Hipótesis de guerra

Por Venezuela Real - 21 de Enero, 2008, 18:04, Categoría: Política Internacional

ARMANDO DURÁN
El Nacional
21 de enero de 2008

REUTERS : Chávez pide que se excluya a la guerrilla colombiana de la lista de terroristas

El año 2007 terminó para Hugo Chávez en un tono muy menor. Primero fue el exabrupto del rey Juan Carlos, en Santiago de Chile. Después, el desastre del 2 de diciembre y los esfuerzos frustrados de Chávez por revertir la verdad de las urnas. Por último, su rabia de pésimo y muy poco democrático perdedor al negarse a aceptar el verdadero sentido de esa derrota. Su viaje con la intención de entregarle a Nicolas Sarkozy pruebas de vida de Ingrid Betancourt fue una maniobra encaminada a devolverle un cierto prestigio a su imagen, ya muy erosionada en el mundo. El trofeo se lo llevaría con la liberación de Betancourt y de otros secuestrados. Cuando nada de esto ocurrió, las esperanzas de Chávez volvieron a desplomarse estrepitosamente.

El nuevo año trajo nuevos vientos. Tras el desastre inicial de la llamada operación Emmanuel y la irremediable desaparición de testigos tan llamativos como Néstor Kirchner y Oliver Stone del escenario selvático donde Chávez esperaba salir al fin airoso de este interminable tour de for ce, la liberación de Clara Rojas y Consuelo González le devolvió un lugar de privilegio en las primeras páginas de América y Europa. Cegado por este triunfo, Chávez emprendió de nuevo el camino de sus grandes desmesuras: al día siguiente de la buena nueva, esos mismos periódicos reproducían el asombroso diálogo de Ramón Rodríguez Chacín con el jefe del grupo guerrillero que entregó a las dos secuestradas, diálogo desde todo punto de vista inadmisible entre un grupo de alzados contra el Gobierno legítimo de Colombia y el ministro del Interior de un país supuestamente amigo como Venezuela.

Cualquier duda sobre las inexplicables razones de Rodríguez Chacín para identificarse con los propósitos de la guerrilla ante las cámaras de la televisión la despejó Chávez enseguida, declarando que ni las FARC ni el ELN eran grupos terroristas, razón por la cual le pedía a los gobiernos de todo el mundo excluir a las dos organizaciones de sus listas de grupos terroristas y reconocer la condición de ambas organizaciones como fuerzas beligerantes. Es decir, un estatus político que colocaría a las FARC y al ELN de igual a igual con el Gobierno colombiano.

Para completar esta estrategia de ruptura irremediable con el Gobierno de Colombia, en la tarde del pasado jueves los diputados de la Asamblea Nacional, con la excepción de los representantes del partido Podemos, alzaron sus manos para darle a esas fuerzas guerrilleras el reconocimiento político que arroja a Colombia y a Venezuela al despeñadero de una confrontación, por ahora sólo diplomática aunque de muy onerosas consecuencias, y que dentro de poco puede convertir a la región en una nueva zona de conflicto internacional.

Sin duda, Álvaro Uribe cayó ingenuamente en la trampa que le tendió Chávez al aceptar que actuara como mediador en el posible rescate de algunos secuestrados. Muy pronto se dio cuenta de su error, pero ya era demasiado tarde. Desde esta perspectiva, acusar a Chávez de injerencia en los asuntos internos de Colombia no añade nada nuevo a unas relaciones viciadas desde los tiempos de Andrés Pastrana. Las diferencias políticas entre Bogotá y Caracas, las relaciones de cordialidad existentes entre Chávez y la guerrilla colombiana, el proyecto de expansión bolivariana por todo el continente, son factores de letal y continuada contaminación. Lo que sí resulta relevante es que la jugada de reconocer a la guerrilla como fuerza beligerante ha sido el movimiento internacional más audaz y peligroso del régimen chavista. Gobiernos tan cercanos a Chávez como los de Argentina y Ecuador la han rechazado. Por otra parte, Cuba ha guardado un silencio muy significativo.

De ningún modo puede Chávez a estas alturas del juego retroceder un paso. Al contrario. Uribe tampoco puede pasar por alto un compromiso de tan alto contenido político como el que ha asumido el Gobierno de Venezuela. Una tormenta que desentierra viejas hipótesis de guerra, aunque cuesta mucho imaginarse el disparate de un conflicto bélico entre los dos países. Sólo que las guerras ya no se desarrollan exclusivamente en los campos de batalla y tampoco se libran exclusivamente para defender la soberanía nacional. También sirven, ¡ah, las Malvinas!, para fines menos gloriosos de regímenes desesperados, al borde del abismo, que atraviesan sus horas más menguadas. En definitiva, para algunos gobernantes, conservar el poder bien merece una guerra, aunque sea de baja intensidad.






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