en la lectura de libros de criminología y de políticas antidelitos, pues aún tiene la esperanza de ser útil a la sociedad, una vez que supere esta experiencia. También ojea recortes de prensa y publicaciones "más ligeras", como Mecánica Popular y Selecciones.

Los domingos dedica la mañana a arreglarse para recibir la visita familiar. Vienen la esposa, María del Pilar (que todos llaman Bony), los hijos Iván e Ivana, y la suegra, Luisa Pertíñez. Sobre esta última, dice: "Junto con mi mujer, ella se ha llevado esto al hombro.

Eso nos da fortaleza para seguir adelante".

Los familiares suben hasta El Helicoide en un pequeño autobús que toma las curvas con veloz ferocidad. Pasan tres controles de seguridad, recorren los tenebrosos pasillos, se someten a la requisa en un desvencijado baño y llegan hasta la puerta de los calabozos. Entonces la cárcel se llena de abrazos, palabras y risas. Desde una ventanita, los carceleros permanecen atentos.

Almuerzan en el saloncito de las visitas, en el que hay seis mesas pequeñas, y un reciclaje de sillas modernas y antiguas, además de percudidos manteles a cuadros. Al comisario le encanta la comida de Pertíñez, especialmente la pasta, el pollo guisado, el bistec, el arroz y la ensalada.

De una pequeña cava sacan una de las posesiones más preciadas entre los presos: hielo. Simonovis lo echa en un vaso de plástico y rápidamente se entrega a los placeres de la Coca-Cola, refresco que él describe como su "único vicio".

"De 11:00 am a 5:00 pm, los domingos, trato de absorber toda la felicidad que me hará falta durante la semana", confiesa Simonovis. Entonces conversa con los hijos. "Con toda esta situación ellos han aprendido lo que es el amor, la comprensión, el cariño y la solidaridad de tanta gente que nos ha ayudado".

A las 5:00 pm un timbre, como los de las escuelas, pone fin a la visita. Alargando la despedida por cualquier motivo, los familiares le roban unos cuantos minutos al rígido horario de la Disip y salen después del salón.

Hace dos años, cuando Ivana tenía ocho años, aprovechó el momento de la salida para increpar a los carceleros.

"¡Injusticia! ¡Injusticia! ¡Injusticia!", les gritó. Entonces una funcionaria le dijo a la niña que no volvería a ver más a su papá. Los abogados de Simonovis acudieron a un juez, que revocó la prohibición.

Cuando no hay visita ni traslado a Maracay, el comisario almuerza en su celda. Durante la tarde sale al pasillo para conversar con los otros detenidos. "Muchas veces, por mi experiencia en asuntos penales, me traen sus expedientes y los leemos", dice.

Habla con Vivas y Forero, y se preocupa por Luis Rodríguez, un abogado de 33 años de edad que lleva dos semanas en huelga de hambre.

Otros presos que ve son los hermanos Juan Bautista, Otoniel y Rolando Guevara, Felipe Rodríguez, Silvio Mérida, Raúl Díaz, Eligio Cedeño, Gustavo Arraiz, Boris Blanco y el general Pedro Celestino Pérez.

Sobre este último, relata una anécdota hiriente: "En mayo del año pasado le dijeron que lo iban a liberar. Él recogió todas sus cosas. Incluso le dejó su celda a Silvio Mérida. Eso fue en la mañana. Pasó todo el día esperando que lo soltaran. En la noche le dijeron que había alguna traba. 72 horas después se enteró de que no saldría de aquí".

Quienes conocen bien a Simonovis comentan que él no es cualquier policía, y destacan que a los 19 años de servicio ya era comisario jefe de la Policía Técnica Judicial, algo que la mayoría de los funcionarios tardan 30 años en alcanzar. La carrera policial siempre fue su vida. Su abuelo fue fundador de la PTJ, y su padre también prestó servicio.

Ahora, aclara él, su vida es la familia. "Una de las cosas que más me pega es que en 2004, cuando yo caí preso, mi hijo Iván tenía 11 años y yo le llevaba una cabeza de estatura.

Ahora él tiene 15 y el que me llevaba una cabeza es él. Y mi hija Ivana era una bebe y ahora es una niña grande".

"Llevo tres años en este mismo pasillo", dice Simonovis con hastío. No obstante, admite que la experiencia le ha servido para aprender a apreciar "demasiadas cosas" que antes daba por descontado.

Así, dice, se le va la jornada.

A las 10:00 de la noche, los carceleros cierran la reja de la celda. Atrapado por el concreto, el aire no se hace más frío de noche. Sin embargo, Simonovis intenta relajarse. Su mente, constantemente seducida por los ritos de la matemática, le suma una fecha más al calendario de los días perdidos.

Se echa en el catre y trata de distraerse con una película en DVD. En estos días, el filme que se exhibe en el calabozo 9A de la Disip es Los Simp sons. "Ando como loca toda la semana, buscándole los estrenos a ver si se distrae un poco", confiesa la esposa.

Antes de dormir, el comisario dice sus oraciones, e incluye en ellas no sólo a su familia sino también a todas las personas que lo han ayudado en esta crisis. "Yo nunca había rezado como lo hago aquí", admite. "Si no te aferras a Dios, sientes que el mundo se te derrumba".

En medio de la tragedia, parece muy cierto lo que decía el ruso Fedor Dostoievsky: que la presencia del Creador se siente con más fuerza en las prisiones que en las iglesias.

"Será porque aquí lo necesitamos más", explica Simonovis.

Después de las oraciones, se le hace un poco más fácil cerrar los ojos.










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