Cincuenta años después

Por Venezuela Real - 26 de Enero, 2008, 19:29, Categoría: Cultura e Ideas

Elías Pino Iturrieta
El Universal
26 de enero de 2008

En el último medio siglo jamás se enfrentó nuestro pueblo a una atrocidad de tal tamaño

Suscribí sin vacilación el documento de los intelectuales sobre la situación actual de la república, que circuló el 23 de enero. Me pareció impecable cuando me lo dio a leer su redactor y no sólo ofrecí mi apoyo, sino también la posibilidad de solicitar la firma de otros colegas.

El solo hecho de que el documento recordara a los maestros que llamaron la atención del país hace medio siglo sobre las tropelías de un régimen militar, era razón suficiente para intentar algo parecido. ¿Acaso en buena medida no se debió a su esfuerzo de 1958, que despacháramos a un dictador mediocre para ensayar después la convivencia democrática? Que se resucitara la altivez de sus palabras levantadas contra el personalismo de turno, era motivo bastante para aparecer ahora entre los abajo firmantes. Pero se ha repetido frente al texto una reacción que debe comentarse ahora, para distinguir entre lo que pasó hace cincuenta años y el desafío de la actualidad.

Numerosos lectores, en efecto, se han impresionado ante el hecho de que muchos de los reproches del pasado se puedan calcar ahora, como si experimentásemos una situación igual o parecida en nuestros días. El redactor del texto afinó la puntería para encontrar afirmaciones de los luchadores de entonces que servían con creces para el ataque de situaciones provocadas por el régimen que padecemos hoy. Así por ejemplo, los párrafos referidos a la división de la sociedad, a lesiones de los derechos humanos y a ataques desconsiderados contra la Iglesia católica, que machacaron en su época frente a Pérez Jiménez figuras egregias como Mariano Picón Salas, Francisco De Venanzi, Miguel Acosta Saignes y Adriano González León. De la lectura de los párrafos de 1958, sabiamente seleccionados por el redactor del documento que circuló hace tres días, puede llegarse a la conclusión de una repetición semejante o casi idéntica de atropellos frente a los cuales basta la búsqueda de ejemplos en el pasado para que pueda suceder un cambio positivo según espera cada vez más la sociedad. Es una estrategia lúcida para llamar la atención del público sobre los desmanes del chavismo, que también intentó hace poco la Conferencia Episcopal. Para defender la relación que establecieron entre un fenómeno de inmoralidad que clamaba al cielo y la convocatoria del referendo para la reforma constitucional realizada por Chávez, sin referirlo expresamente acudieron los prelados al espíritu de la pastoral escrita por el obispo Arias Blanco cuando las horas del general Marcos Evangelista estaban contadas. En ambos casos se insistió en la existencia de arbitrariedades que, debido a su protuberancia, a la magnitud de su descaro y a la imposibilidad de su negación, no había necesidad de quebrarse la cabeza ni de componer letras nuevas para que se le dijera al prójimo que estaban allí y que existe la republicana obligación de borrarlas del mapa.

Mientras el documento de los intelectuales circulaba exitosamente, los partidos de oposición pregonaban declaraciones de unidad y prometían hacer en condominio la ruta de las elecciones regionales. Tal vez las cercanías de la abigarrada dirigencia que ahora le apuesta a la homogeneidad se debieran también a la memoria de 1958, a la evocación de la gesta unificada que dio entonces espléndidos frutos. El registro del pasado puede acortar distancias a través de la renovación de promesas fundadas en una épica que tuvo lugar y permaneció como conminación. Ante la intención del texto de marras y ante la escena de los oposicionistas no caben los reproches, pero conviene una invitación a la suspicacia para quienes creen que para el mandado basta la imitación de las hazañas de los antepasados. El comunicado de los intelectuales y la unificación de los partidos no quieren pedirnos que reaccionemos como nuestros padres o abuelos, sino simplemente que hagamos a nuestro modo lo que ellos lograron cuando la historia los solicitó para sellar un convenio vital.

Es evidente que las épocas han cambiado y que, desde luego, el cambio aconseja pensamientos y conductas inéditos. No sólo porque sea usual que cada día sucedan cosas desconocidas, sino también porque en ocasiones las cosas van tan mal que preludian infiernos inimaginables. Me dirán que seguramente no sea asunto de retirarse a cavilar para ver después cómo nos deshacemos del mandón que nos agobia, pues tiempo hemos tenido de padecerlo y de identificarlo. Sin embargo, no sé si hemos captado de veras sus características. ¿Ya registramos apropiadamente su identidad? ¿Ya le hicimos una radiografía suficiente? ¿Sentimos, después de pensarlo con cierta calma, que se parece a los hombres de presa de antaño, a alguien como Pérez Jiménez, por ejemplo? Las analogías fáciles indicarían que hemos perdido el tiempo, pues en el último medio siglo jamás se enfrentó nuestro pueblo a una atrocidad de su tamaño.





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