El día que renació la democracia

Por Venezuela Real - 20 de Enero, 2008, 23:26, Categoría: Testimonios

JAVIER PEREIRA
El Nacional
20 de enero de 2008

Después de perder el apoyo de la Iglesia y sofocar un alzamiento militar, el régimen de Marcos Pérez Jiménez se tambaleaba. El último empujón lo dio un grupo de jóvenes, civiles y militares, quienes pasaron casi inadvertidos después de derrotar al último dictador de Venezuela

Cuatro hombres montados en un Chrysler Plymuth gris recorren las calles de Caracas sin destino fijo. Es la mañana del miércoles 22 de enero de 1958, y al volante va Enrique Aristiguieta Gramcko (24 años de edad, estudiante de Derecho y dirigente de Copei), quien además de conducir sin rumbo vigila que ningún sospechoso lo esté siguiendo. Mientras tanto, los otros tres pasajeros discuten sin mucho alboroto: Guillermo García Ponce (34 años, periodista clandestino y miembro del Partido Comunista de Venezuela), Fabricio Ojeda (29 años, reportero de El Nacional y militante de Unión Republicana Democrática) y Silvestre Ortiz Bucaram (27 años, dirigente de Acción Democrática en la clandestinidad).

–Los militares nos embarcaron. Se volvieron a rajar.
–Bueno, vamos a tener que olvidarnos de ellos.
–Pero no entiendo, ¿qué habrá pasado?
–Nada, que se rajaron. No podemos contar con ellos para salir de este hombre. Vamos a explorar otras opciones.


Los cuatro desconcertados compañeros eran los miembros de la Junta Patriótica, organización clandestina creada en junio de 1957 para sumar los esfuerzos de los principales partidos políticos en la resistencia contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Ellos fueron informados de un movimiento militar pautado para la noche del 21 de enero, que se abortó sin explicación ni aviso.

Los detalles de la operación se pactaron la noche del lunes 20 de enero, en una reunión celebrada en el apartamento número 8 del edificio Atlántida de Los Caobos. Allí se encontraron las dos piezas clave del movimiento: el teniente (Av) José Luis Fernández y el capitán de navío José Vicente Azopardo, cabecillas de dos grupos distintos (en la Academia Militar y en la Armada, respectivamente) que decidieron unir esfuerzos, después de conspirar por separado durante varias semanas. En la reunión estaba presente, además, otro grupo de oficiales medios de todas las fuerzas y un solo civil: Oscar Centeno Lusinchi, un farmaceuta que sirvió de bisagra entre los militares rebeldes y los movimientos de resistencia, como la Junta Patriótica.

La operación de aquella noche sería sencilla. La primera etapa era responsabilidad de los civiles: convocar una huelga general (que se activó el martes 21, cuando no circuló ningún periódico) y luego desatar protestas de calle en Caracas (que fueron duramente reprimidas por la policía del régimen).

Después de los desórdenes callejeros debía activarse la segunda fase, a cargo de los militares: oficiales de la Guardia Nacional comprometidos con la rebelión liberarían de la cárcel Modelo a 11 pilotos, detenidos después de participar en el fallido golpe dirigido por el coronel Hugo Trejo, el 1° de enero de ese año. Esos aviadores llegarían a Maiquetía y tomarían una decena de aeronaves de combate que estaban listas para sobrevolar Caracas, como señal para comenzar la rebelión. De inmediato se alzarían los cadetes de la Escuela Militar (el núcleo más duro de la insurrección) y la Infantería de Marina. Esos eran los códigos del alzamiento, que fue abortado a última hora.

"Estaba el escenario listo para que los militares movieran sus piezas, pero no pasó nada y eso nos decepcionó. No sabíamos nada. Sentíamos que habíamos perdido la oportunidad", recuerda Aristiguieta Gramcko, 50 años después de esos sucesos. "De hecho, decidimos llamar de nuevo al trabajo, porque la huelga sola, sin alzamiento militar, estaba condenada al fracaso".

La jugada final.

Mientras los miembros de la Junta Patriótica manejaban desconcertados por Caracas, durante la mañana del miércoles 22 de enero, el teniente Fernández y Centeno Lusinchi se reunieron para descifrar la falla de la operación. Estos dos personajes eran viejos amigos y desde noviembre de 1957 comenzaron a conversar sobre la necesidad de sumar voluntades para luchar contra la dictadura. Así constituyeron el Comité Cívico Militar, que utilizó la farmacia Gran Avenida de Sabana Grande, propiedad de Centeno Lusinchi, como centro de operaciones. En el grupo estaban comprometidos varios médicos, entre los que se contaban Raúl Castro, Enrique Yéspica y Leopoldo Martínez Terrero.

Aquella mañana se reunieron el oficial y el farmaceuta, para concluir que la falla fue de comunicación: hubo un malentendido con el líder rebelde de la Guardia Nacional, el capitán Bred Smith, quien no ejecutó la liberación de los aviadores; sin embargo, confirmaron que el movimiento no había sido develado todavía. Por eso, rediseñaron la estrategia y prepararon otra operación para esa misma noche. "Desistimos de la idea de los aviones y activamos por nuestra cuenta las unidades con una hora cero: las 6:00 de la tarde", recuerda Centeno Lusinchi. "Desde la Comandancia de la Armada arreglamos el traslado de armas y personal de la Infantería de Marina, y después yo di el aviso en la Escuela Militar. Esa noche no podíamos fallar".

A las 6:00 de la tarde arrancó el movimiento, con los efectivos navales al mando del capitán de navío Azopardo: fue tomada la base de Puerto Cabello, capturado el parque de armas y comenzó un puente marítimo para trasladar municiones y personal hasta Caracas, en el que participaron al menos seis embarcaciones.

En un par de horas estaba todo listo en Maiquetía, a la espera de órdenes: si Pérez Jiménez no se rendía, la Infantería de Marina se trasladaría hasta Caracas para combatir y, en último caso, el Palacio de Miraflores sería bombardeado con misiles disparados desde los buques.

Mientras tanto, los jóvenes oficiales y los cadetes tomaron las instalaciones de la Escuela Militar, que se convirtió en el centro de operaciones. La chispa se regaba por las guarniciones como pólvora: un movimiento contra el Gobierno había estallado en Caracas y ningún alto oficial opuso resistencia; un efecto dominó que dejaba contra la pared a Pérez Jiménez, quien poco después de la medianoche hizo una llamada a la oficina del coronel (Ej) Pedro José Quevedo, director de la Escuela Militar.

–Por favor, con Quevedo.
–Quevedo no está.

–¿Quién es? ¿Qué es lo que pasa allá? –preguntó Pérez Jiménez–. Dígale a los oficiales que vengan a conferenciar conmigo, que hablando se arregla todo.
–Nosotros no tenemos nada que hablar allá –respondió Azopardo–. Ésta es una batalla que la gana el que tenga más fuerza, y nosotros estamos ganando. Si quiere hablar, vengase usted para acá.

Con esa frase acabó la conversación (reflejada en un relato firmado por el propio Azopardo pocos días después). Los rebeldes esperaban el ataque del Batallón Bolívar, la unidad más poderosa de las acantonadas en Caracas, dirigida por oficiales de confianza de Pérez Jiménez; pero no pasaba nada.

"Yo no mato cadetes. Nos vamos", habría dicho el general antes de recoger sus cosas y montarse en la Vaca Sagrada, su avión presidencial, según el testimonio que dieron algunos colaboradores.

Poco después de la medianoche, una patrulla de militares rebeldes encabezada por el capitán (Ej) Felipe Párraga Núñez se trasladó a la esquina de Bárcenas, para tomar las instalaciones de Radio Caracas Televisión, donde varios técnicos comprometidos con los rebeldes los esperaban.

Desde allí, Centeno Lusinchi transmitió cuatro mensajes, en los que llamaba a la población a acompañar el levantamiento militar en las calles.

A los pocos minutos, la operación estaba consumada. El último dictador de Venezuela abandonó el palacio presidencial sin disparar un solo tiro, y huyó a República Dominicana en la madrugada del 23 de enero de 1958.

Columnas quebradas. El colapso del régimen de Pérez Jiménez fue producto de un largo proceso de desgaste que comenzó casi un año antes de la caída. "La dictadura sostuvo su poder sobre tres sólidas columnas: la Iglesia, el Ejército y los empresarios. Cuando monseñor Rafael Arias Blanco escribe su pastoral crítica contra la dictadura, el 1° de mayo de 1957, una de esas columnas se quiebra", explica el historiador Naudy Suárez. "Desde ese momento comienza una reacción en Venezuela. Como los partidos y los sindicatos estaban destrozados, con sus dirigentes presos o en el exilio, los estudiantes universitarios asumen la vanguardia y comienzan a organizarse".

El 21 de noviembre de 1957 estalla la huelga estudiantil contra la dictadura en la UCV y en la UCAB, justo antes del plebiscito con el que Pérez Jiménez pretendía perpetuarse en el poder. Aunque esa protesta fue aplastada por la Seguridad Nacional, fue la chispa para gestar el movimiento insurreccional en la calle. Mítines relámpago, propaganda clandestina, protestas urbanas; una guerra asimétrica de resistencia que erosionaba a un régimen que ganó, con fraude, la consulta electoral y que conservaba, aparentemente, el apoyo monolítico del componente militar.

Pero la ilusión castrense se rompió el 1° de enero de 1958, cuando se alzó un grupo de oficiales liderados por el coronel (Ej) Hugo Trejo. "Allí se le quebró la segunda columna a Pérez Jiménez: los militares. Aunque la insurrección fue sofocada, fue definitiva para encender la chispa que luego quemó los cuarteles", explica Suárez.

Se abrió, entonces, una grave crisis militar. La tarde del jueves 9 de enero, su compadre y comandante más importante, el general de división (Ej) Rómulo Fernández, llegó a Miraflores con un largo memorándum de 20 puntos que exigía, entre otras cosas, la destitución de Laureano Vallenilla Lanz (ministro de Relaciones Interiores) y Pedro Estrada (jefe de la Seguridad Nacional); dos personajes clave en el entorno de Pérez Jiménez pero molestos para el Alto Mando Militar, por las operaciones de espionaje y vigilancia política dentro de los cuarteles. El documento también exigía libertad para los presos políticos, destitución de gobernadores y otros cambios en el Gabinete.

Pérez Jiménez acepta, aparentemente, el ultimátum: ese mismo día destituye a Vallenilla y Estrada, reorganiza el Gobierno y designa a Fernández como su ministro de Defensa.

Estas decisiones entusiasmaron a la resistencia civil y, desde ese día, la Junta Patriótica comienza a redactar manifiestos contra la dictadura firmados por intelectuales, gremios profesionales, sindicalistas y estudiantes.

En un intento por retomar el control militar, el lunes 13 de enero Pérez Jiménez manda a llamar a Fernández a Palacio, lo detiene y de inmediato lo manda en un avión como prisionero a República Dominicana, asumiendo personalmente el mando directo de las Fuerzas Armadas; pero eso sólo encendió el descontento en los cuarteles. Los oficiales rebeldes entraron en contacto con los civiles, armaron la operación y ejecutaron el empujón definitivo que, después de tantos golpes, devastó la dictadura sin mucho esfuerzo.

El espíritu del 23. Después del derrocamiento de Pérez Jiménez, se formó (con dos intentos fallidos) una Junta Cívico Militar de Gobierno encabezada por el contralmirante Wolfgang Larrazábal, que abrió las puertas de la democracia.

"Ese día, la élite política acordó que la de Pérez Jiménez sería la última dictadura que pasaría por Venezuela", expone Suárez. "Ese compromiso encierra lo que se denomina el espíritu del 23 de enero, que provocó en toda la élite política una enorme autocrítica, especialmente sobre los errores cometidos durante el trienio (1945-1948), cuando la lucha salvaje entre los partidos debilitó el experimento democrático y provocó el ascenso de Pérez Jiménez", explica el historiador.

Con el retorno de Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba resucitaron los principales partidos, pero con un espíritu concertador. Conversaciones previas en Nueva York sirvieron para alcanzar los acuerdos mínimos para construir una plataforma democrática que, además, incluyera a otros sectores. "La Iglesia, los empresarios, los sindicatos y, por supuesto, los militares; era necesario diseñar una propuesta democrática de amplia base sólida", argumenta Suárez. El historiador explica que esa es la razón para sacrificar a los comunistas y dejarlos fuera de los acuerdos: "Con el PCV en el pacto, hubiera sido imposible concertar los intereses de sectores como la Iglesia, los empresarios y los militares, indispensables para abrir las puertas de la democracia".






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